Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

Nota informativa:
Este era el blog del antiguo dueño de LA LIBRERÍA LA PECERA. Dejó de actualizarse en 31 de marzo de 2011. Las opiniones aquí vertidas no se corresponden con la nueva gerencia de la Librería.
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viernes, 18 de febrero de 2011

Sábanas sucias y libros mojados

A veces me pregunto si he de guardarme material para seguir alimentando mis esperanzas en articular algo que tenga cabida en la Galaxia Gutenberg, llamémosle, novela, relato, ya con nocilla, con pan y chocolate o con decimonónico esqueleto, da igual, o escribir aquí lo que sea a modo de extractos de un diario torpe y sin futuro, a medio cocinar porque, en el fondo uno tiene que cuidarse.


The White Cosmonaut. Jeremy Geddes. 2009
Estos días recojo ropa sucia (sábanas, toallas y edredones) en un club de carretera. A la vuelta de cargar la ropa sucia del hotel de construcción setentera (ladrillo rojo, líneas rectas, láminas de hierro horizontal en las ventanas, madera como zócalos, olor a polvo perenne entre el parquet oscurecido por los zapatos y el agua con amoniaco) paro en el club (el único que queda de los seis que llego a haber abiertos en un trayecto de 25 kms) y recojo los cuatro o cinco sacos de ropa sucia que me dejan en una explanada trasera donde dan las ventanas de las habitaciones privadas de las chicas. Mi padre está de baja, así que, antes de abrir la librería, le hago la ruta, cargando y descargando paquetes de ropa. De niño fantaseaba con la idea de escribir las historias que me inventaba sobre la gente mientras en el taller limpiaba kilos y kilos de ropa, su ropa. Luego leí a Hrabal ("La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo" y "Personajes en un paisaje de infancia") y se me pasó. Antes en el taller había una caldera de carbón que era la fuente y el eje de todos mis terrores nocturnos. También eran los años en los que la gente teñía y cuidaba su ropa (no había obsolescencia programada aún en la España de los setenta y principios de los ochenta). Cuando moría alguien no era raro que el día siguiente la viuda llevara toda su ropa (incluso las bragas) para teñírlas de negro. En las paredes del taller había diez enormes cubetas de cobre de distinto color en las que como un druida (un druida pequeño con corte de pelo a lo Ringo Star y jerseys de lana con renos y copos de nieve) removía la ropa con un palo curvado por el calor y tiznado por el uso. Eso fue hace mucho. También había una lavadora enorme que no centrifugaba y con la que me peleaba, como en esas películas de Ed Wood donde un actor mediocre hace que lucha con un monstruo inerte de trapo moviéndose espasmódicamente, con edredones y vestidos de novia al escurrirlos antes de meterlos en una centrifugadora sin freno de antes de la guerra civil en la que me tenía que sentar encima para poder pararla antes de que la velocidad hiciera que se convirtiera en un monstruo desbocado y rompiese los enormes tornillos que la sujetaban al suelo (y ahí sigue, setenta años después). He limpiado al menos todos los vestidos de novia de un par de generaciones y por cómo estaban los vestidos antes de ponerme con ellos era capaz de saber qué tipo de banquete había sido. En esa época todos mis libros estaban acartonados, porque se me mojaban cuando leía entre colada y colada mientras escuchaba cintas recopilatorias con la música que comenzaba a gustarme y que intercambiábamos en los recreos del colegio o del instituto. En verano, en ese corto espacio de tiempo marcado por el ritmo del tambor de la enorme lavadora, me subía a la terraza desconchada a leer en una hamaca que ponía entre los edredones colgados, como en el principio de "La forja de un rebelde", aunque yo eso no lo sabía, pues no fue hasta bastante años más tarde que leí  el libro de Barea.  A veces perdía el sentido del tiempo y cuando me daba cuenta, la lavadora ya hacía rato que había parado. Recuerdo una vez que en invierno me olvidé de cerrar la llave del agua caliente y me quedé dormido sobre la lavadora, al calor de la chapa, y se inundó el taller. Antes de la reforma el taller era un lugar mágico, infame, frío y decadente, pero mágico. Después despareció la caldera de carbón y las cubetas de cobre de teñir y se quedó en vulgar; más cómodo, eso sí, pero un sitio sólo para trabajar. 

