Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

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lunes, 21 de marzo de 2011

El sillón para morirse

Todas las librerías tienen un sillón para morirse, todas; viene con la licencia de apertura. Un transportista con bigote y levita aparece el mismo día que vuelves tú del ayuntamiento con tu flamante licencia, pensando si ir directamente a plastificarla o a enmarcarla, y a medio día, puntuales como un reloj de arena, resulta que te dejan un paquete enorme donde hay un nota adjunta en la que se te comunica que el gremio de libreros de Canciones Tristes te obsequia con un auténtico sillón para morirse. El problema no es ya el sillón en sí, que es un arma en toda regla, y no precisamente cargada de futuro, sino dónde lo pones y, claro, hay que buscarle un sitio, y uno ya empieza su primer día como librero con estrés. Casi todos en el oficio esconden el sillón, lo meten en el almacén o lo ponen en un rinconcito de la oficina y ahí se queda. Un día, todo librero que se precie, acaba dejándose caer en él, algunos por despiste, otros por curiosidad, los más por accidente, pero casi ninguno se muere esa primera vez, porque resulta que el sillón nunca viene con hojita de instrucciones y resulta que sí, es un sillón para morirse, qué duda cabe, pero como los fabrican en Rusia, a veces funciona y a veces no, así que poco a poco el librero le va pillando cariño a leer en su sillón para morirse, y termina por no saber si ese libro con el que se esconde para leer en su sillón serán el último que lea. 

A fuerza de echarse siestas en él, la mayoría de los libreros creen que están inmunizados de por vida, aunque a veces les llegan cartas donde les comunican que tal librero ha fallecido sentado en un sillón de su librería, pero como no pueden dejar de sentarse a leer en él, el oficio de librero con el paso de los años se ha convertido en una profesión de alto riesgo, aunque no lo parezca. Por norma, cuando una librería va a cerrar, se suele sacar y poner el sillón a la vista porque saben que el mismo transportista con bigote y levita vendrá a llevarse el sillón para morirse pero nadie sabe cuándo, sólo que vendrán a por él, así que el librero, que con el paso de los años suele convertirse en un ser atormentado, prefiere sentarse él mismo en el sillón y pasar esos últimos días ahí, disimulando, haciendo como que lee, quedando como un maleducado cuando la gente le pide libros y él ni siquiera se levanta del sillón,  dando permiso para cojan lo que quieran (o quede en las estanterías en esos últimos días), respondiendo cuando la gente se cansa de esperar a que le cobren, "me levantaría, pero preferiría no hacerlo...", sin que nadie nunca llegue a saber que realmente les está salvando la vida... Melville lo sabía, y Cortázar también, pero nunca contaron toda la verdad del asunto.



Propiedades de un sillón (fragmento), Julio Cortázar, en Historias de Cronopios y de Famas (1962)  
"En casa del Jacinto hay un sillón para morirse. Cuando la gente se pone vieja, un día la invitan a sentarse en el sillón que es un sillón como todos pero con una estrellita plateada en el centro del respaldo. La persona invitada suspira, mueve un poco las manos como si quisiera alejar la invitación y después va a sentarse en el sillón y se muere. Los chicos, siempre traviesos, se divierten en engañar a las visitas en ausencia de la madre, y las invitan a sentarse en el sillón. Como las visitas están enteradas pero saben que de eso no se debe hablar, miran a los chicos con gran confusión y se excusan con palabras que nunca se emplean cuando se habla con los chicos, cosa que a éstos los regocija extraordinariamente.
Al final las visitas se valen de cualquier pretexto para no sentarse, pero más tarde la madre se da cuenta de lo sucedido y a la hora de acostarse hay palizas terribles. No por eso escarmientan, de cuando en cuando consiguen engañar a alguna visita cándida y la hacen sentarse en el sillón. En esos casos los padres disimulan, pues temen que los vecinos lleguen a enterarse de las propiedades del sillón y vengan a pedirlo prestado para hacer sentar a una u otra persona de su familia o amistad. Entretanto los chicos van creciendo y llega un día en que sin saber por qué dejan de interesarse por el sillón y las visitas. Más bien evitan entrar en la sala, hacen un rodeo por el patio, y los padres, que ya están muy viejos, cierran con llave la puerta de la sala y miran atentamente a sus hijos como queriendo leer su pensamiento. Los hijos desvían la mirada y dicen que ya es hora de comer o de acostarse.
Por las mañanas el padre se levanta el primero y va siempre a mirar si la puerta de la sala sigue cerrada con llave, o si alguno de los hijos no ha abierto la puerta para que se vea el sillón desde el comedor, porque la estrellita de plata brilla hasta en la oscuridad y se la ve perfectamente desde cualquier parte del comedor. "

3 comentarios:

Anónimo dijo...

oyeee enserio no venderás ese sillón para morirse no??...ni pude seguir leyendo el post de hoy sin preguntarte antesssss.....por diossss y por don boscoo no lo vendassss!!give it to me brotherr...
your older(k feo tener k usar old para decir mayor)sisterrr kiss

Anónimo dijo...

por ciertoo...me encantó el post jiji...as alwayss
your older :( sister :D

:P dijo...

y no lo alcanzaremos a ver!!!--por suerte, que seguro que yo me sentaba allí y ya nadie me podía levantar :D