Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

Nota informativa:
Este era el blog del antiguo dueño de LA LIBRERÍA LA PECERA. Dejó de actualizarse en 31 de marzo de 2011. Las opiniones aquí vertidas no se corresponden con la nueva gerencia de la Librería.
Nuevo blog: http://elcaimansincopado.blogspot.com/

Dirección de la nueva libreria: www.librerialapecera.es

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Sobre las máquinas de escribir en Trópico de Cáncer

Seis veces escribe "máquina de escribir" Henry Miller en Trópico de Cáncer. Por orden....

"He trasladado la máquina de escribir a la habitación contigua, donde puedo verme en el espejo mientras escribo."

"El día va avanzando a buen paso. Estoy arriba, en el balcón de la casa de Tania. El drama continúa abajo, en el salón. El dramaturgo está enfermo y desde arriba su cráneo desnudo parece más escabroso que nunca. Su cabello es de paja. Sus ideas son de paja. También su esposa es de paja, aunque todavía un poco húmeda. Toda la casa está hecha de paja. Aquí estoy en el balcón, esperando a que llegue Boris. Mi último problema -el desayuno- ha desaparecido. He simplificado todo. En caso de que se presenten nuevos problemas, puedo llevarlos en mi mochila, junto con mí ropa sucia. Estoy despilfarrando todo mi dinero. ¿Qué necesidad tengo de dinero? Soy una máquina de escribir. Se ha apretado el último tornillo. La cosa fluye. Entre la máquina y yo no hay separación. Yo soy la máquina..."

"La Pascua llegó como una liebre congelada... pero en la cama se estaba calentito. Hoy vuelve a hacer bueno y por los Campos Elíseos, al atardecer, es como un serrallo al aire libre atestado de huríes de ojos negros. Los árboles están completamente cubiertos de follaje y de verdor tan puro, tan rico, que parece como si todavía estuvieran mojados y resplandecientes de rocío. Desde el Palais du Louvre hasta Etoile es como una pieza de música para pianoforte. Hace cinco días que no toco la máquina de escribir ni miro un libro;  tampoco se me ha ocurrido ni una sola idea, salvo la de ir al American Express. Esta mañana, a las nueve, ya estaba allí, justo cuando abrían las puertas, y he vuelto a la una. Sin noticias. A las cuatro y media salgo como una flecha del hotel, decidido a hacer una última intentona."

"Un día mi amigo Anatole vino a verme. Nanantatee quedó encantado. Insistió en que Anatole se quedara a tomar el té. Insistió en que probase las tortitas de grasa y el pan rancio. «Has de venir todos los días -dijo-, a enseñarme ruso. Un idioma muy bello, el ruso. Quiero hablarlo. ¿Cómo dices eso, Endri? Repítelo: ¿borsht?  ¿Quieres escribírmelo, Endri, por favor?...» Y tengo que escribírselo a máquina, nada menos, para que pueda  observar mi técnica. Compró la máquina de escribir después de haber cobrado la indemnización por  el brazo, porque el doctor se lo recomendó como un buen ejercicio. Pero pronto se cansó de la máquina: era  una máquina inglesa."

Henry Miller’s Typewriter at the Henry Miller Library, Big Sur:

"A petición de Swift, había empezado a dejarme crecer la barba. Decía que la forma de mi cráneo requería una barba. Tenía que sentarme junto a la ventana con la Torre Eiffel detrás de mí, porque él quería que saliera también en el cuadro la Torre Eiffel. También quería que se viese la máquina de escribir. Kruger cogió también la costumbre de pasar a visitarnos por aquella época; sostenía que Swift no sabía nada de pintura. Le exasperaba ver cosas desproporcionadas. Creía en las leyes de la Naturaleza, implícitamente."

Máquina de escribir de Henry Miller, Big Sur, California

"Hasta que no me hube sentado y no hube contemplado despacio la habitación, no me di cuenta de que estaba otra vez en París. Era la habitación de Carl, no había duda. Como una jaula de ardilla y un cagadero a un tiempo. Apenas había espacio en la mesa para la máquina de escribir portátil que usaba. Siempre era igual, tanto si tenía una gachí como si no. Siempre un diccionario abierto sobre un volumen del Fausto de cantos dorados, siempre una petaca, una boina; una botella de vin rouge, cartas, manuscritos, periódicos viejos, acuarelas, una tetera, calcetines sucios, mondadientes, sales de Kruschen, condones, etc. En el bidet había cáscaras de naranja y los restos de un bocadillo de jamón." 