The Red Cosmonaut. Jeremy Geddes. 2009
Ahora, varios años después, vuelvo a trabajar allí porque necesitan que eche una mano, pero ya apenas hay vestidos de novia, hay pocos edredones (aún no es la época) y en su mayoría lo que lavo son toallas, sábanas, manteles y servilletas y, entre todo eso,  la ropa de cama de un club de carretera, aunque no por mucho tiempo, este mes es el último. Estos últimos meses hay el doble de sacos de los que era habitual y el "gerente" del club pretende que se le cobre lo mismo que antes. Ante la negativa de mi padre a rebajar a menos de sesenta céntimos el kilo, le han dicho que lo harán las chicas a partir del mes que viene. Parece ser que la crisis le viene bien al negocio del sexo, aunque me pregunto si  a las chicas les pagarán lo mismo a pesar de tener más clientes. No me gusta ir a recojer ropa allí, no por el olor o por el aire triste y espeso que flota a esa hora de la mañana, sino por... no sé porqué, pero no me gusta. Nunca me cruzo con nadie. Paro la furgoneta frente a unas portadas rojas, miro a la cámara de seguridad cuando pulso el timbre sordo, me abren, entro, dejo los paquetes con la ropa limpia, recojo los sacos de plástico negro con un olor indescriptible a colonia agria, tabaco, alcohol, maquillaje y sudor, doy la vuelta despacio (la furgoneta no tiene dirección asistida y el patio es relativamente pequeño) y salgo del mismo modo que entré. A veces hay alguna chica, con gafas de sol y hombros derrotados, sentada a la entrada de una de las habitaciones, hablando por el móvil, imagino que contando brutales mentiras piadosas a alguien a cientos de kilómetros de ese lugar  triste y mediocre, anclado al lado de la autovía entre dos pueblos llenos de gente triste y mediocre. Una vez alguien me dijo, como si  me contestase a una pregunta que nunca hice, que tienen una especie de economato, y una peluquería  y una tienda de ropa, y que incluso tienen una pequeña piscina con césped y que cada una tiene una especie de habitación individual donde viven durante el día. Cuando terminó de decirlo, me miró sonriendo, como si con esa sonrisa rubricara el acta que daría fe de que allí se está francamente bien. Yo alcancé a mascullar, sí, seguro que aquí se vive de puta madre, y la sonrisa que me miraba se convirtió en mueca, aún no sé si ofensiva u ofendida.

Adrift. Jeremy Geddes. 2010
No conozco la historia de ninguna de ellas porque nunca he hablado con ninguna de ellas, pero seguro que supera la imaginación de cualquiera. Conozco la historia del "gerente", antiguo guardia civil reconvertido a vendedor de joyas antes de acabar contratado por los dueños del club. Imagino que sabrían de él por sus regulares visitas para venderles joyas a las chicas y vieron en él al candidato perfecto para el puesto. Los lupanares son lugares recurrentes en la literatura porque atesoran la bajeza humana, la confusión, el delirio y la ruindad, la heroicidad impotente ante un porvenir amputado al que todo el mundo se niega a renunciar. Supongo. Me avergüenza escribir esas cosas, como si pudiese saber yo cualquier cosa de algo que, por definición, es imposible saber. Estos días soporto menos ir y lo hago lo más rápido que puedo. Hay unos carteles enormes a ambos lados del parkin (elegantemente oculto a la vista del tráfico con chapa verde) que anuncian un 50% de descuento de lunes a jueves (no dice en qué) y una segunda copa gratis los fines de semana. Cada vez que paro no puedo evitar leerlo, y me pregunto si pensar en escribir todo esto vale para algo.

