Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

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viernes, 18 de febrero de 2011

Sábanas sucias y libros mojados

A veces me pregunto si he de guardarme material para seguir alimentando mis esperanzas en articular algo que tenga cabida en la Galaxia Gutenberg, llamémosle, novela, relato, ya con nocilla, con pan y chocolate o con decimonónico esqueleto, da igual, o escribir aquí lo que sea a modo de extractos de un diario torpe y sin futuro, a medio cocinar porque, en el fondo uno tiene que cuidarse.


The White Cosmonaut. Jeremy Geddes. 2009
Estos días recojo ropa sucia (sábanas, toallas y edredones) en un club de carretera. A la vuelta de cargar la ropa sucia del hotel de construcción setentera (ladrillo rojo, líneas rectas, láminas de hierro horizontal en las ventanas, madera como zócalos, olor a polvo perenne entre el parquet oscurecido por los zapatos y el agua con amoniaco) paro en el club (el único que queda de los seis que llego a haber abiertos en un trayecto de 25 kms) y recojo los cuatro o cinco sacos de ropa sucia que me dejan en una explanada trasera donde dan las ventanas de las habitaciones privadas de las chicas. Mi padre está de baja, así que, antes de abrir la librería, le hago la ruta, cargando y descargando paquetes de ropa. De niño fantaseaba con la idea de escribir las historias que me inventaba sobre la gente mientras en el taller limpiaba kilos y kilos de ropa, su ropa. Luego leí a Hrabal ("La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo" y "Personajes en un paisaje de infancia") y se me pasó. Antes en el taller había una caldera de carbón que era la fuente y el eje de todos mis terrores nocturnos. También eran los años en los que la gente teñía y cuidaba su ropa (no había obsolescencia programada aún en la España de los setenta y principios de los ochenta). Cuando moría alguien no era raro que el día siguiente la viuda llevara toda su ropa (incluso las bragas) para teñírlas de negro. En las paredes del taller había diez enormes cubetas de cobre de distinto color en las que como un druida (un druida pequeño con corte de pelo a lo Ringo Star y jerseys de lana con renos y copos de nieve) removía la ropa con un palo curvado por el calor y tiznado por el uso. Eso fue hace mucho. También había una lavadora enorme que no centrifugaba y con la que me peleaba, como en esas películas de Ed Wood donde un actor mediocre hace que lucha con un monstruo inerte de trapo moviéndose espasmódicamente, con edredones y vestidos de novia al escurrirlos antes de meterlos en una centrifugadora sin freno de antes de la guerra civil en la que me tenía que sentar encima para poder pararla antes de que la velocidad hiciera que se convirtiera en un monstruo desbocado y rompiese los enormes tornillos que la sujetaban al suelo (y ahí sigue, setenta años después). He limpiado al menos todos los vestidos de novia de un par de generaciones y por cómo estaban los vestidos antes de ponerme con ellos era capaz de saber qué tipo de banquete había sido. En esa época todos mis libros estaban acartonados, porque se me mojaban cuando leía entre colada y colada mientras escuchaba cintas recopilatorias con la música que comenzaba a gustarme y que intercambiábamos en los recreos del colegio o del instituto. En verano, en ese corto espacio de tiempo marcado por el ritmo del tambor de la enorme lavadora, me subía a la terraza desconchada a leer en una hamaca que ponía entre los edredones colgados, como en el principio de "La forja de un rebelde", aunque yo eso no lo sabía, pues no fue hasta bastante años más tarde que leí  el libro de Barea.  A veces perdía el sentido del tiempo y cuando me daba cuenta, la lavadora ya hacía rato que había parado. Recuerdo una vez que en invierno me olvidé de cerrar la llave del agua caliente y me quedé dormido sobre la lavadora, al calor de la chapa, y se inundó el taller. Antes de la reforma el taller era un lugar mágico, infame, frío y decadente, pero mágico. Después despareció la caldera de carbón y las cubetas de cobre de teñir y se quedó en vulgar; más cómodo, eso sí, pero un sitio sólo para trabajar. 