(A veces sueño que) soy henry Miller


viernes, 24 de diciembre de 2010

El transportista lector

Posteo al vuelo. Miro la librería, sentado en el taburete tras el mostrador y siento algo de pena, pero no sé el motivo de la misma. Estaré cansado. La culpa de todo la tiene el blues, que ha estado sonando casi todo el día, y de la gente que compra libros para regalar como quien compra una mascota de la que se cansará a la semana, y de que me pregunten qué libro está mejor, si el último de Mendoza o el Follett. Aprovecho que acabo de cerrar, saboreo este instante de tranquilidad en la Pecera para teclear sin pensar antes de marcharme a casa. Durante el resto del año los momentos de tranquilidad abundan en la Pecera, pero hoy es Nochebuena y nadie puede entrar en casa más tarde de las 8 sin algo bajo en brazo, da igual si es un libro o no. Yo iré con las manos vacías. Sorry. "Dame lo que sea para mi madre" me  ha dicho hoy un chaval de no más de 15 años. A veces me siento dolido, como si entraran en mi casa, mirasen mi biblioteca y cogiesen algún libro que yo revendo porque necesito dinero, y me duele que les dé igual lo que cojan. En el fondo es así, la Pecera es como mi casa, sobre todo viendo lo pequeña que es la tienda y, aunque ya no tan a menudo, porque duermo encima, en un estudio cartujo y lunático con la ventana rota y con manchas de humedad en las paredes, donde escribo todo eso que, salvo excepciones, no muestro aquí. Por eso me da pena que haya gente que se lleve libros sin importarles lo más mínimo; se podrían llevar 200 gramos de choped y daría igual, incluso sabes que se lo entregarán a sus madres, novias o padres como regalo con la misma cara de beatos canallas con la que se hacen los porros y miran en culo a las chicas de rimel lascivo y talle bajo. Yo nunca he regalado un libro que no hubiese leído antes, salvo, claro, cuando sabía que el susodicho o la susodicha quería un libro en concreto. Pero las cosas son así, tampoco sé por qué me quejo, la verdad. Mis contradicciones, supongo, que me pierden. Me sorprende la gratuidad con la que se viven y hacen ciertas cosas, nada más, tampoco me voy a poner ahora en plan santurrón cínico. Hace tiempo que convivo con los best seller y con la literatura sin maniqueísmos, no es eso de lo que estoy hablando (de vez en cuando viene bien variar la dieta, pero comer sano es importante. Un exceso de Dan Brown o de vacuidad vampírica adolescente puede provocar serios daños mentales. Como el cine palomitero, puede ser divertido de vez en cuando, pero de vez en cuando, y ya). hablo de currártelo. Que tu madre diga que le gusta en cine no significa que le lleves a ver cualquier bazofia para Navidad y encima esperes que te lo agradezca.

