Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

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Este era el blog del antiguo dueño de LA LIBRERÍA LA PECERA. Dejó de actualizarse en 31 de marzo de 2011. Las opiniones aquí vertidas no se corresponden con la nueva gerencia de la Librería.
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jueves, 30 de septiembre de 2010

"El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan" de Patricio Pron, o como contar batallitas para hablar (bien) de un libro



Cumplo uno de los errores básicos que todo aspirante a "blogoscritor" debería remediar a toda costa, no llevar siempre una libreta encima. Mis aspiraciones "literarias" han ido escondiéndose poco a poco hasta el punto de que ni yo mismo sé dónde guardo mis libretas viejas, así que tampoco hay problema, sin embargo el otro día sí que eché de menos tener una libreta a mano, cuando fui a Madrid y quedamos varios amigos, algo así como "el chikiclub de la serpiente" se reune para despedir el verano azul y cantar eso de "soy así, pero me gusta"... Somos unos brasas, las cosas como son, para qué engañarnos. Yo estaba aún convaleciente de una inesperada gastroenteritis, inesperada porque según mi horóscopo esa iba a ser una semana maravillosa, con amor, salud y dinero a raudales, sobre todo porque Saturno estaba entrando en el extrarradio de mi chabola 5 y la Luna se iba a alinear con Venus en un baile cosmológico de primer orden, culminando en un hiperbólico cumpleaños y todo, todo, todo me iba a ir teta... Pero está visto que mis fluidos astrológicos van a lo suyo porque, como digo, el día siguiente de leer ese esperanzador horóscopo del suplemento de El Mundo (que compra mi padre y leí en su casa, al cual yo le he vaticinado, por cómo está últimamente, que va a tardar dos semanas en pasarse a La Gaceta, y me da a mí que yo sí que lamentablemente no me voy a equivocar) fui víctima de una gastroenteritis que me tuvo en  boxes un par de días. Con anterioridad las he sufrido más virulentas, pero mi cuerpo tiene un defecto (¿sólo uno?) y es que si me da fiebre caigo en lo más profundo del abismo de Helm y ya puedes ir olvidándote de mí. Mi historial médico no es que sea de aúpa, pero varias medallas al mérito sí que me han dado a lo largo de los años (y lo que te rondaré morena) y si hago memoria puedo hacer una bonita lista de perrerías sufridas a manos de carniceros con fonendoscopio, y de todas ellas he conseguido salir, pero, dame fiebre, una poca si quiera, y me convierto en un ser de lo más  inservible y moñas. Lo mejor de cuando me da fiebre (en el fondo intento ser un tío positivo...) es el submundo onírico febril donde caigo cuando eso me pasa, de hecho, el día anterior a mi visita a Madrid escribí el mejor post de la historia o el mejor monólogo que soy capaz; lástima que estuviera tirado en la cama de la habitación de arriba de la Pecera, tiritando y hablando en voz alta sin que nadie pudiese copiar tan digno soliloquio. Imaginaos a Gila en pleno trip de LSD, pues algo similar soy yo cuando tengo fiebre. Lamentablemente, para los que leen este blog de vez en cuando, del delirio del otro día apenas me acuerdo, pero han habido veces que sí he logrado acordarme, sobre todo en mis retiros hospitalarios, e incluso he tenido una libreta a mano para apuntar algo de esos egotrips que ríete tú del perro andaluz... Porque tengo superada la calderoniana división entre sueño y realidad, si no, mis soliloquio a lo Segismundo vestido con pijama azul y gotero hubieran dado con mis huesos en la planta de psiquiatría, sin embargo como sublimar sublimo de puta madre, he podido convertir dichos delirios en relatos, en cuentos más o menos certeros que, si bien han tenido poca suerte en las cruentas batallas del submundo de los concursos literarios, al menos están ahí.

Veamos: Una vez, en la UCI del clínico de Madrid, me pasé diez horas acompañado de Billy Wilder paseando por Nueva York mientras me contaba que realmente "Con faldas y a lo loco" surgió de una experiencia real que le pasó a él al llegar a Estados Unidos procedente de Galitzia en 1934 y terminamos paseando por Central Park junto a Cary Grant y Jack Lemmon hablando de... qué importa, paseaba con Cary, Jack y Billy por Central Park!!!; otra vez, también en Madrid pero en casa, convaleciente, un cosmonauta ruso me contaba que había sido el primer hombre en llegar a la Luna en 1962 y que al llegar había visto una estatua de Cyrano de Bergerac, y que por eso lo perseguía la KGB (y por ende, a mí también); esa vez pasé de los 40º, fijo. Esos delirios febriles son tan reales que cuando se me pasan salgo de ellos un poco acojonado. El del otro día no fue tremendo, no dio para un cuento (o sí, pero como no me acuerdo), creo recordar algo sobre mis espermatozoides y el dibujo que hacen mis lunares en mi cuerpo, y que salían Charly García y Patricio Pron; todo eso asusta, pero tiene su explicación (no astrológica, que si así fuera ahora mismo este post lo estaría escribiendo mi secretario mientras yo dilapido mi fortuna rodeado de bellezas) aunque es demasiado larga para este blog y por mucho que la terapia me salga gratis, tampoco hay que abusar...