jueves, 17 de febrero de 2011

Ilustrado erotismo autoinfundado a modo de primera carta de despido

Mientras continuo sumido en esta especie de mediocre novela, o diario deslabazado, sobre un librero a un mes de cerrar su librería, la falta de tiempo hace que no escriba lo que se debe, o supongo, o espero, escribir. En estas últimas semanas de epitafios lanzados al vacío, subido a un trampolín roído como un ciego al que no le han asegurado que allá abajo haya agua suficiente, acumulo falta de sueño y añado kilómetros a las ya infladas cantidades de deudas y sacástica ironía para conmigo mismo. Busco algo que leer que me sirva de despedida, es decir, algo que me haga olvidar lo inevitable y que a la vez no me haga sentir tan desprotegido como a veces me siento. En estos días ejerzo de pluriempleado, la familia requiere arrimar el hombro, lo cual no es malo, aunque los motivos sí lo sean, así el cansancio hace acto de presencia y aplaca el estrés. Leer, leer, lo que se dice leer, no es que lea poco, sino que habría de confesar que lo que leo es a todas luces desordenado y sin visos de terminar nada; como ando de acá para allá, en cada lugar donde planto el culo durante esos cinco minutos que intento reservarme entre una cosa y otra tengo un libro empezado; me avergüenza enumerarlos, me crecen como setas y he de organizarme. Sin embargo en la mochila he decidido meter uno, un libro al que he de rendirle pleitesia y honores, escondiéndome y pidiendo al mundo un poco de calma, que me quiero sentar a leerlo como merece, sentado al sol, descalzo y con una taza de café al lado. "Memorias de un librero pornógrafo" de Armand Coppens, ese es el libro con el que me gustaría despedirme del oficio. Ya diré algo si se tercia y me dejan.

 
Por inercia sigo mirando catálogos, páginas web de editoriales, boletines de novedades; y me sigo haciendo mis listas de pedidos como si nada fuese a cambiar. Luego reparo en que todo va a cambiar, y opto por compensar saldos a favor y en contra con distribuidores con cosas que pienso que me pueden interesar a mí o a los dos o tres clientes sin fisuras que irremediablemente siguen viniendo. De todos modos, para no perder la cabeza, hoy he acabado en la página web de Taschen, mirando libros que sé que no puedo pedir para La Pecera, nunca nadie se interesó por ellos aquí y, salvo al principio, nunca más volví a traer. Es innegable que es una editorial exquisita; onanista, esteticista y tan necesaria como el último libro de Paul Auster, como el último disco de AC/DC o como comprar en la charcutería, en vez de la paletilla sosa y llena de nervios que sueles comprar porque no te llega para más, un poquito de jamón de pata negra, quiero decir, que no vale para nada porque puedes pasar sin ello, pero reconforta.

                                                              




Y si uno es de los que piensa que cuál es el sentido de libros así, entonces de estos dos de abajo ni hablamos...

Las editoriales españolas no hacen estas cosas para presentar un libro (y Lunwerg debería tomar nota, por ejemplo): TASCHEN Books: The Big Book of Breast

