Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

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lunes, 22 de noviembre de 2010

Miljenko Jergovic y el ingenuo librero letraherido

Yo a veces cuando nadie me ve..
Vuelvo a hablar de libros descatalogados. Lo sé, es como si un cocinero tuviera un blog en el que hablase de recetas con carne de diplodocus, de mamut o de cómo hacer jamoncitos de lince con suflé de criadillas de gamusino; pues eso, una putada sin sentido. Supongo que es una postura, no diré que moral, pero al menos una postura ante la idea de que se edita mucho, mal y pensando en "rankins" de ventas más que en el valor de lo que se edita; por otro lado sé que lo que acabo de decir es una chorrada supina, porque a veces pienso que tal sobreabundancia obliga al lector a ser selectivo, a informarse, a depurar su gusto, a buscar la aguja en el pajar mientras por la ropa interior se te cuelan los granos de un pajar que te irrita las partes íntimas, es decir, otra chorrada sobre una industria que está a punto de eclosionar, estando por ver si esa metamorfosis kafkiana es para mariposa o para babosa. Libros, libros, libros... Hay autores que dejan de ser editados sin que se sepa porqué, y de golpe, por el capricho de un editor, vuelven a estar disponibles, y eso es un sufrimiento en según qué casos y para según qué lectores. Uno se puede tirar años (y no exagero) buscando un libro determinado, por la web, por librerías de segunda mano, por bibliotecas, como un Indiana Jones gafapasta y triste. Son esos lectores que te preguntan alicaídos por un libro determinado, sabiendo que les vas a decir que no, pero que aún así, cuando te oyen decir que no, se entristecen aún más. Cuando el triste es el propio librero la cosa de complica, como el dealer yonki en busca del gran pico. Yo tardé cinco años en encontrar "Bodas en casa" de Bohumil Hrabal. Me faltó abrazar al librero que lo tenía y prometerle peregrinación anual con un ramo de flores. Y no hablo de coleccionismo, no es que busques una edición en particular, firmada y con unos sugerentes labios carmesí plantados en amoroso beso celuloso en la primera página, no, lo que quieres es ese libro, sea como sea, como si es en una amarillenta edición de bolsillo de Bruguera ilegible, tu lo compras, que es tu necesidad, y lo lees así te dejes los ojos en el  viaje y te cagues mil millones de veces en el traductor, el maquetador y en la madre del  farmaceútico al que le compras aspiniras cada tres por dos (seis). Yo tuve suerte con el libro de Hrabal, la edición además es bonita. "El poder y la furia" de Graham Greene también me costó lo suyo, pero no tuve tanta suerte con el libro en sí. "Etcétera" de Brodsky sigo sin encontarlo, lo tuve una vez en mis manos, pero no tenía ni un céntimo en el bolsillo, le dije al librero que me lo guardara, pero cuando volví al día siguiente el libro no aparecía por ningún lado. Menos mal que él se acordaba de que yo le había dicho que me lo apartase, por eso de no pensar que estaba loco, pero nada, lo perdí, y a veces pienso que fue él el que se lo quedó. ¿Que cómo lo sé? Porque yo también lo he hecho. Con "Mi suicidio" de Henri Roorda. Yo aún trabajaba en Madrid, alguien nos lo reservó, era tan finito que nunca lo había visto en las estanterías de Pasajes, el cliente vio mi cara cuando me lo dio pidiéndome que se lo guardase hasta la semana siguiente, mis ojos brillaron emocionados y rabiosos, él sonrió en señal de victoria, yo pensé "no cantes que has comprado la piel del oso aún que la escopeta la tengo yo". Cuando le vi entrar días después en la librería, me excusé y le dije que un compañero lo había vendido por equivocación unos días antes. Lo sé, soy un cabrón, pero ese libro necesitaba tenerlo, igual que él... Si lo cuento es porque ese libro se reeditó en 2003 y posiblemente ese hombre ya lo haya encontrado. También diré que no lo he vuelto a hacer. Me sentí tan mal que otra vez que me pasó algo similar no pude hacerlo; me culpé por no haber visto ese libro yo antes y dejé que se lo llevaran, como Bogart en Casablanca dejando que Lazslo se llevase a Elsa con él. También es cierto que esa vez el cliente era "clienta" y era preciosa, y a mí me miran según cómo y dejo que me roben hasta el corazón. Y no es exageración citar a Humphey, sé cómo Rick se sintió el resto de su vida, recordando todos los días a Elsa, unas veces lamentándose de su decisión, otras pensando que estará bien, aunque en este caso Elsa se fue sola, sin Lazslo y con el libro que yo quería bajo el brazo. El libro se llamaba "El jardinero de Sarajevo", de Miljenko Jergovic, de Ediciones Deria. Acabo de llamarles pidiéndoselo y me han vuelto a decir que está descatalogado. Es la tercera vez que les llamo. Una vez les pregunté inocente y me dijeron que no les quedaban ejemplares, otra vez les dije que llamaba de una librería y que era para un cliente especial, pero tampoco hubo suerte; hoy les he dicho que era para mí, que soy librero y que necesito leer ese libro, que mirasen a ver si tenían algún ejemplar por ahí, aunque fuese defectuoso, daba igual, pero nada. Una pena. Mi único consuelo, si es que se puede consolar un librero desesperado por tener un libro, es que he encontrado uno de los relatos que  forman "El jardinero de Sarajevo" por internet. Algo es algo. Miljenko Jergovic es uno de esos autores que no pasan por su mejor momento editorial en España; Siruela mantiene dos libros de él en stock, y los otros tres libros suyos que se editaron, "Los Karivan", "Mamá Leone" y "El jardinero de Sarajevo", están descatalogados; sí, tengo los otros dos, pero me falta el jardinero. 