El caso es que sin estar del todo recuperado, me arriesgué a viajar con los bolsillos llenos de "fortasec" y paracetamoles y me lanzé a los madriles, contento y nervioso ante el reencuentro con los amigos. Y es ahora cuando entran las señales, esas cosas que nos pasan y en las que nos fijamos preguntándonos qué sentido tienen, porque pueden interpretarse de manera positiva o negativa según nos interese. 

Quedé con uno de los amigos antes y juntos nos encaminamos hacia el Retiro (que estaba esplendoroso y reventón, y siempre me da subidón ver la estatua del ángel caído). En vez de ponernos a hablar de fútbol y mujeres, nos dio por hablar de literatura, primero porque somos unos  tristes con síndrome de abstinencia, y segundo porque somos unos brasas sin más. Subíamos por la cuesta de Mollano desgranado "El comienzo de la Primavera" de Patricio Pron y hablando de la culpa, individual y colectiva, del pueblo alemán, de lo buena que es la jodia novela, de lo viejos que somos, no ya para ser promesas de nada, sino para ser algo sin más, cuando mi ojos se fueron a uno de los tenderetes de libros que jalonan la cuesta librera por excelencia y dieron con el nuevo libro de Pron, "El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan" y ahí que me abalancé dejando a mi amigo hablando solo. El libro tenía un precio escandalosamente ridículo y cantaba, viendo de los que estaba rodeado, que era producto de un hurto y posterior reventa. ¿Cómo un librero iba a comprar, no ya un libro, sino un libro robado? El caso es que estaba ahí, en mis manos, a 5 € (he de decir que soy un librero al que en la vida un distribuidor o editor le ha regalado un libro, y en mi relación laboral "compra venta de libros", ni por 5€ consigo yo el nuevo libro de Pron). Lo había visto en el preciso instante en el que hablábamos de ese autor como perteneciente desde ya (desde que nuestra ignoracia fue un poco menos) al grupo de "los que hay que leer", y eso es algo a tener en cuenta y que hay que sopesar... (sí, ya, no creo que si en vez de Pron hubiésemos estado hablando de  Ferré estaría diciendo lo mismo...)

Sí, lo admito, lo compré, y lo siento, pero interpreté esa casualidad como una manera de redimir a ese librero que compra mercancía robada en la cuesta de Mollano, así que lo hice (por 10 € te llevabas 3, por lo que completé el lote con "El ministro del velo negro" de Hawthorne (tan imprescindible como Wakefield) y otro de un eslavo del que ahora no recuerdo su nombre (pero era eslavo, joven y licenciado en filosofía, lo cual no es baladí). Pagué y seguimos nuestro camino retomando la conversación donde la habíamos dejado. Mi amigo hablaba de un director de orquesta alemán que había tocado para los nazis, de escritores alemanes, y volviendo a lo jodidamente bueno que es el libro de Pron, sólo nos faltaba tirarnos de los pelos y revolcarnos por el cesped; está bien que un libro  (o un disco, o un cuadro, o una mujer) provoque eso, aunque la gente no lo vea con buenos ojos Yo sabía adonde quería llegar y, efectivamente, llegó. "¿Sorteamos los libros? Uno para cada uno y el tercero a suertes" (coño, pero si los he pagado yo...) Maldito bribón, para eso están los amigos... Me cogió con la guardia baja y la sensiblería alta, y una cerveza en una terraza en el lago del Retiro tuvo la culpa de mi  k.o. a los puntos. Me hice el remolón, pero yo sabía que me había quedado sin libro de Pron (esa es la maldición del librero que compra libros robados), así que cuando llegaron el resto, olvidamos el tema y me sumergí con gusto en la camaradería gremial y peluda de los que se conocen hace más de 15 años y ya son casi como hermanos. Abrazos, indirectas sobre las entradas y el tejido adiposo acumulado en la cintura, ojillos relampagueantes, en fin, lo normal... Ya lo dije antes, somos unos brasas; las carnes morenas que aún se veían por las calles intentaban desviarnos de nuestro propósito, que era el de siempre, hablar y hablar y desbarrar de lo lindo matando de aburrimiento a todo bicho viviente que nos escuchara de refilón, unos snobs, como siempre...  Y eso que faltaban un par de pilares fundamentales, un ateo nietszcheano que trabaja para los salesianos y un  francés chinoparlante que hace el mejor sushi de este lado del telón de acero que acaba de ser padre...

