Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

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viernes, 24 de diciembre de 2010

El transportista lector

Posteo al vuelo. Miro la librería, sentado en el taburete tras el mostrador y siento algo de pena, pero no sé el motivo de la misma. Estaré cansado. La culpa de todo la tiene el blues, que ha estado sonando casi todo el día, y de la gente que compra libros para regalar como quien compra una mascota de la que se cansará a la semana, y de que me pregunten qué libro está mejor, si el último de Mendoza o el Follett. Aprovecho que acabo de cerrar, saboreo este instante de tranquilidad en la Pecera para teclear sin pensar antes de marcharme a casa. Durante el resto del año los momentos de tranquilidad abundan en la Pecera, pero hoy es Nochebuena y nadie puede entrar en casa más tarde de las 8 sin algo bajo en brazo, da igual si es un libro o no. Yo iré con las manos vacías. Sorry. "Dame lo que sea para mi madre" me  ha dicho hoy un chaval de no más de 15 años. A veces me siento dolido, como si entraran en mi casa, mirasen mi biblioteca y cogiesen algún libro que yo revendo porque necesito dinero, y me duele que les dé igual lo que cojan. En el fondo es así, la Pecera es como mi casa, sobre todo viendo lo pequeña que es la tienda y, aunque ya no tan a menudo, porque duermo encima, en un estudio cartujo y lunático con la ventana rota y con manchas de humedad en las paredes, donde escribo todo eso que, salvo excepciones, no muestro aquí. Por eso me da pena que haya gente que se lleve libros sin importarles lo más mínimo; se podrían llevar 200 gramos de choped y daría igual, incluso sabes que se lo entregarán a sus madres, novias o padres como regalo con la misma cara de beatos canallas con la que se hacen los porros y miran en culo a las chicas de rimel lascivo y talle bajo. Yo nunca he regalado un libro que no hubiese leído antes, salvo, claro, cuando sabía que el susodicho o la susodicha quería un libro en concreto. Pero las cosas son así, tampoco sé por qué me quejo, la verdad. Mis contradicciones, supongo, que me pierden. Me sorprende la gratuidad con la que se viven y hacen ciertas cosas, nada más, tampoco me voy a poner ahora en plan santurrón cínico. Hace tiempo que convivo con los best seller y con la literatura sin maniqueísmos, no es eso de lo que estoy hablando (de vez en cuando viene bien variar la dieta, pero comer sano es importante. Un exceso de Dan Brown o de vacuidad vampírica adolescente puede provocar serios daños mentales. Como el cine palomitero, puede ser divertido de vez en cuando, pero de vez en cuando, y ya). hablo de currártelo. Que tu madre diga que le gusta en cine no significa que le lleves a ver cualquier bazofia para Navidad y encima esperes que te lo agradezca.

De todos modos, prefiero acordarme de los clientes que animan a seguir sintiéndome librero, esa media docena, o un poco más, de la que quizá no sepa los nombres de la mayoría pero que ennoblecen la Pecera. Hay uno en particular que hoy ha vuelto, un conductor de camiones que cada quince días viene a por una novela y que ha crecido como lector por sí solo, y yo lo he visto. Vino por primera vez hace casi tres años. Me confesó que no tenía hábito de lectura y quería que le recomendase algo. Se llevó "Los hechos de Rey Arturo" de Steinbeck. Hasta la semana pasada yo no sabía que era transportista. Me lo dijo mientras comentábamos algo sobre la extensión del último libro que se llevaba; "es que esta vez me toca un viaje largo", me dijo. Después de tanto tiempo ya tocaba estrechar lazos. Se ha aficionado a leer en sus trayectos y ahora no puede dejarlo. Él hace trayectos, no viajes, me puntualizó. Los viajes los hago por placer; cuando me toca llevar algo por trabajo, hago trayectos, me dijo también. No le aplaudí ni le abracé, pero tuve ganas. Tiene voz nasal y  ojeras de lumpen mal remunerado, aunque sonríe siempre que entra y más de una vez  me ha echado la bronca por dejarle llevarse algún truño que otro. Antes me pedía consejo; ahora le gusta mirar y elegir por sí mismo. A mi pesar, Italo Calvino no le gusta ("El barón rampante" lo cogió demasiado pronto, me temo) pero Sandor Marai le ha gustado bastante. Ya va teniendo sus preferencias y yo le dejo solo, él sabe que me gusta que venga a mirar tranquilamente y últimamente husmea como pez en el agua. Hay algo que sólo hago con él, cuando quiere probar alguna lectura nueva, le dejo que se lleve el libro y yo le digo que si lo empieza y no le gusta que me lo traiga y lo cambie. A nadie más se lo digo. Es duro dormir en un camión, aparcado en una vía de servicio y leer un libro que no te está gustando. Él lo empieza antes de irse y si no lo ve claro, vuelve al día siguiente y se lleva otro. A veces hablamos de trabajo, de mi trabajo, y me sonríe amable cuando sale el tema del traspaso. La última vez me dijo que estaba enfadado conmigo, porque ahora que se había aficionado a leer se iba a quedar sin su librería. Me gustó que me dijera que ésta era su librería. Hasta ese momento nadie me había dicho nada similar.

Hoy ha venido a llevarse "El cementerio de Praga" de Umberto Eco, se ha llevado el último ejemplar que me quedaba y que yo había escondido para mí porque Random lo ha distribuido fatal y a las librerías pequeñas como ésta no llegan porque han decidido distribuir la primera edición en grandes superficies (a mí  me han llegado 3 ejemplares por un favor personal de mi comercial). No he podido decirle que no lo tenía. Ha entrado, ha visto que había gente, ha vacilado un momento y ha venido directo a preguntarme si tenía el último libro de Umberto Eco. Recuerdo que e entusiasmo "El nombre de la Rosa". Ese día le di cuatro o cinco libros y estuvo un rato viendo a ver cuál se llevaba y se llevó el de Eco. le he preguntado y me ha dicho que hoy cenaba aquí con su familia pero que mañana se marchaba a uno de sus trayectos. No me ha dado tiempo preguntarle dónde iba, un chaval nos ha interrumpido para preguntame si tenía el libro de Pepe Reina, y cuando he querido darme cuenta, me deseaba feliz año antes de marcharse, mezclándose su peculiar voz con la de Bo Diddley, la campanilla de la puerta y los murmullos de los tres clientes que en ese momento había en la Pecera. Tendrá un trayecto largo si  no piensa volver hasta el año que viene. Espero que el libro de Eco le guste. Cuando vuelva prometo que le preguntaré su nombre, ya es hora de que lo sepa.

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