Miljenko Jergovic pensando en los editores españoles
A veces, cuando hablo de esto con amigos, cuando comenzamos a decir esos libros que aún no hemos leído pero que nos morimos de ganas por leer sabiendo que solamente por un golpe de suerte podremos hacerlo, terminamos diciendo que deberíamos hacer una editorial nosotros mismos y editar esas cosas; en el fondo no es tan descabellado, entre unos y otros conocemos gente que podría traducirnos esos libros, conocemos impresores, maquetadores, diseñadores gráficos, distribuidores, fotógrafos... Nos comeríamos una mierda, pero tampoco nos arruinaríamos tanto y podríamos dormir más tranquilos, como si Golum dijese, a la mierda el anillo, tiro de agenda y me hago uno igual para mí. Mientras tanto, yo seguiré buscando, no me queda otra, sé que aún me queda el último recurso, y es que cuando vaya algún día a Croacia, me lo compre en croata, algo es algo, y no será la primera vez que lo haga.

Miljenko Jergovic a punto de tocarse algo para explicar lo que piensa de los editores españoles

Jergovic leyendo "mi" ejemplar de "El jardín de Sarajevo"
Ahora debería hablar de Jergovic, al menos para explicar tanto desvelo, pero no daría con el tono necesario; copiaré lo que viene en la Editorial Siruela (Miljenko Jergovic nació en Sarajevo en 1966 y desde 1993 reside en Zagreb (Croacia). Es periodista y escribe en las revistas y diarios más importantes de su país, así como en Allgemeine Zeitung, Die Zeit o La Repubblica. Sus obras le han hecho merecedor de varios premios, entre los internacionales el Erich-Maria-Remarque, el Grinzane Cavour por Mamá Leone y el Premio Napoli 2005 por su libro Hauzmajstor Sulc; en Croacia obtuvo el premio August Senoe 2002 por Buick Rivera así como el premio de la Asociación de Escritores de Bosnia y Hercegovina) y a decir que cuando uno coge un libro de un escritor que no conoce de nada y lee (cito de memoria, así que no será exacto): "Cuando nací, oí ladrar a un perro. El médico me soltó, salió al pasillo de la planta del hospital y gritó: Me cago en este país donde los niños nacen en perreras...", entonces uno no puede dejar de leer... Y si leéis el relato de más abajo, entenderéis mi necesidad...

http://en.wikipedia.org/wiki/Miljenko_Jergovi%C4%87


El hurto (relato). Extraido de "El jardinero de Sarajevo". Miljenko Jergovic. Ed Deria. Descatalogado.