jueves, 10 de febrero de 2011

Soñando con Glenn Gould

Esta noche he soñado con Glenn Gould, por tanto podría decirse que soy feliz, al menos hoy mientras recuerdo el sueño donde Glenn tocaba para mí. Me reconforta Glenn Gould tocando el piano, me emociona tanto como un chuletón poco hecho a un wookie hambriento (viva la cultura pop)... Me destroza verle sentado en esa raquítica silla vieja tocando el piano como si el mundo se fuera a terminar en cuanto él levante las manos del teclado. Extrapolo mi mitomanía rock a la música "clásica", interesándome por intérpretes y por  compositores como si estuviese hablando de Neil Young o Bon Scott. Glenn Gould, Rachmaninov, Anne Sophie Mutter... Aunque para biografías y filias, la de los músicos de jazz, el gran arte del siglo XX donde más perdedores vieron su genialidad truncada, alcanzando una gloria de alcantarilla sin que a nadie le importara una mierda. Cuando pienso en el concepto de poeta que defiende Bolaño, sobre todo en "Los detectives salvajes", a veces acabo acordándome de Bud Powell, Art Tatum, Bird, Billie y mi favorito, Mingus...  sin contar con que la mayor parte de las veces acabo con mi autoestima por los suelos...
 

Pero hablaba de Glenn Gould. Conozco melómanos imponentes que le ponen pegas a Glenn, el pobre ya no está de moda, su imagen desmesurada y epatante no casa en estos tiempos donde todo es políticamente correcto hasta la naúsea y parece que se le tiende a ver como alguien pistoresco pero sin ese halo de genialidad que sí tenía en vida, pero al leer "El  malogrado" de Bernhard, "Vida y arte de Glenn Gould" de Kevin Mazzana o "Conversaciones con Glenn Gould" de Jonhattan Cott (consideradas las mejores entrevistas nunca hechas a Gould, todas telefónicas y a horas intempestivas) y al ver videos de él, hace que se me caiga el mundo al suelo y anhele tener un familar como él, un tío loco que se bebe la vida a borbotones  y que te enseña lo que es importante sin articular palabra. A veces Gould me recuerda a mi tío abuelo Antonio Iniesta, y a mis tardes sentado en una butaca mirándole pintar (incluso se parecían físicamente). Dos días después de ver la película "Rojo" de Kieslowski, una amiga me dio una cinta de casete con las Variaciones Goldberg de Gould. Hay una escena en la película en la que Irene Jacob está en una tienda de discos escuchando dicha grabación, la escena apenas dura un minuto, pero es suficiente, tanto como para caer rendido ante la Jacob como para saber que tienes la necesidad de conocer mejor a ese pianista. Eso fue en 1994, en el final de "la edad oscura", sin internet ni móviles, donde  interesarse por algo tenía un componente casi de aventura, visto retrospectivamente, la información la encontrabas a cuenta gotas, y sobre todo, preguntando a gente que sabía, y mientras tanto tu desgranabas poco a poco lo que poseías, dilatando un tiempo que hoy por hoy seríamos incapaces de administrar sin crearnos ansiedad. Por eso me gusta tanto rastrear por youtube y encontrar cosas que en la vida hubiese podido ver, aunque en una balanza no sepa con qué edad quedarme... Recuerdo ir con mi walkman por el Madrid de los austrias con Glenn a todo trapo, sonriendo como un bobo cada vez que sobre las notas se adivinaba su incontenible canturreo. Excéntrico y desmesurado, encantador y educado, frío y socarrón, se presentaba a los conciertos con mitones, abrigo y bufanda, hiciera el calor que hiciera; sumergía durante 20 minutos los antebrazos en agua caliente antes de un concierto y siempre utilizó la misma silla desvencijada de madera con respaldo y casi sin asiento, con las patas recortadas, lo que hacía que su cabeza quedara casi a la altura del teclado. Odiaba los formalismos y el academicismo y fanfarroneaba de poder enseñar a tocar el piano sólo por el tacto a cualquiera. Apenas ensayaba, se aprendía la partitura y a lo sumo probaba si sus manos podían hacer algún pasaje en apariencia complicado, o al menos eso decía en anguna de las entrevistas con Cott, pero con Gould uno nunca sabe si estaba en serio o simplemente jugando. Se dice que tenía el síndrome de Asperger (ese cajón desastre para explicar lo inexplicable). Le gustaba disfrazarse o sería mejor decir que le gustaba dar rienda suelta a sus alter-egos, como el musicólogo alemán “Karlheinz Klopweisser”, el director inglés “Sir Nigel Twitt-Thornwaite” o el crítico americano “Theodore Slutz”; en 1964 decidió no volver a dar conciertos. Aún me queda por ver "Glenn Gould Hereafter" documental sobre su persona, pero de momento en La Pecera me conformo con perder la mañana "viéndole" tocar...
Si alguien tiene a bien regalarme esto prometo amistad eterna...