De todos modos, prefiero acordarme de los clientes que animan a seguir sintiéndome librero, esa media docena, o un poco más, de la que quizá no sepa los nombres de la mayoría pero que ennoblecen la Pecera. Hay uno en particular que hoy ha vuelto, un conductor de camiones que cada quince días viene a por una novela y que ha crecido como lector por sí solo, y yo lo he visto. Vino por primera vez hace casi tres años. Me confesó que no tenía hábito de lectura y quería que le recomendase algo. Se llevó "Los hechos de Rey Arturo" de Steinbeck. Hasta la semana pasada yo no sabía que era transportista. Me lo dijo mientras comentábamos algo sobre la extensión del último libro que se llevaba; "es que esta vez me toca un viaje largo", me dijo. Después de tanto tiempo ya tocaba estrechar lazos. Se ha aficionado a leer en sus trayectos y ahora no puede dejarlo. Él hace trayectos, no viajes, me puntualizó. Los viajes los hago por placer; cuando me toca llevar algo por trabajo, hago trayectos, me dijo también. No le aplaudí ni le abracé, pero tuve ganas. Tiene voz nasal y  ojeras de lumpen mal remunerado, aunque sonríe siempre que entra y más de una vez  me ha echado la bronca por dejarle llevarse algún truño que otro. Antes me pedía consejo; ahora le gusta mirar y elegir por sí mismo. A mi pesar, Italo Calvino no le gusta ("El barón rampante" lo cogió demasiado pronto, me temo) pero Sandor Marai le ha gustado bastante. Ya va teniendo sus preferencias y yo le dejo solo, él sabe que me gusta que venga a mirar tranquilamente y últimamente husmea como pez en el agua. Hay algo que sólo hago con él, cuando quiere probar alguna lectura nueva, le dejo que se lleve el libro y yo le digo que si lo empieza y no le gusta que me lo traiga y lo cambie. A nadie más se lo digo. Es duro dormir en un camión, aparcado en una vía de servicio y leer un libro que no te está gustando. Él lo empieza antes de irse y si no lo ve claro, vuelve al día siguiente y se lleva otro. A veces hablamos de trabajo, de mi trabajo, y me sonríe amable cuando sale el tema del traspaso. La última vez me dijo que estaba enfadado conmigo, porque ahora que se había aficionado a leer se iba a quedar sin su librería. Me gustó que me dijera que ésta era su librería. Hasta ese momento nadie me había dicho nada similar.

Hoy ha venido a llevarse "El cementerio de Praga" de Umberto Eco, se ha llevado el último ejemplar que me quedaba y que yo había escondido para mí porque Random lo ha distribuido fatal y a las librerías pequeñas como ésta no llegan porque han decidido distribuir la primera edición en grandes superficies (a mí  me han llegado 3 ejemplares por un favor personal de mi comercial). No he podido decirle que no lo tenía. Ha entrado, ha visto que había gente, ha vacilado un momento y ha venido directo a preguntarme si tenía el último libro de Umberto Eco. Recuerdo que e entusiasmo "El nombre de la Rosa". Ese día le di cuatro o cinco libros y estuvo un rato viendo a ver cuál se llevaba y se llevó el de Eco. le he preguntado y me ha dicho que hoy cenaba aquí con su familia pero que mañana se marchaba a uno de sus trayectos. No me ha dado tiempo preguntarle dónde iba, un chaval nos ha interrumpido para preguntame si tenía el libro de Pepe Reina, y cuando he querido darme cuenta, me deseaba feliz año antes de marcharse, mezclándose su peculiar voz con la de Bo Diddley, la campanilla de la puerta y los murmullos de los tres clientes que en ese momento había en la Pecera. Tendrá un trayecto largo si  no piensa volver hasta el año que viene. Espero que el libro de Eco le guste. Cuando vuelva prometo que le preguntaré su nombre, ya es hora de que lo sepa.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Time goes by


Alberto García Alix.  Autorretrato

"Me han puesto un insuficiente en matemáticas y de inmediato he decidido callármelo. La reunión de padres es dentro de quince días. Al menos hasta entonces mamá no se enterará. Ya me siento como un condenado a muerte al que sólo le quedan quince días. Por suerte, acabo de cumplir siete años y, a esa edad, quince días son como quince años. Ante mí se extiende el tiempo largo y lento; según vaya creciendo, pasará más deprisa, acelerará como un gran camión intercontinental e interestelar, y así seguirá hasta que empiece a transcurrir tan veloz que ya no lo atraparé y correrá muy lejos de mí y me parecerá que la mayor parte de mi vida transcurrió entonces, cuando tenía siete años, y que un cuarto de siglo más tarde seré, por mi experiencia, un niño de siete años que por error ha caído en la máquina de envejecimiento acelerado. Despúes de callarme el primer insuficiente, me callaré todos los demás hasta que me canse y crezca, hasta que termine el colegio y hasta que a mi madre le aburra dedicarse a mis insuficientes."
 Miljenko Jergovic. Mamá Leone.



martes, 14 de diciembre de 2010

Moby Dick, extractos, imágenes, recuerdos, sueños y el porqué la Pecera se llama como se llama

"Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondria me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano."