Mezclar en una conversación a Kevin Dubrow y la escena heavy de mitad de los '80 con la última y apoteósica actuación de Placido Domingo en el Real y las series de la HBO no es fácil; hablar de nuestras tristes y aburridas vidas y darnos cuenta que no son tan tristes ni tan aburridas tampoco lo es, pero acabar mezclando a Asimov con la posibilidad o no de un cambio político social intentando no caer en el nihilismo de Houellebecq y a la vez bromear a costa de personajes como el  repelente J.M. de Prada y antiguos profesores troskistas que ahora salen en Intereconomía y descubrir que un grupo de bellísimas damas nos mira con estupor sentadas a nuestro lado en una terraza de Lavapiés  mientras uno de nosotros lanza imparable un monólogo acerca de lo que él llama "La próxima invasión bárbara" y sus repercusiones históricomateriales, eso ya es atroz y es para corrernos a gorrazos, sin contemplaciones, vamos... Lo malo no es eso, lo malo es despedirse un rato después soltando cosas como "esto hay que repetirlo más a menudo" o "joder, cómo nos lo hemos pasado"... La edad, que no perdona... y yo sin libreta para escribir las ocurrencias de Ramón... Al final regalé el libro de Pron, pero ya me ha llegado nuevo a La Pecera (legal y moralmente) y mientras acabo "Dublinesca" y empiezo "Corona de Flores" de Javier Calvo, leo esos cuentos que crecen poco a poco, que se meten bajo la piel, que destrozan, liberan y colocan las cosas en su sitio, que no es ninguno, que no es ni más ni menos que un mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan; lo digo habiendo leído por ahora solamente 6 de los 18 relatos, y lo digo sin fiebre, palabrita de Fahrenheit, Kelvin, Celsius y Billy Wilder, pero es que no sólo hay que cuidar de los amigos que hacen el mundo más soportable sino que, "coño, hay que leer a Pron".
 

lunes, 13 de septiembre de 2010

Bohumil Hrabal

Hrabal en el Tigre Dorado
Hace poco cité "Trenes rigurosamente vigilados" de Bohumil Hrabal como el libro que lleva aquí desde que la Pecera abrió y aún no se ha llevado nadie. La semana pasada vi una película inspirada en otra novela de Hrabal, "Yo serví al rey de Inglaterra", o tendría que decir que volví a ver por tercera vez; me pareció tan fantástica que me dan ganas de prestársela a todo el mundo, ni soy imparcial ni quiero serlo, hay personas tan importantes o que te han marcado tanto que aunque tú sepas que cosas que tienen que ver con ellos (aunque sean tangencialmente, como es este caso) tienen sus fallos, pasas sobre ellos, como los defectos de un familar o un amigo de verdad. Dices, bueno vale, tal vez "Los palabristas" no sea el mejor libro de  Hrabal, pero, coño, tiene partes preciosas, y las películas que se han hecho sobre obras suyas, pues igual; partimos del hecho de que siempre es como el chiste que contaba Billy Wilder de las dos cabras que están en mitad del campo comiéndose una cinta de celuloide y una le dice a la otra, ¿qué tal? y la otra contesta, bah, me gustó mas el libro... Así que si nos ponemos puntillosos, una noche tonta le sacamos punta hasta a Casablanca, pero a veces está bien ser... no sé, ¿comprensivos?. "Yo serví al rey de Inglaterra", la película de Jiri Menzel,  no es una obra maestra pero si la ves con la cara lavada, acabas reconociendo que tiene partes memorables, y que capta el espíritu del libro en gran parte del metraje, y además, hay escenas donde sólo cabe una palabra, belleza (la escena donde unos ricos comen alrededor de una mesa donde una mujer bellísima está cubierta de comida y flores y al final es el camarero quien le hace el amor cuando todos se han ido... si no lloras  sonriendo o sonríes llorando, es que estás muerto por dentro, así de claro).

Su máquina de escribir
Otra cosa, Hrabal es uno de los autores que no logro entender cómo puede estar tan mal cuidado editorialmente en este país, casi todo está agotado; convertido en un autor que ya no está de moda, los dos o tres títulos de él que aún están disponibles vegetan en estanterías de librerías  modestas o en almacenes sucios a punto de ser olvidadas del todo. Cuando descubrí sus libros, gracias a Paloma y a Inés, Hrabal vino a España y yo, que para todo soy igual, no me enteré, y cuando me enteré ya hacía meses de aquella visita. Supe de su muerte por el periódico, mientras tomaba café lejos de la facultad una mañana cerca del teatro Español, en una de esas mañanas perdidas en las que nos dedicábamos a arreglar el mundo. Quise saber todo sobre aquel escritor checo, del que sólo sabía por los prólogos de los libros que iban cayendo en mis manos que nació en una ciudad de nombre impronunciable, Brno, el 28 de marzo de 1914, y que fue “oficinista, ferroviario, viajante de comercio, obrero siderúrgico, jornalero y tramoyista” antes de dedicarse a la literatura. Aún así hay que escarbar mucho por sus libros y por la red, porque la biografía que escribió su traductora, Monika Zgustová, está agotado también y nunca he podido hacerme con ella: Hrabal niño criado por sus abuelos que tiene a su tío Pepin como primera visión de su hominismo, Hrabal estudiante que, una vez clausurada la universidad por los alemanes, abandona sus estudios de derecho y se dedica a los más diversos oficios, Hrabal, el autor vetado por la censura comunista durante años, y que luego encontramos, siempre huidizo y rudo, en fotografías que lo muestran al lado de Mitterrand, de Warhol, de Bill Clinton o de Antoni Tàpies. También está el  Hrabal más entrañable: el mal estudiante, el tímido, la víctima eterna de una “culpa metafísica” (como Kafka), el que descubre la literatura a través de un poema de Ungaretti, el que toca el piano, adora la música y la pintura, el que atraviesa países enteros en bicicleta, el que escribe sus novelas sobre el tejado porque ama el sol por sobre todas las cosas y mide la inclinación del tejado para cortar las patas de su silla y su mesa a medida, el que disfruta más que nada de las cervecerías, adonde va todas las noches a beber y a escuchar a la gente corriente, la que más le interesaba.  También está el hombre tierno, libre de todo esnobismo y todo deseo de poder, que alguna vez dio gracias a Dios cuando comprobó que el que lo esperaba a la puerta de su casa era un policía y no un maestro para invitarlo a una tertulia, pero también el iracundo que no le gustaba que le molestasen.