Watch the full episode. See more American Masters.

martes, 8 de febrero de 2011

Olores en la biblioteca...

Hoy estoy rapaz y vago, lector y amuermado, ojeroso y latrocinante, es decir, que robo a caballo famélico con alevosía y premeditación, aunque citando la fuente. "Olores en la biblioteca" es un artículo extraido del diario argentino Página12., escrito por  Javier E. Núñez, hace mucho tiempo, pero da igual, "El agente confidencial"  de Greene también se escribió hace mucho tiempo y no por eso no hay que leerlo. Una delicia de artículo. Será que como estoy rescatando libros de la Pecera que estaban como estatuas de sal escondidos en las estanterías bajo el título privado de "fondo que toda librería tiene que tener" y que ahora, metidos en cajas, responden a "libros que he de tener en casa" me ha gustado releer este artículo. Mi santa me mira a veces, y no dice nada, pero creo que sé lo que piensa, piensa que "espero que un día coloque bien los libros y deje de verlos por el dormitorio, el pasillo, el baño, apilados, como invasores silenciosos... ay, cuando traiga los vinilos que dice que se tiene que traer no sé que será de mí..."; eso creo que piensa, al menos yo lo pensaría, y como le diga que los pienso colocar por olores igual llego un día y me encuentro que ha cambiado la cerradura...