En nuestro jardín crecía un manzano cuyos frutos se veían más hermosos desde las ventanas de mis vecinos. En vano, Rade y Jela traían a sus hijas fruta del mercado; ninguna manzana en el mundo era tan apetitosa como las nuestras vistas desde sus ventanas. Cuando sus padres se iban a trabajar, las niñas saltaban la valla y tomaban la fruta más madura. Yo las echaba, les arrojaba barro y piedras, defendía mi propiedad; aunque ni aquellas ni las manzanas me gustaban especialmente. Para vengarse, la hermana pequeña le dijo a mi madre que me habían puesto un uno en matemáticas. La jefa se fue corriendo al colegio y se convenció de la exactitud de sus palabras, y durante días me maltrató con ecuaciones de dos incógnitas. Tanta X y tanta Y me hicieron la vida imposible, por lo que decidí pagarles con la misma moneda empleando todos los medios a mi alcance. Busqué un buen escondite y durante todo el día esperé a las ladronzuelas. Naturalmente ellas aparecieron, yo salté desde un matorral, agarré a la más pequeña por el pelo y empecé a arrastrarla hacia nuestra casa con la intención de encerrarla en la despensa, esperar a que volviera mi madre del trabajo y decidiera qué hacer con ella. La niña se resistía aullando furiosamente, tanto que en la mano me quedó un mechón entero de pelo y un trocito de su cuero cabelludo. Me largué corriendo a casa, cerré con llave y al poco tiempo oí a Rade, bajo la ventana, vociferando que me iba a matar. Lo mismo le repitió a mi madre, que le respondió en idéntico tono. Estuvieron horas intercambiando insultos de una ventana a otra. Ella le gritaba que era un gángster de Kalinovik y él le contestaba que era una asquerosa y disoluta divorciada.
Durante los veinte años siguientes nos retiramos el saludo y las hermanas jamás volvieron al lugar del delito. Transcurrían agostos y septiembres y el manzano seguía dando los mismos hermosos frutos. Nosotros crecíamos sin intercambiar una sola mirada y nuestros padres envejecían sin olvidar las injurias. Las chicas se casaron y se fueron a vivir su vida, pero todo seguía igual.
Al empezar la guerra, la policía registró el piso de Rade y Jela y encontró dos rifles de caza y uno automático. La vecindad fue presa del pánico, sólo se hablaba de a quién y cómo quería y podía haber matado Rade. Él ya no salía de su casa. Probablemente, esperaba que por fin vinieran a prenderlo. Jela iba al mercado a buscar ayuda humanitaria y agua, hasta que un día una granada cayó a diez metros de ella y le arrancó el brazo. Sólo entonces, después de tanto tiempo, los vecinos volvieron a ver a Rade. Cien años más viejo de lo que era hacía apenas unos meses, salía de su casa con una cazuelita de sopa y tres limones ajados. Todos los días iba al hospital con la vista clavada en el asfalto, temiendo que su mirada se encontrara con la de otro.
Ese agosto, en plena guerra, las manzanas habían madurado y eran mejores y más hermosas que nunca. Una fruta así no se veía desde los tiempos del edén. Trepé a lo más alto del árbol, desde donde se divisaban con claridad las posiciones de los chetniks en el monte Trebevic. Inclinado sobre el abismo, las recogí con el entusiasmo del tío Gilito cuando se zambulle en el dinero de su caja fuerte. Cuando alcancé la que estaba tan sólo a medio metro de la ventana de Rade, lo vi al fondo de la habitación. Me quedé inmóvil colgando de la rama. Rade retrocedió unos milímetros. No se por qué, pero no quería que se fuera.