Fotograma de "Yo serví al rey de Inglaterra"
Recuerdo a Paloma contando lo asustada que se puso cuando él se le quedó mirando fijamente, también recuerdo a una directora de cine, Věra Caisová, contando antes de la proyección de la película que había hecho de "Una soledad demasiado ruidosa", protagonizada por Philippe Noiret y con breve papel del propio Hrabal, cómo cuando se atrevió a ir al Tigre dorado a darle el guión de su película, éste le gritó y le echó la bronca por atreverse a eso. Aquella escena en la filmoteca nunca la olvidaré, salida casi de una de las páginas de Hrabal, a Vera Caisová altísima, con unos tacones altísimos, con su pelo rubio suelto, su torera vaquera y sus ademanes resueltos, contando cosas sobre el rodaje que una mujer morena a su lado, y que le llegaba por debajo del pecho a Caisová, nos traducía pacientemente a las no más de 20 personas que allí estábamos. Al principio Caisová hablaba un poco y se callaba, miraba hacia abajo, y la sufrida traductora nos decía lo que correspondía mientras intentábamos no reírnos. Conforme iba contando cosas, Caisová se fue animando, y cada vez se lo ponía más difícil a la traductora porque se lanzaba a hablar y no paraba. Una de las veces, la traductora ya no pudo más e intentó pararla porque la directora llevaba como dos minutos hablando en checo y, viendo que sus carraspeos no surtían efecto, la cogió de la cazadora y tiró para abajo. Ya no pudimos más y alguno lanzó una carcajada; Verá Caisová salió de su trance y reparó en la traductora agarrada a su cazadora, la miró y le dijo, amablemente, eso sí, adelante, traduce, mirándola desde las alturas. La traductora resopló y se hizo más pequeña, y nos miró como diciendo, "y ahora qué digo yo si esta eslovaca enorme lleva más de dos minutos hablando y no tengo ni puñetera idea de lo que ha dicho..." Al final se rindió a la evidencia y le dijo "¿lo puede repetir?" Y la directora empezó de nuevo a contar la bronca que le echó Hrabal cuando le llevó su guión, parando cada dos frases y mirando hacia abajo, a esa traductora que decía "tierra trágame" con cada gesto y que nos contaba cómo Vera Caisová había tardado en volver al Tigre dorado a ver qué le había parecido su guión a Hrabal, muerta de miedo estaba, y al final, cuando fue, casi sale corriendo cuando se dió cuenta que Hrabal se levantaba de su asiento y se acercaba a ella rápidamente, y Caisová pensaba "me va a gritar, o peor, me va a abofetear" y se quedaba paralizada en mitad de aquel bar, cerrando lo ojos, esperando, hasta que Hrabal se paró ante ella y comenzó a darle besos y a abrazarla y casi a llorar diciéndole cosas bonitas del guión que había hecho de su libro, y Verá Caisová  nos contaba todo eso mientras cada dos frases miraba hacia abajo frente a nosotros, a aquella traductora que no sabía dónde meterse... Sobra decir que caí rendido ante aquella checa preciosa y sobervia, pero me hubiese gustado coger en brazos a aquella pequeña traductora y sacarla de allí... La película no me gustó más allá de algunas escenas memorables; producción franco-eslovaca de "Una soledad demasiado ruidosa", los actores franceses habían sido doblados al checo, pero no sincronizados del todo, y esa mezcla extraña de bocas que hablan de destiempo mientras tu leías los subtítulos electrónicos a toda prisa hicieron del visionado de la película algo poco agradable, salvo algunas escenas preciosas, como digo... Como una cabra rumiando me dije, "prefiero el libro..." También he de decir que por ningún rincón de la web he encontrado dicha película subtitulada para poder verla de nuevo y resarcirme de esa sensación que me dejó porque en ella salía Hrabal, en aquella película, empujando un carro de supermercado repleto de libros diciendo que llevaba todos aquellos libros a destruir porque los hombres no tenían futuro y que se iba a gastar el dinero que le dieran  en cerveza...

