Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

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miércoles, 25 de agosto de 2010

Apuntes para las memorias de un ladrón de libros

Lo que escribe Rodrigo Fresán últimamente en el diario "el Público" no es nada comparado con sus artículos en en diario argentino Página 12, digo esto porque a veces, cuando la tienda está vacía y no tengo cajas que sacar ni facturas que revisar ni pedidos que hacer ni nada, me acuerdo de los artículos de Fresán en Página 12 y me sumerjo de pleno. Los artículos de Público son divertimentos de un Rodrigo Fresán que escribe como si lo hiciera desde un futuro lejano o no tanto, y lanza hipótesis, chascarrillos, visiones... y por los comentarios de la gente se nota que más de un despistado no sabe cómo tomárselos. Los de página 12 son otra cosa. Me hice una cuenta de correo solamente para leer esos artículos; evidentemente no soy tan kamikaze como para empaparme además de la vida social, política y cultural de Argentina, aunque quizá debería, pero no, no me veo llegando al colapso mental leyendo diarios del mundo. Y antes de irme por las ramas, paro aquí, corto y pego, y dejo un estupendo artículo de Fresan escrito el pasado 4 de julio, llamadme vago si quereis, tendréis razón, por una vez serán verdad las dos cosas.

Página 12. Rodrigo Fresán. Apuntes para las memorias de un ladrón de libros

UNO Hubo un tiempo en que no pasaba día en que yo no robara un libro. No era que me faltara dinero; pero no hay dinero suficiente para poseer todos los libros que uno necesita leer o, simplemente, mirar, sostener, acariciar, saber que se los tiene, que son nuestros porque ya no son de ellos.

DOS Y, sí, había algo de Robin Hood en eso de robar libros en las librerías de Buenos Aires, la ciudad en la que nací y aprendí a leer.

Insisto, ya lo dije: yo era hijo de padres de clase media-alta. Cultos y reconocidos en sus respectivos oficios. Padres que me regalaban libros para mis cumpleaños y no dudaban en darme dinero para comprar libros. Pero, claro, dentro de un esquema à la Bosque de Sherwood, mi biblioteca era tan pequeña y humilde si se la comparaba con los ricos y abundantes estantes de las librerías.

Y el otro día leí que “el robar libros es la forma más egoísta del robo”.

No estoy de acuerdo.

Robar libros es, en realidad, una forma deportiva de la literatura. Cuando escribimos o leemos estamos sentados o acostados, casi inmóviles. Cuando robamos libros, en cambio, el músculo de nuestro cerebro actúa en perfecta comunión con los músculos de nuestro cuerpo. Cuando se roban libros, uno piensa y actúa y, de algún modo, uno lee y escribe.

Cuando se roban libros, uno es persona y personaje.

TRES Y abundan los casos de ladrones de libros de ficción yendo desde Las aventuras de Augie March de Saul Bellow a Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Y he perdido la cuenta de los lectores malditos que se roban el Necronomicon y sucumben a su lectura en los horrores de H. P. Lovecraft. Existen, también, variedades del asunto más sofisticadas, como la que practicó Joe Orton cuando sacaba libros de las bibliotecas públicas, alteraba portadas y blurbs y los devolvía cambiados para siempre.

Y aun así, todas estas hazañas de personajes o personas siempre se nos antojan pálidas e inferiores a las nuestras. Porque es imposible que otros –aunque estén mejor escritos y descritos– sientan la intransferible intensidad de lo que siente uno en los momentos previos a robar un libro, en el instante preciso en que lo roba, en el extático minuto después, cuando uno descubre, una vez más, que ha salido de allí y se ha salido con la suya sin ser descubierto.

CUATRO La edad dorada de mi carrera como ladrón de libros tuvo lugar entre los años 1980 y 1985. No existían todavía los controles electrónicos ni los listados informatizados. Todo era unplugged artesanal, verdaderamente artístico.

Y –no me pregunten cómo, no tengo explicación– luego de entrar a la inminente escena del crimen y de seleccionar a mi inmediata víctima, yo sentía casi físicamente cómo era envuelto por una suerte de aura o de halo que me volvía invisible para los empleados de la librería. Algo fuera de este mundo que me capacitaba para hacer lo que quisiera, para llevarme lo que más deseaba. No importaba el tamaño del libro o su valor. Ese libro estaba allí para ser mío, para ser raptado por el más amoroso de los captores, para salir de allí y entrar a mi habitación. Para que sólo lo tocaran mis manos.

En algún momento –por acto reflejo o mecanismo de defensa, uno tiende a reglamentar a los milagros con la esperanza de así poder convocarlos a voluntad– me dije que yo era un elegido, sí, pero que no debía malgastar o degradar mi don robando libros que no me fueran a servir o que no me resultaran indispensables para convertirme en el escritor que yo quería ser.

Y, por supuesto, enseguida me dije a mí mismo que todo libro me era indispensable y, por lo tanto, digno del honor de ser robado.

CINCO Así, fui acumulando hazañas que hoy recuerdo con la melancolía y admiración que se dedica a ciertas estampas y postales de nuestra juventud.

Así, robé a la vista de todos un voluminoso hardcover de la biografía de James Joyce firmada por Richard Ellmann.

Y así, una mañana perfecta de invierno, desafié a quien por entonces era un buen amigo y rival, a otro consumado ladrón de libros, al reto definitivo.