The Red Cosmonaut. Jeremy Geddes. 2009
Ahora, varios años después, vuelvo a trabajar allí porque necesitan que eche una mano, pero ya apenas hay vestidos de novia, hay pocos edredones (aún no es la época) y en su mayoría lo que lavo son toallas, sábanas, manteles y servilletas y, entre todo eso,  la ropa de cama de un club de carretera, aunque no por mucho tiempo, este mes es el último. Estos últimos meses hay el doble de sacos de los que era habitual y el "gerente" del club pretende que se le cobre lo mismo que antes. Ante la negativa de mi padre a rebajar a menos de sesenta céntimos el kilo, le han dicho que lo harán las chicas a partir del mes que viene. Parece ser que la crisis le viene bien al negocio del sexo, aunque me pregunto si  a las chicas les pagarán lo mismo a pesar de tener más clientes. No me gusta ir a recojer ropa allí, no por el olor o por el aire triste y espeso que flota a esa hora de la mañana, sino por... no sé porqué, pero no me gusta. Nunca me cruzo con nadie. Paro la furgoneta frente a unas portadas rojas, miro a la cámara de seguridad cuando pulso el timbre sordo, me abren, entro, dejo los paquetes con la ropa limpia, recojo los sacos de plástico negro con un olor indescriptible a colonia agria, tabaco, alcohol, maquillaje y sudor, doy la vuelta despacio (la furgoneta no tiene dirección asistida y el patio es relativamente pequeño) y salgo del mismo modo que entré. A veces hay alguna chica, con gafas de sol y hombros derrotados, sentada a la entrada de una de las habitaciones, hablando por el móvil, imagino que contando brutales mentiras piadosas a alguien a cientos de kilómetros de ese lugar  triste y mediocre, anclado al lado de la autovía entre dos pueblos llenos de gente triste y mediocre. Una vez alguien me dijo, como si  me contestase a una pregunta que nunca hice, que tienen una especie de economato, y una peluquería  y una tienda de ropa, y que incluso tienen una pequeña piscina con césped y que cada una tiene una especie de habitación individual donde viven durante el día. Cuando terminó de decirlo, me miró sonriendo, como si con esa sonrisa rubricara el acta que daría fe de que allí se está francamente bien. Yo alcancé a mascullar, sí, seguro que aquí se vive de puta madre, y la sonrisa que me miraba se convirtió en mueca, aún no sé si ofensiva u ofendida.

Adrift. Jeremy Geddes. 2010
No conozco la historia de ninguna de ellas porque nunca he hablado con ninguna de ellas, pero seguro que supera la imaginación de cualquiera. Conozco la historia del "gerente", antiguo guardia civil reconvertido a vendedor de joyas antes de acabar contratado por los dueños del club. Imagino que sabrían de él por sus regulares visitas para venderles joyas a las chicas y vieron en él al candidato perfecto para el puesto. Los lupanares son lugares recurrentes en la literatura porque atesoran la bajeza humana, la confusión, el delirio y la ruindad, la heroicidad impotente ante un porvenir amputado al que todo el mundo se niega a renunciar. Supongo. Me avergüenza escribir esas cosas, como si pudiese saber yo cualquier cosa de algo que, por definición, es imposible saber. Estos días soporto menos ir y lo hago lo más rápido que puedo. Hay unos carteles enormes a ambos lados del parkin (elegantemente oculto a la vista del tráfico con chapa verde) que anuncian un 50% de descuento de lunes a jueves (no dice en qué) y una segunda copa gratis los fines de semana. Cada vez que paro no puedo evitar leerlo, y me pregunto si pensar en escribir todo esto vale para algo.

2 comentarios:

Ana S dijo...

Las 05:47 de la mañana de un sábado. Antes de estudiar me doy un poco a lo que me gusta, entre esas cosas, leerte. En la soledad (todos duermen)de una casa cerca del mar.

Te leo, y mientras me pregunto tiene sentido o vale para algo "lo que estoy haciendo", así en general. Peligrosa pregunta de la que no sé la respuesta.

Y al leer tu refelxión final "si pensar en escribir todo esto vale para algo", te respondo que sí.
Y siento que la via se está volviendo cada vez más dura.

Espero que tu padre se recupere pronto. besos.

Sue dijo...

Buscaba la foto de un piano y me topé con un post en el que hablabas de Ciccely, Alaska.
Me ha gustado recordar esa serie porque sigue siendo mi preferida. Algunos capítulos me los sé de memoria.

Pero esto lo he leído en un post de el año pasado, este es otro. Voy a leerte porque promete ser interesante.

Un saludo.