A veces me pregunto cuánto quedará por traducir de Hrabal y sé que posiblemente nunca podré leer eso que aún me queda por leer de él. El checo es un idioma endiablado y no soy tan excelso como para ser capaz de aprenderlo para leer a Hrabal, a Jan neruda, a Kundera, a London o a Vladimir Boudník. Después veo que casi todo lo traducido está agotado y cuando llego a casa miro la parte de la estantería donde tengo sus libros y, qué cojones, me siento bien porque creo que tengo un tesoro. El destino de los libros desde la máquina de escribir hasta la imprenta (por acotar el trayecto y no meterme en disgresiones) es fascinante, sobre todo de algunos de los libros más importantes del siglo XX. Cuando descubres cómo salieron algunos libros de la extinta Unión Soviética, o cómo se editaron los del propio Hrabal, y luego tú lees esos libros y piensas que tu vida es distinta después del paso de esos ciclones invisibles, uf, mejor no pensarlo mucho. Cómo salió "El maestro y Margarita" de las manos de Bulgakov y llegó a Francia da escalofríos; y ahí está... Es el único libro que todo aquel que se lo ha llevado de la Pecera ha vuelto para decirme lo alucinante que les ha parecido. Y ahí los tengo a los dos, detrás de mí, en dos marquitos bajo la licencia de apertura, en dos fotos impresas en papel bueno sacadas de internet. Tengo fotos de escritores desperdigados por la Pecera, sí, lo sé, no es muy original. Hrabal, Bulgakov... imaginad el resto... Auster, Hemingway, Bolaño, Dante... También están Gregory Peck como Aticus Finch, los Allman, Rita Hayworth quitándose un guante negro y el David de Miguel Ángel... En fin, no digo que esté tentado a poner a Fernández Mallo, la cosas como son (prefiero a Pola Oloixarac comiéndose un sandwich de nocilla, vaya), pero a veces me entran ganas de cambiar las fotos. La de Hrabal no, esa foto me gusta mucho.
La mayoría de los libros de Hrabal se publicaron en Checoslovaquia en ediciones llamadas Samisdat, que consistía en la publicación de libros censurados por el régimen comunista en ediciones clandestinas de poca tirada, que circulaba de mano en mano, o mecanografiados con papel carbón para hacer más de una copia por vez, e incluso en forma de manuscritos copiados por los lectores para distribuirlos también clandestinamente. Sin este tipo de ediciones, muchas obras de Hrabal no hubieran podido circular. ¿De aquí a unos años los chavales, cuando internet por fin conquiste todas las parcelas de la vida, entenderán qué significa eso?

El título de "Trenes rigurosamente vigilados" proviene de los trenes alemanes que cargaban municiones al frente y que eran, como el título, prioridad de los ferrocarriles de esa época. La novela es simple y llanamente una de las cosas más hermosas que se pueden leer. Es un monólogo de Milos Hrma, joven empleado en una estación ferroviaria 1945, en las últimas semanas de la ocupación alemana de la República Checa, que va contando concienzudamente los pormenores de su historia, que lo llevan al descubrimiento del amor y la desazón del amor, a la magia del erotismo y el sexo, al descubrimiento del sentimiento patrio no venido de banderas sino de la libertad de ser una persona que pertenece a una cultura particular, y al descubrimieto de la valentía, la conspiración y la entrega a una causa, en este caso la checa contra la ocupación alemana. El joven tiene como compañero de trabajo a uno de los personajes más geniales de Hrabal y de la literatura del siglo pasado (con permiso del tío Pepín), El Factor Hubicka. En uno de los pasajes, Hubicka, de puro aburrimiento por la rutina del trabajo de servir y vigilar trenes alemanes, seduce a una secretaria de la misma estación donde trabaja, la desnuda y sentándola sobre el escritorio del jefe de estación, procede a llenarle las nalgas de sellos: de correo, de pago, administrativos, sellos de todo tipo. Este hecho se hace conocido por los empleados de los ferrocarriles del estado gracias a una denuncia que presenta la chica, contradictoriamente ofendida y encantada con la situación. También el joven Milos se entera y es gracias a esta imagen, absurda y hermosa, que descubre una nueva forma de abordar la vida. Esto lo hace también al recordar a su abuelo, que al comienzo de la primera guerra mundial salió a enfrentarse a los tanques alemanes provisto solo de sus poderes mentales.

—¡Es la maldición del siglo del erotismo! ¡Todo es erotismo! No hay más que excitaciones eróticas. ¡Los adolescentes y hasta los niños se enamoran de las niñas que cuidan los gansos! ¡Tragedias sentimentales copiadas de los libros y las películas eróticas! ¡A la cárcel los escritores y los educadores y los vendedores de libros y fotos pornográficas! ¡Abajo la enfermiza imaginación de la juventud! Descuartizó el cadáver de la lechera y seguro que hubiera descuartizado hasta el cadáver de su prima si no se lo hubieran impedido. En la droguería un maniquí muestra un corte en las caderas semejante a las de una mujer joven a tamaño natural. ¡Y los jóvenes lo miran con avidez! El atelier de un pintor le deja a uno dudas de si ha entrado en una carnicería donde se vende carne humana. ¡Canibalismo! Han encontrado a la asesinada en la maleta y buscan a un hombre rubio con un diente de oro. La última vez que lo vieron le compraba a ella una manzana australiana en el supermercado Corona. ¡Aj! ¡Pura carne! Asesinatos sexuales en el horizonte. Al banquillo de los acusados los maestros que toleran la educación sobre temas sexuales. ¡Cuanta más inmoralidad y más placeres, menos cunas y más féretros! —gritaba ya con voz ronca el jefe de estación por el ventanuco de la cocina del primer piso hacia la oficina de comunicaciones.