"¿Qué son los derechos humanos y las libertades del mundo sino peces sueltos? ¿Qué son las ideas y opiniones de los hombres sino peces sueltos? ¿Qué es el principio de la creencia religiosa sino un pez suelto? ¿Qué son los pensamientos de los pensadores para los literatos palabreros, contrabandistas y ostentosos? ¿Qué es el mismo gran globo sino un pez suelto? ¿Qué eres tú, lector, sino un pez suelto y también un pez sujeto?"


Imagen de diseño de producción para el proyecto del ruso director de Wanted de llevar la obra magna de Herman Melville, con estética de cómic y épica a lo Señor de los Anillos.


Orson Welles meets John Huston

 
“Hay ciertos raros momentos y ocasiones en los que este extraño y enrevesado asunto al que llamamos vida, en el que un hombre toma todo de este universo como una broma pesada, y aunque sólo llega a discernir su gracia vagamente, tiene más que sospechas de que la broma no es a expensas de nadie, sino de él mismo. De cualquier manera, nada descorazona y nada parece cuestionable. Él engulle todos los acontecimientos, todos los credos, todas las convicciones, todas las cosas duras, visibles e invisibles, sin importarle nunca lo nudosas que sean; como un avestruz de poderosa digestión que engulle las balas y pedernales.”

Mastodon, en un tema de mi disco preferido de éstos...

Las aguas que le rodeaban se iban hinchando en amplios círculos; luego se levantaron raudas, como si se deslizaran de una montaña de hielo sumergida que emergiera rápidamente a la superficie. Se intuía un rumor sordo, un zumbido subterráneo...Todos contuvieron el aliento al surgir oblicuamente de las aguas una mole enorme, que llevaba encima cabos enmarañados, arpones y lanzas. Se elevó un instante en la atmósfera irisada, como envuelta en una grasa de finísima textura, y volvió a sumergirse en el océano. Las aguas, lanzadas a treinta pies de altura, fulgieron como enjambres de surtidores, para caer luego en una vorágine que circuía el cuerpo marmóreo de la ballena.

Extracto de Moby Dick, una adaptación teatral de Alessandro Baricco, con Paolo Rossi, Stefano Benni y Clive Russell, preciosa

"Más vale dormir con un caníbal sobrio que con un cristiano borracho"


"En un instante, los grandes corazones condensan a veces la suma de los breves pesares dispersos en la vida entera de un hombre y los acumulan en un único, inmenso dolor. De ese modo, tales corazones, aunque sucintos en cada sufrimiento, amontonan en la existencia, cuando los dioses así lo disponen, todo un siglo de dolor en el cual se concentra la intensidad de muchos instantes aislados…"

viernes, 10 de diciembre de 2010

Zoo o cartas de no amor, de Viktor Shklovski


La brutal desidia de las mañanas perdidas, colocando libros que ni siquiera abriré, abriendo otros que miro y huelo como si esperase que por ósmosis se puedan instalar todas esas palabras en los pliegues de mi masa gris, provoca que a veces me sienta herido y a la vez hastiado de libros. Se me acumula el trabajo y hay días que me cabreo con los propios libros. Les hablo, les insulto, los desprecio, pero hay otros que me hacen no decir nada, y entonces, por un par de minutos me reconforta ser librero, lo cual no es algo muy común. Cuando viajo siempre intento estar en posesión de media hora para meterme en alguna librería, a sufrir por lo que La Pecera no puede ser y a trastornarme un poco más decidiendo si me llevo algo o si apunto a escondidas para no olvidar el título del libro que quiere que me lo lleve. Hay tantas novedades y rediciones que hago una criba de la criba, me sale el Pepito Grillo que exploto de auxiliar administrativo y que habitualmente está en huelga y pido lo justo (este para mí, estos dos para la Pecera... este para mí, estos dos para La Pecera), aunque reconozco que hay veces que se me va, Pepito Grillo sale a tomar café y hago un pedido de libros que necesito ver, tocar y leer, yo. Como soy un confiado y un arrogante, a veces me llega el pedido y los saco de la caja y los dejo en el mostrador, sabiendo que aunque entre alguien no les prestará atención mientras envuelvo el último de Follett o el de María Dueñas. Pero hoy me he pasado de listo. Me ha legado un pedido de "esos" y un cliente se ha fijado en uno de esos libros y se lo ha llevado. No le culpo, cualquier persona decente lo hubiera hecho. Zoo o cartas de no amor, de Viktor Shklosvki. La semana pasada vi la reseña y lo incluí en el pedido especial. Llegó esta mañana y lo abrí, lo ojeé, lo hojeé, leí algo, hice un poco la Bovary, en fin, el decálogo del lector aplicado al librero. Pero en estas que ha entrado alguien e imprudente de mi lo he dejado a la vista, la costumbre, pero no era de aquí, estaba de paso, y se ha fijado en el libro y se lo ha llevado en muy tunante; podía haber dicho que no, que estaba reservado, pero ha vuelto Pepito y me ha susurrado "lo pides otra vez con un pedido normal" y, claro, he dejado que se lo lleve. Al menos he tenido media hora de lectura tranquila.