-¿Cómo está, tío Rade?
-Ten cuidado, hijo. Está alto y te puedes caer.
-¿Cómo está tía Jela?
-¡Ah! Se aferra a ese poco de vida con el único brazo. Dicen que pronto saldrá del hospital.
Hablamos así durante dos largos minutos. Con una mano me agarraba a la rama y con la otra sujetaba la bolsa de las manzanas. Me invadió un cierto pesar, mayor que todas esas granadas, que todos los rifles, encontrados y no encontrados. Arriba, en la copa del árbol, bajo su ventana, todo lo que sabía de mí mismo y de los demás, de alguna manera, perdía su significado.
-Sabes, hijo, cuando pierdes un brazo, durante mucho tiempo te parece que lo sigues teniendo. Es algo psicológico. Le llevo lo poco que guiso, pero no hay vida en esos alimentos. Observo esas judías, ese aguachirle que quiere ser una sopa, luego la miro y le digo: Jela; y ella nada, pero entonces dice: Rade, y yo nada. Nosotros, hijo, estamos vivos para mirarnos el uno al otro y concluir que no estamos vivos. Y se acabó. Ya ves, contemplo esas manzanas, ¡hay tanta vida en ellas! Esto no les afecta, no saben. Ni siquiera puedo mencionarlas...
Me estiré hacia la ventana y le tendí la bolsa. Me miró sorprendido y empezó a decir que no con la cabeza. Yo sentí un nudo en la garganta y sólo podía mover los labios. Permanecí allí, colgado, medio minuto; si los chetniks me estaban viendo debían de estar bastante confusos. Rade temblaba como un hombre del que realmente no ha quedado nada. Sólo ese temblor de animalito desvalido. Finalmente, tendió la mano y de nuevo no pudo pronunciar una palabra.
Al día siguiente, Rade vino a nuestra puerta y, con mil excusas porque no quería molestarnos, nos dio algo envuelto en papel de periódico. Se fue corriendo, así que no me dio tiempo de preguntarle nada. En el paquete había un tarrito de confitura de manzana.
Jela salió pronto del hospital. Continuaron viviendo encerrados tras su ventana y Rade no salía más que para recoger ayuda humanitaria. Una vez, mientras aguardaba en la cola detrás de mi madre, le susurró al oído: gracias. Ella se volvió y él repitió que en las manzanas había vida.
En los meses siguentes, personas uniformadas vinieron dos veces a buscarlo, se lo llevaron y lo trajeron de vuelta. Los vecinos espiaban por el ojo de la cerradura y, luego, tal vez para acallar su conciencia, recordaban aquellos rifles. Algunos repetían que, a pesar de todo, Rade había querido matar a alguien, y otros guardaban silencio. La sola idea de ese hombre causaba dolor. Lo más sencillo hubiera sido odiarles, pero de alguna manera, resultaba imposible.
No se sabe quién asesinó a Rade y Jela. Se fueron calladamente, convertidos en miedo. Quizá soy un idiota por decir esto, pero recordaré siempre a ese hombre por aquella confitura y porque nunca, ni siquiera por la noche, estiró el brazo para coger una manzana.

3 comentarios:

Macarena Molina Martín de Ruedas dijo...

http://www.casadellibro.com/busquedas/quickResults?tbusq=c&ca=2864&buscar=el+jardinero+de+sarajevo&in=0&lang=es_ES

Librería La Pecera dijo...

Macarena!!!
También lo he intentado por ahí, pero es engañoso. No, no lo tienen... ni de fondo... ni defectuoso... "salida de almacén entre 2 y 7 días (laborables), excepto si fuera necesario pedirlo a editorial"... yo también lo digo... luegos llamas a la editorial y.... nada...

Besos, guapa

Araceli y los demás dijo...

¡Ain!¿Ahora te entiendo, librero...