Corred a las librerías si no teneis nada de Hrabal, antes de que se agoten y se pierdan para siempre...
 las dos cosas...


jueves, 9 de septiembre de 2010

Cinco preguntas en un jueves de septiembre a la hora de abrir


1º: (Plumero en mano) ¿Por qué un libro tan alucinante como "Trenes rigurosamente vigilados" lleva 4 años (como un conjuro privado fue el primer libro que entró en la Pecera) en la estantería sin que nadie se lo lleve?

2º (Viendo una sedosa y lozana melena salir por la puerta) ¿Por qué una joven de no más de 17 años me pregunta a bocajarro qué libro se lleva, si "Alas negras" de Laura Gallego o "Tokio Blues" de Murakami (¿los dos son fantásticos, no? me ha dicho al ver mi cara); es que no sabe en qué tesitura me ha puesto?

3º (Abriendo el paquete con publicidad que el cartero acaba de entregarme y que Random me ha enviado) ¿La salida del nuevo libro de Ken Follet anunciada a bombo y platillo, haciéndolo coincidir además con el estreno de la serie de televisión de "Los pilares de la tierra", salvará el año horribilis que arrastra el mundo editorial?

4º (Pregunta lanzada a voces por una señora desde la calle con la puerta de la librería abierta cual orco con gastroenteritis buscando un baño) ¿Han llegado ya los libros de texto de mi hijo que te pedí ayer? (Subpreguntas mentales en un microsegundo realizadas por un librero asustado: ¿Acaso soy mago, y lo que es más importante, quién es su hijo, a qué curso va, de qué colegio y, sobre todo, por qué me grita?)

5º (La pregunta realmente importante) ¿Por qué una monja septuagenaria con hábito incorrutible quiere con tanta urgencia el libro "Manipula tus fotografías digitales con Photoshop CS4" de Anaya?

martes, 7 de septiembre de 2010

Vis a vis entre patadas al balón y encuestas telefónicas

El mundo presidiario. Mi relación con él a lo largo de los años ha sido meramente tangencial, tal vez curiosa, pero totalmente lejana a su más dura realidad. Nunca he ido a visitar a nadie la carcel y, salvo unos meses en los que una novia que tuve estuvo trabajando en una y me contaba las historias de algunos presos, nunca he pensado mucho en esos lugares. Alguna vez a lo largo de los 4 años que la Pecera lleva abierta han venido de la cárcel de Herrera de la Mancha a encargarme algún libro para un preso. Con su peculio se supone que hacen lo que quieren, y en un par de ocasiones me ha llamado el que se encarga de gestionarles fuera de la cárcel ese tipo de cosas para preguntarme por el precio de algún libro. No me acuerdo de cuáles eran los libros que me pidieron, no lo sé. Hoy sin embargo ha sido tan... ¿obvio?... ¿de perogrullo?... ¿tristemente evidente?... que me ha resultado imposible de entender, de comprender, más exactamente, por eso comenzaba escribiendo que mi relación con lo penitenciario siempre ha sido tangencial.