La pregunta del libro es ¿cómo hablar de amor a una mujer que te prohíbe que le hables de amor? Durante su exilio forzoso en Berlín, entre 1920 y 1923, Víktor Shklovski se enamoró locamente de Elsa Triolet. El caprichoso personaje de Alia de Zoo o cartas de no amor está directamente inspirado en ella. En Berlín, Shklovski solía mandarle a Elsa varias cartas al día, una situación que ella sólo aceptó con una condición: le hizo prometer que no le escribiría cartas de amor. Shklovski exiliado, lejos de muchas cosas, lejos de su lengua materna. La mujer de la que se ha enamorado es también una exiliada. En la solapa he leído una frase que recuerdo y escribo antes de olvidarla, "su amor tiene algo parecido a mirar un álbum de fotos: reconocerse en lo propio que ya no está". Ella le pide que no la moleste con su cortejo, que le  escriba si quiere y que vaya a verla, pero que no le escriba cartas de amor... Antes de cometer el error de mostrar lo que leía y que me lo quitaran de las manos (recuerda lo que el gitano de Milos te dijo un día: "el librero es la única persona que no puede ocultar lo que lee") he leído alguna de esas misivas. La novela contiene numerosos retratos de la intelligentsia rusa en el exilio y de algunos amigos que se quedaron en Rusia: Pasternak, Chagall, Ehrenburg...

Zoo o cartas de no amor es una novela epistolar nacida de una prohibición. Las misivas del narrador son estampas literarias, notas a sí mismo exiliado de lo que necesita de ella, amor por lo que fue su patria, amor por el arte y amor por sentir amor, el zoo como metáfora de los dispares emigrantes (los rusos solían instalarse a vivir en el barrio del zoo de Berlín), perfiles fugaces de grandes escritores rusos, la teoría del arte y la literatura, observaciones sobre la vida de los exiliados, la cotidianeidad de la vida en Berlín, el progreso y la historia. Podría decir en plan abuelo cebolleta que es una novela propia de una vida donde se escribían cartas y ser falsamente mordaz apuntando que ya no se escriben cartas como antes, pero no, ahora se escribe más, el mail, las redes sociales y esto de los blogs es un lodo gardeliano, un cambalache sobresaturado de palabras, así que la novela de Viktor Shklovski es terriblemente cercana, salvo por un detalle. Él le escribe una carta a ella cada día. A veces va a su casa, se la entrega en mano y espera pacientemente en una silla a que ella termine de leerla. A veces la llama por teléfono. A pesar de ser un amor a distancia, realmente no lo es. Lo que sin duda sí es, es un amor no correspondido, aunque ni una vez se hable de amor. Zoo o cartas de no amor. Elsa Triolet. Tras la marcha de Elsa, en 1923 Viktor acepta la oportunidad de una amnistía que le permite regresar a Rusia.

Novena carta
Me has dado dos encargos:
1) No telefonearte. 2) No verte.
Así que ahora soy un hombre ocupado.
Hay un tercer encargo: No pensar en ti.
Pero ese no me lo has hecho.
A veces me preguntas si te quiero. Entonces sé que es la hora del pase de revista. Respondo con la diligencia de un soldado de la tropa de ingenieros, que no domina lo suficiente la ordenanza de la guarnición: 
—Puesto número tres (a saber si ese es el número).
Ubicación: cerca del teléfono, entre las calles de Gedächtniskirche y los puentes de Jorckstrasse.
Consignas: amar, no encontrarse, no escribir cartas. 