"Hay bibliotecas caóticas: la mía es una de esas. Los libros parecen dispuestos al azar o respetando leyes ilógicas como el orden cronológico de su compra o el momento en que fueron rescatados de esos rincones de la casa donde los suelo abandonar. Existe, sin embargo, un orden secreto que nunca antes confesé. Están acomodados, si me permiten la expresión, odoríficamente.
Es simple. En algún momento de mi vida empecé a percibir olores en los libros. No el olor habitual y uniforme de un libro nuevo sino otros, variados, subjetivos y complejos. Lo noté con Obra completa de José Pedroni, una edición de 1969 de la editorial de la Biblioteca Vigil. Durante el primer embarazo de mi mujer leí una poesía cuyos versos iniciales decían así: "Haz con tus propias manos/ la cuna de tu hijo./ Que tu mujer te vea/ cortar el paraíso."
Un par de días después volví por el mismo libro. Percibí un olor extraño, atípico, que se hacía más fuerte en el estante del volumen de Pedroni. Abrirlo fue asomarme a un bosque insospechado. Olía a madera fresca, recién cortada; el perfume que escapa del tajo que deja un hachazo en un árbol erguido.
Por un instante creí que esta rara cualidad se restringía al libro de Pedroni. Pronto comprobé que estaba equivocado: cada uno tenía su olor, uno que acaso había estado siempre y se había hecho evidente en ese momento o, quizás, uno nuevo que se le había impregnado en ese momento por algún fenómeno inexplicable. Sólo más tarde, con el paso del tiempo y un examen profundo de cada libro, entendí que los olores se vinculaban a un recuerdo o impresión que me había dejado ese libro. Ese prodigio no era intrínseco de los libros, sino producto de mi percepción. Los reordené a todos. Hasta entonces había mantenido una clasificación rigurosa: autores argentinos en los dos estantes de arriba; latinoamericanos en el siguiente; poesía en el primero de la izquierda. Los libros de cuentos ocupaban tres estantes: los dos primeros ordenados alfabéticamente por autor, el último con antologías temáticas. Etcétera. Cada cual tendrá su forma de ordenarlos; muchos, alguna como ésta.
Pero a partir de ese día tuve que inventar una nueva clasificación. Una más arbitraria, confusa, insondable para los amigos o visitas que tratan de llevarse algo prestado: ordené mis libros por olores. Así, un libro de Paul Auster puede acabar junto a uno de Borges porque ambos comparten cierto olor a musgo, tierra húmeda y a piedra, como de interior de laberinto, y otro del mismo autor ocupar el extremo opuesto de la biblioteca. La noche del oráculo, por ejemplo: está en el rincón de abajo, junto a libros con olores a escritorio lustrado, goma, papel y tinta. Como una gran paleta de colores, mi biblioteca tiene familias de aromas, intensidades y gradación. Hay secciones de río, sauce, barro o pescado; de asado y pasto fresco; de pólvora y sangre; de mate y fogón.
Es, ciertamente, una categorización compleja. Hay libros que tienen más de una serie de olores "esto es muy común en los libros de cuentos o de poesía", pero siempre hay un conjunto en particular que es más perceptible que los demás. Hay un libro de Cortázar, por ejemplo, con olor a arroz con leche, ceritas y caracoles pero también a humedad, a telaraña y sudor. Lo ubiqué en la categoría de la última gama, porque era la más fuerte de las dos. Es complejo y a la vez simple. Describirlo, explicarlo, es una empresa inútil. Pero basta con ir a mi biblioteca, cerrar los ojos y dejar que los aromas me guíen para que cada cosa cuadre en su lugar.
No voy a negar que este método presenta algunos inconvenientes. Buscar un libro específico lleva algo más de tiempo. Cuando viene mi hermano, por ejemplo, y me pregunta a los gritos si tengo algo de Bradbury mientras preparo el mate en la cocina: "Hay uno entre los que tienen olor a plástico, hierro y lavanda. Ojo, no te confundas con los que huelen a óxido y tierra seca, nada que ver".
De más está decir que no lo encuentra: tengo que ir yo, acariciar cada lomo con la yema de los dedos mientras distingo los olores, hasta llegar a la sección buscada. Es mucho más fácil, en cambio, buscar libros que abandoné por la mitad -son los que tienen olor rancio, como a yerba de ayer- o los que todavía no leí. Esos están arriba de todo porque "todavía" no poseen ningún olor que los clasifique.
Pero existe una ventaja. Los libros que leo en el momento nunca están en la biblioteca, sino a mano. A la biblioteca me lleva la relectura. Es raro que busque un libro para revisar alguna cita: para eso está San Google. Puede que recuerde un cuento o un libro por un suceso particular y decida releerlo. Pero, en general, la visita a la biblioteca obedece a un estado de ánimo repentino, a la necesidad imperiosa de leer cualquier cosa, al insomnio, al aburrimiento, a las ganas de ir al baño. Y entonces, con esa sensación incierta, nunca sé qué elegir. Ahora, con esta clasificación que puede parecer absurda, el tema es mucho más simple: cierro los ojos y huelo. Siempre hay un aroma que tienta, que seduce. Ese es el indicado.
Por eso mantengo este caos aparente. Sé que no soy el único. A veces, cuando pido un libro prestado, no me sorprende ver a alguien cerrar los ojos frente a su biblioteca para encontrarlo. Nunca pregunto a qué huele: prefiero descubrirlo. Pero, secretamente, nos reconocemos como miembros de una misma legión.
Ahora, ustedes también lo saben. Y puede que la próxima vez que visiten a un amigo no se sorprendan al ver cómo encuentra, en una pila anárquica de libros, la novela que le prestaron. Incluso puede ser que al recibirla la abran, se lleven las hojas a la nariz y los sacuda un olor familiar e inconfundible, como si siempre hubiese estado ahí. Después solo será mirarse el uno al otro, y compartir en silencio esa complicidad.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-24790-2010-08-09.html