Me han pedido don libros para un preso, como el chiste más malo del mundo y a la vez más triste, eran "El código penal" y una novela llamada "Vis a vis" (Editoral Absalon, autor Jorge de la Hidalga, para los más descreídos). El hombre que ha venido me ha dicho que eran para la cárcel cuando le he pedido el teléfono para avisarle cuando estuvieran, "son para un preso, no te preocupes, yo me paso la semana que viene y te pregunto..."). Cuando ha salido por la puerta y estaba dando de alta los libros ha sido cuando el chiste ha dejado de tener gracia. El código penal y un libro llamado "Vis a vis". Alguien no hace mucho me pidió la autobiografía del Lute. Está descatalogada. ¿Si me hubiese pedido "El conde de Montecristo" estaría escribiendo esto? No sé, tampoco tiene mucho sentido pensar más en ello.
Unos meses antes de volver al "ínclito y maravilloso" Manzanares a montar la librería, mi último trabajo en Madrid fue de teleoperador. Hacía encuestas a clientes de un banco sobre su grado de satisfacción con el trato que recibían del mismo. El horror... todo, el trabajo, el lugar donde lo realizaba, el trato que nos dispensaban, el horario (currábamos y llamábamos a cualquier hora!!) y el sueldo. Entré por una ETT a una empresa contratada por el banco, pero nosotros decíamos que llamábamos, no sólo del banco, sino de la sucursal a la que habitualmente iba el cliente y teníamos que decir que era importante. Una vez que teníamos acojonado al susodicho o susodicha, soltábamos la retahíla. Era infernal. Un día llamé y comencé con el rollo. Pregunté por X y alguien me preguntó que quién era, le dije que llamaba del banco X, de la sucursal Y, de la cuidad Z y que necesitaba hablar con el señor X. Es que ahora mismo no se puede poner, me dijeron. Pregunta 2 del manual, ergo, contestación 2.b. del esquema a seguir. Es que es importante. Tras un segundo se silencio me contestaron, espere un momento. Era por la tarde, no sé si habría anochecido porque las oficinas donde trabajábamos no tenían ventanas, aunque por la hora puede que sí o puede que no. Que te llamen del banco, de tú banco, a horas no de oficina y que de digan que es importante, acojona; luego cuando soltabas la chapa de la encuesta de satisfacción (estúpida, ramplona y enfermiza, como todas las encuestas de ese tipo) había gente que directamente te mandaba a tomar por culo, otros indignados por la hora y el avasallamiento intentaban descubrir quién eras para ir al día siguiente a la oficina a partirte la cara, pero eran los menos, a la mayoría los acojonabas suficiente de entrada como para hacerles la encuesta hipnotizados, y sólo la frase "muchas gracias por su tiempo y muchas gracias de parte de su banco" les pudiera hacer despertar. Cuando hice esa llamada, pensaba que todo iba normal, sin embargo cuando me dijeron que esperase un momento oí que por megafonía decían, "el preso X, persónese lo antes posible en..." no sé, no me acuerdo, dónde sea que se llame eso en una cárcel... Me quedé de piedra, no jodas, pensé... Nos grababan las encuestas y todos los días llamaban a alguno para revisar una al azar, así que nos cuidábamos muy mucho de colgar o contestar a los insultos o soltar charcarrillos... ¿Qué hacía? ¿Colgaba? Mientras pensaba en aquel cubículo infame me imaginaba a esa persona yendo para allá, pasando puertas de rejas, preguntándose qué querrían de él... Le dirían que era de su banco, a esas horas y, cuando él pensase algo lógico a la par que hiriente, un imbécil le diría que si le importaría que le hiciese una encuesta sobre el trato que recibía en su banco cuando iba a realizar gestiones... ¿Cómo calificaría el trato que recibe por el personal de ventanilla? A un preso... No-me-jodas... Intenté que el funcionario me oyese, y yo gritaba por el teléfono "oiga... oiga...", que no le llamase, que era una gilipollez, una broma de mal gusto de un banco que blanqueaba dinero subcontratando a una empresa que se dedicaba a explotar a diez sudamericanos y a dos españoles sin futuro para mayor estupidez del mundo. Pero nada... Cuando oí que le volvían a llamar con insitencia por megafonía, no pude más y colgué. Me quité los cascos, apague el ordenador y me fui a mi casa. sin decir nada a nadie Al día siguiente me tragué una charla infame del encargado y en mi cabeza sólo resonaba la frase de Tyler Durden: "No soy mi trabajo. No soy mi cuenta corriente. No soy el contenido de nuestra cartera. No soy mis pantalones. . . Soy la mierda contante y sonante del mundo." Con gusto me hubiese meado en su cara, pero estábamos a mediados de mes y tenía un alquiler, un abono transporte, unos botes de alubias precocinadas y una entrada para el concierto de los Doors del siglo 21 que comprar, así que aguanté el chaparrón (días después, al salir de aquel concierto, con las imágenes de Ray Manzarek y Robbie Krieger y el vozarrón de Ian Astbury sobre las canciones de Jim resonando infinitas en mi cabeza, mientras volvía a casa paseando por un violento y fascinante Madrid, decidí dejar ese trabajo, esa ciudad, el piso compartido, los amigos que tan poco veía e intentar la aventura de la Pecera en Manzanares -algo que pintaba bien, aunque me endeudase de por vida soy un tío con ciertos arrestos, salvo que olvidé un detalle importante, que Manzanares es Manzanares)...

En el colegio, un día, llegó Dani. Si no recuerdo mal fue en quinto de EGB y el curso ya había empezado. Era rubio, alto, atlético y guapo, así que en la clase de energúmenos que éramos hubo ostias (literales) por sentarse con él. Don Mariano puso orden como sólo él sabía hacerlo. Ríete tú del tío de la vara, la de Don Mariano tenía hasta nombre, y en un colegio que hacía apología de un gallardo espíritu "joseantoniano" (aunque los ochenta ya hubiesen empezado, aun no habían entrado por las puertas de ese colegio según qué cosas) no podía tener más nombre que doña Justicia. Así que soltando mandobles cual Cid Campeador alopécico y algo fondón, Don Mariano puso orden y decidió colocarnos por orden alfabético, así que acabé sentado delante de Dani. Y encima era ambidiestro... En un colegio donde hasta nuestro curso habían quitado la zurdez a base de cariñosas muestras de afecto y capones a cascoporro, para mí, que había sufrido varios intentos de "curarme" en años anteriores y que por fin me habían dejado por imposible, ver cómo Dani escribía con ambas manos perfectamente así tuviese a bien su ánimo era como si hiciese magia. Después, en el recreo hubo otra pugna por la amistad del nuevo probando su resistencia jugando al burro, y los días siguientes fueron testigos de truculentas pruebas de valentía y arrojo para alcanzar posiciones frente a aquel chico que nos miraba halagado sin dar crédito ante aquel atajo de niñatos asilvestrados y descontextualizados del mundo.