Carta primera:
"Si tuviese un segundo traje, nunca habría conocido el dolor.
Al llegar a casa, cambiarse de ropa, arreglarse, es suficiente para sentirse otro.
Las mujeres usan este método varias veces al día. Cualquier cosa que digáis a una mujer, intentad obtener una respuesta inmediata, si no tomará un baño caliente, se cambiará de ropa, y habrá que volver a empezar desde el principio.
Después de haberse cambiado de ropa olvidan hasta los gestos.
Os aconsejo, insistentemente que obtengáis de las mujeres una rápida respuesta. Si no, a menudo, os tocará permanecer desconcertados ante una nueva, inesperada, palabra.
En la vida de la mujer apenas hay sintaxis.
En cambio el hombre es transformado por su oficio.
El instrumento no sólo prolonga la mano del hombre, sino que hasta ese se prolonga en él.
Dicen que el ciego localiza el sentido del tacto en la extremidad de su bastón.
Yo no siento un particular afecto por mis zapatos, pero a pesar de ello son una prolongación mía, parte de mí.
El bastón cambiaba al escolar y le fue prohibido.
El mono en la rama es más sincero, pero la rama también influye en la psicología del mono.
La psicología de la vaca lechera, que camina sobre el hielo resbaladizo, se ha hecho proverbial.
Más que cualquier otra cosa al hombre lo cambia la máquina."

Prometo ser más cuidadoso la próxima vez, o pido dos ejemplares o lo escondo en la mochila en cuanto me llegue... Igual con una lectura al vuelo de medio libro esto es una exageración, pero algo me dice que no...

jueves, 9 de diciembre de 2010

Los derechos del lector y los delitos del librero


El escritor francés Daniel Pennac en su libro Como una novela (Ed. Anagrama, 2001), en el último capítulo establece los diez derechos imprescriptibles del lector. Ahora que comienza la "campaña" de navidad y a la Pecera entrará gente de todo tipo, desde adorables púberes buscando un libro bonito para sus progenitores (al final son los que más y con más interés miran por las estanterías, y yo tan contento), pasando por despistados que vienen por su libro del año (los que luego te dicen que los libros son caros) para su parienta ("el planeta ese o uno de esos de histórico o amor que vendas más") llegando hasta esa especie de humano orcolizado entrañable que entra balbuceando "amigo, invisible, libro, barato, pero que quede bien", no está de más poner aquí el decálogo de Pennac. "El hombre construye casas porque está vivo, pero escribe libros porque se sabe mortal. Habita en bandas porque es gregario, pero lee porque sabe que está solo. La lectura no toma el lugar de nadie más, pero ninguna otra compañía pudiese remplazarla" (p. 197).

1. Derecho a no leer. Sin este derecho la lectura sería una trampa perversa. La libertad de escribir no puede ir acompañada del deber de leer.

2. El derecho a saltarse las páginas. Por razones que sólo nos conciernen a nosotros y al libro que leemos.

3. El derecho a no terminar el libro. Hay 36.000 motivos para abandonar una lectura antes del final: la sensación de ya leída, una historia que no engancha, desaprobación de la tesis del autor... Inútil enumerar los 35.995 motivos restantes, donde bien podía estar un posible dolor de muelas.

4. El derecho a releer. Por el placer de la repetición, la alegría de los reencuentros, la comprobación de la intimidad.

5. El derecho a leer cualquier cosa. Buscamos escritores, buscamos escrituras; se acabaron los meros compañeros de juego, reclamamos camaradas del alma.

6. El derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual). La satisfacción exclusiva e inmediata de nuestras sensaciones: la imaginación brota, los nervios se agitan, el corazón se acelera, la adrenalina sube y el cerebro confunde, (momentáneamente) lo cotidiano con lo ficticio.

7. El derecho a leer en cualquier lugar. El viejo Clemenceau daba gracias a un estreñimiento crónico, sin el cual, afirmaba, jamás habría tenido la dicha de leer las Memorias de Saint-Simon.