A Dani venían a buscarlo en coche (con chófer) antes de que acabara el día, él alardeaba de los lugares donde había vivido pero no soltaba prenda de dónde vivía en Manzanares ni de dónde venía, misterioso halo que alimentaba con un "no puedo decirlo", además nunca podía quedar después del cole salvo en contadas ocasiones. Al final descubrimos que era el hijo del director de la cárcel de Herrera. A veces no iba durante varios días, que siempre coincidían si había habido un atentado. Las pocas niñas cuyos irresponsables padres las habían matriculado en ese colegio bebían los vientos por él, y su fama se extendió por los otros centros, pero sólo nosotros éramos sus amigos (la clase entera, vamos). Un día nos dijo que nos invitaba a su casa a celebrar su cumpleaños. ¿A la cárcel? Vaya... Un autobús vendría a recogernos, pasaríamos el día allí y por la tarde nos traerían de vuelta. Ostias... En aquella época aún estaba el módulo de régimen abierto, que eran unos edificios tristes alejados de la cárcel principal y separados de ella por la carretera. En el trayecto en tren entre Manzanares y Alcázar, aún se pueden ver esos barracones, abandonados, sin ventanas y llenos de pintadas. Lo celebramos allí, sintiéndonos peligrosos y a la vez más acojonados que las hermanas Brönte en un callejón oscuro, vamos, como Lucía Etxebarría en una habitación con Nacho Vidal. No recuerdo muchas cosas, supongo que pasado el gusanillo fue un cumpleaños normal y vulgar, con su ágape, su tarta, su Kas y sus sandwiches de salchichón, sin embargo por la tarde, henchidos de confianza y temeridad fuimos haciéndonos con el lugar. No había muchos presos en régimen abierto y los que allí estaban eran en su mayoría yonkis y expertos en farmacias con mala suerte, nosotros, sin embargo, éramos unos veinte animales sobrestimulados que, puestos al lado de los de verano azul, parecíamos los hell's angels más chungos de la mancha (aunque no tuviésemos ni media ostia, la verdad). Al final acabamos echando un partido de fútbol con los presos, ahí, en mitad del campo, en una desangelada esplanada llena de piedras con dos famélicas porterías de hierro oxidado sin red. A la primera zancadilla de los presos nos acojonamos, en seco, como cuando oíamos el chasquido de la vara de Don Mariano, pero un golazo de Miki a pase de Cañadas nos devolvió el arrojo infantil. Aquello de convirtió en un partidazo, infantílmente épico, pero a la vez sucio y duro, de tú a tú (quizá lo recuerdo tanto porque jugué poco y me dediqué a mirar ambobado). Una vez quedó claro que aquello era serio, que para los presos no era una mera pachanga, sólo jugaron los mejores, y evidentemente yo no era uno de ellos. Hacía mucho frío, sentados al lado de la montaña de trenkas y anoraks tirados de mala manera, veíamos a esos tíos delgados con tatuajes chungos poco definidos y emborronados intentando ganar como fuera a unos mocosos resabiados y marrulleros con el hijo del director de la cárcel de portero, mientras el cielo amenazaba tormenta y el aire convertía aquel partido en mitad de la nada en un acontecimiento del que el mundo desgraciadamente no sabría nada. Insultos, patadas, sonrisas, mala leche y subidas por la banda se mezclaban en algo que impresionaba (yo siempre he sido muy impresionable), pero siempre había una mano tendida para ayudar a levantarse al contrario y una palmada de ánimo, fuese quien fuese, niño o preso. Un par de funcionarios miraba también desde la ventana, sin saber si bajar o no a calmar un poco ese partido duro entre perdedores y perdidos. Cuando empezó a llover a cántaros vino el autobús a buscarnos y el partido acabo de golpe, aunque de allí nadie quería moverse. Íbamos ganando. Nos despedimos a voces y con aspavientos de aquellos presos con la cara pegada a los cristales del autobús mientras ellos nos miraban con caras de asco, rencorosas y a la vez amigables y sonrientes, en un todo que bajo la lluvia que caía no podía ser más que triste e injusto. Al año siguiente, Dani no volvió al colegio, nos dijeron que habían destinado a su padre a otro centro; fue una pena porque recuerdo que con Fernando, Antonio y Miki hizo muy buenas migas.


The Allman Brothers Band. Su historia a traves de Statesboro blues


Curioso, por no empezar exagerando, este video resumiendo las distintas formaciones de los Allman Brothers Band, así como las diferencias por las que los no neofitos preferimos tal o cual, así como varios detalles entrañables de la historia de (EL) grupo... ese por el que estuve a punto de un click de ver el año pasado en la serie de sus conciertos en el Beacon, celebrando su 40 aniversario, pero que el aviso de ruina y en acojone congénito me hicieron dirimir a favor del "no debo" (sería curioso contar la historia de alguien a partir de esas cosas que estuvo a punto de hacer pero que en el último momento no hizo...) Gregg se recupera de su trasplante de hígado satisfactoriamente, y anuncian nuevas fechas para noviembre... ¿y nuevo disco? Hittin' the note no ha dejado de crecer desde que salió... ¿Alguien se apunta a un viajecito a The Big House en Macon?