8. El derecho a hojear. Autorización que nos concedemos para coger cualquier volumen de nuestra biblioteca, abrirlo por cualquier lugar y sumirnos en él un momento. Cuando no se dispone de tiempo ni de medios para ir a Venecia, ¿por qué negarse al derecho de pasar allí cinco minutos?

9. El derecho a leer en voz alta. Flaubert, que peleó contra la música intempestiva de las sílabas, sabía de la tiranía de las cadencias, que el sentido es algo que se pronuncia.

10. El derecho a callarnos. Nuestras razones para leer son tan extrañas como nuestras razones para vivir. Y nadie tiene poderes para pedirnos cuentas sobre esa intimidad.


Y de paso recordamos uno de los delitos del librero (son tantos)

jueves, 2 de diciembre de 2010

Moonwalkers. Lunáticos que aullan a Selene


Una pregunta estúpida. ¿A dónde puedes ir una vez que has estado en la Luna? De vuelta en tu casa, en tu cama, tumbado, piensas que has pisado la Luna, que hace semanas que volviste, entonces ¿adónde ir? Entre pedidos de navidad, facturas y libros pendientes, por fin le hinco el diente a dos libros que salieron el año pasado sobre la carrera espacial. "La conquista del espacio" de Matthew Brzeninski y "Lunáticos", de Andrew Smith; este último cuenta las peripacias del autor para preguntarles eso mismo a todos los astronautas todavía vivos que han pisado la Luna.¿A dónde puedes ir una vez que has estado en la Luna? Sólo doce personas lo han hecho, siempre y cuando nos creamos totalmente la versión oficial, pero como no estamos para teorías conspiratorias ni apuntes para una novela mediocremente delirante, nos fiaremos de la versión oficial. Doce. En diciembre de 1972 fue el último viaje tripulado a la Luna. No ha habido más. El 20 de julio de 1969 llegó el primer hombre, en 19 de diciembre de 1972 salió de allí el último. Doce hombres han pisadol a Luna (sin contar a Cyrano de Bergerac). Eugene Cernan fue el último, un americano de padre checos; desde entonces no ha ido ningún astronauta o cosmonauta más. El libro de Andrew Smith comienza con su encuentro con Charlie Duke, el décimo de esos doce hombres, y a partir de ahí no podrá dejar la historia para encontrar y entrevistar a los restantes moonwalkers, auténticos lunáticos. Uno pinta siempre el mismo cuadro, otro escribe canciones country sobre su alunizaje, varios se dieron al alcohol, algunos no quieren saber nada del mundo ni de la entrevista, otros sufren enfermedades psiquiátricas, se han apartado del mundo o militan en extrañas religiones... 

"Charlie Duke no fue el único para el que la vuelta a la Tierra fue dificil. Investigué sobre los demás y descubrí que habían reaccionado a aquella experiencia de formas totalmente distintas. El primer hombre ne pisar la Luna, Neil Armstrong, se hizo profesor y se retiró de la vida pública, "para volver a los fundamentos del planeta", mientras que su compañero Buzz Aldrin pasó enredado en el alcoholismo y la depresión, para después lanzarse a desarrollar estravagantes ideas espaciales. Alan Bean, el astronauta rebelde por naturaleza del Apollo 12, dejó el espacio para hacerse artista y pintar multitud de óleos que representan escenas de la misión lunar. Edgar Mitchell experimentó un "fogonazo de comprensión" en el que se conectó al universo, y detectó una inteligencia que pasó toda su vida intentando comprender, después de curó de un cancer mediante un curandero con telepatía y hoy es un acérrimo defensor y testigo de la vida extraterrestre. De manera aún más radical, Jim Erwin afirmó haber escuchado a Dios susurrándole a los pies de los majestuosos y dorados Montes Apeninos, por lo que dejó la NASA y se pasó a la religión a su vuelta. Mientras que, el temible Alan Shepard, el único que almitió haber llorado en la superficie, hizo algo que nadie hubiese imaginado que haría, o más bien, que podía hacer: se serenó..." Esta es parte del prólogo... (...) Un párrafo después... "Los nepalíes, por ejemplo, creen que sus muertos residen en la Luna. Cuando el veterano del Apollo 14, Stu Roosa, visitó Nepal, tuvo un ataque de ansiedad cuando alguien le preguntó: ¿Vio usted a mi abuela?" (...) James Irwin, del Apollo 15, creó una secta cristiana llamada "Alto Vuelo" y dedicó gran parte de sus fuerzas y recursos en montar expediciones a Turquía para encontrar el Arca de Noé"

Hemos crecido viendo películas espaciales, viendo a primates enormes como Chewaka lanzando gurutales gritos mientras millones de chavales soñábamos con tener una pizca de la canalla espacial de Han Solo, y resulta que los pocos hombres que han orbitado y salido de esta roca decadente y preciosa han acabado medio tarados, siendo casi unos inadaptados. Y si miramos a los cosmonautas soviéticos sale otro libro fascinante. El libro de Matthew Brzeninski, "La conquista del espacio" se centra más en los años anteriores al primer alunizaje... (Nota estúpida: Madrid, hace ocho o siete años, borrachera con mi prima, el bar San Román, yo le hablo de estas cosas, lo sé, es algo que siempre me ha llamado la atención, reimos, exaltamos la amistad, o más bien el parentesco, yo digo alunizaje de nuevo, ella me mira muy seria, como si algo en su cabeza se hubiese encendido y pregunta "y si vas a Júpiter, entonces qué es ¿ajupitaje? y de golpe cerveza saliendo por los orificios nasales y ala, fuera del bar...) Ambos libros se pueden leer como libros de ensayo histórico o, uno como novela de aventuras histórica (el de Brzezinski), y otro como el relato de una crónica en primera persona (el de Smith) para buscar una respuesta vital; a poco que alces la vista y mires a la luna mientras lees alguno de ellos, tú también te convertirás en un lunático.
¿Por qué todos los hombres que han sobrevivido a un alunizaje parecen auténticos alienígenas? Auténticos héroes de una época extraña, han sufrido el olvido, el descrédito e incluso la burla, viven en el letargo, la inadaptación.

No sé porqué recuerdo ahora a Rudoff Hess. En varios de sus delirios dijo que habían llegado a la Luna ellos primero, los nazis, y que habían construido una base lunar. Hess en Spandau... Mejor no pensarlo mucho. En enero de 1970, por ejemplo, le dejaron ver la televisión por primera vez en su vida. La primera imagen que apareció fue la de una chica anunciando un sostén. No hubo justicia poética y en la pantalla no apareció un judío en Auswitch, apareció una chica en sujetador. La sonrisa ladina de Hess, la mueca rota de un muñeco infame. El 13 de marzo de 1970, tras una salida de Spandau por causas médicas, Hess volvió a su prisión, a la cárcel más grande para una sola persona tras la salida de Speer. No volvió a su celda de siempre, sino a la capilla, más espaciosa, donde se le instaló una cama de hospital. Aquellos meses volvió a dar muestras de su obsesión con el viaje a la Luna, asunto sobre el que devoraba libros y artículos. ¿Porque el viejo Hess se obsesionaba con la luna en su celda de Spandau? Rudolf Hess, lugarteniente de Hitler hasta su misterioso vuelo a Escocia y posterior captura, tenía un gigantesco póster en su celda con los cráteres lunares. Obsesionado por la astrología hasta el final de sus días, su otra pasión se ha mantenido oculta muchos años: la Luna y sus consideraciones científicas, los entresijos técnicos de la aeronáutica y la carrera espacial. Tenía verdadera fijación personal sobre la Luna, y sus últimos días no hicieron más que acrecentar ese interés. Hay una fotografía donde se le ve señalando algo en la Luna. Su dedo apunta al Mar de la Tranquilidad, aquella zona lunar dónde aterrizó el Apolo XI...

"La conquista del Espacio" de Matthew Brzezinski está editado por Editorial El Ateneo y cuesta 19.50 €; "Lunáticos" de Andrew Smith, por la Editorial Berenice, y son 19.95 €.
¿Qué le dices a alguien que realmente ha cantado en la Luna? ¿Qué puedes pensar que pensaba?
Jack Schmitt y Gene Cernan cantado en la Luna. "I was strolling on the Moon one day, in the very merry month of May..December" Filmado en diciembre de 1972.