El y yo nos situamos en uno de los extremos de la Avenida Corrientes de Buenos Aires, famosa por la cantidad de librerías que albergaba y que, creo, escribo esto tan lejos de allí, sigue albergando. Y nos propusimos –cada uno de nosotros situados en una de las márgenes de la avenida, escogida previamente luego de arrojar una moneda al aire– robar los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. En orden de publicación.

Debo decir que yo lo conseguí y él no y que nuestra amistad nunca volvió a ser la misma.

SEIS Con el tiempo, claro, fui desarrollando ciertas técnicas más sofisticadas que el simple y físico ocultamiento bajo el abrigo. La que mejor resultado me dio era la de escoger el libro a robar, irme a un rincón poco frecuentado de la librería, dedicármelo a mí mismo y luego acercarme a cualquiera de los empleados, mostrarle el libro que alguien me había “regalado”, preguntarles si tenían otro ejemplar, averiguar el precio, suspirar un “Es muy caro; mejor le presto el mío” y salir de allí con mi copia de las Collected Stories de Francis Scott Fitzgerald (la categoría Collected o Complete es tan robable) súbitamente legalizado y de mi propiedad. A veces, cuando el libro a robar era de un autor próximo y vivo, yo no dudaba en autodedicármelo con palabras emocionadas y agradecidas.

SIETE Y, por supuesto, hubo más de una ocasión en que algo salía mal, en que la protección del escudo dorado se desvanecía a último momento y uno se veía obligado a correr, calle abajo, perseguido por algún librero.

Recuerdo que yo huía con La naranja mecánica en el bolsillo interior de mi chaqueta, y doblé una esquina, y arrojé un billete sobre un mostrador, y entré a un cine donde se proyectaba Los cazadores del arca perdida.

Ya la había visto varias veces, me la sabía de memoria, ya había comenzado esa sesión; pero había algo justiciero y poético en la idea de que un consumado ladrón de tesoros arqueológicos diera refugio a un joven ladrón de libros, pensé entonces, pienso ahora.

OCHO Ahora, en perspectiva, nada me cuesta considerar a ese episodio Burgess/Spielberg como el principio del fin.

Continué robando libros por un tiempo. Pero ya no experimentaba el mismo placer de antes. Me sentía más inseguro. Sin ganas.

Al poco tiempo publiqué mi primera colección de cuentos y así llegó ese momento epifánico en el que –en una feria del libro, en uno de esos virtuales estadios olímpicos para ladrones de libros– contemplé cómo un joven robaba uno de mis libros y, después, me lo ofrecía para que se lo dedicara. “Para X, quien me ha regalado la inmensa felicidad de ver cómo se robaba para leer el libro que yo escribí”, puse en la primera página.

El joven leyó la dedicatoria y me sonrió con una mezcla de orgullo y vergüenza. Más orgullo que vergüenza.

Supe entonces que yo ya había pasado, sin pasaje de vuelta, al otro lado del asunto. Y que –como el drugo Alex al final de La naranja mecánica– yo, completa, desgraciada e irreversiblemente, “estaba curado”.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3902-2010-07-04.html

domingo, 22 de agosto de 2010

"El comienzo de la primavera" de Patricio Pron

Terminé de leer "El comienzo de la primavera", de Patricio Pron, hace a lo sumo diez minutos. Sobrecogido no es una palabra usual para definir un libro, al menos no para mí, pero de alguna manera me siento así. Hay escritores cuya prosa es como un narcótico, como una sucesión de golpes al la mandíbula casi imperceptibles pero que acaban por sumirte en un estado cercano al delirio, imbuido por la historia y por cómo es contada, a punto del KO, zumbado, encantado, y con un atisbo de sonrisa en la cara. Sabes que estarás pensando en ese libro varios días. Corriste lo que pudiste por acabarlo, no como esos libros que bajo ningún concepto quieres terminar de leer, pero con idéntica sensación de falta de palabras. Patricio Pron contando la historia de Hans-Jürgen Hollenbach, "el mayor pensador alemán del siglo XX", Pron contando la historia de Alemania, o de porqué Alemania.

Un profesor que detestaba cuando estudiaba (sentimiento que intuyo mutuo o tal vez su reverso, pero él nunca supo que yo nunca aprendí nada a patadas) me hizo hacerle dos trabajos sobre Heidegger para aprobar su asignatura. Nadie más del curso tuvo que hacerlo; era el último año y me tocó "pasar por el aro". Lo pasé mal. Detesto a Martín Heidegger. Sé que es una barbaridad lo que estoy diciendo pero soy incapaz de leerlo sin desear tirar una a una esas hojas por la ventana. Por miedo, por vergüenza, por asco, por profundo temor. Esa es tal vez la única crítica al libro de Pron, yo mismo, pero pronto vi a Martínez, el voluntarioso y argentino profesor que quiere traducir a Hollenbanch y viaja a Alemania para buscarlo, como un sosias, un Sam Spade revestido de un inocente Ricardo Piglia y si alguien me llamase ahora mismo por teléfono y me preguntase qué me ha parecido el libro de Pron, sólo alcanzaría a decir, brutal, y colgaría despacio, esperando un segundo para hacerlo, tomando aire y pensando, brutal, de nuevo, antes de colgar. Hablar de estructura, de lucidez, de giros narrativos, de dominio del tiempo y del tempo, hablar de la concatenación de historias, de cómo se superponen, se entrelazan, se sumergen, se ahogan unas a otras llevándote con ellas, es una tontería. Literatura, simple y llanamente, y de alto octanaje. Recuerdo cómo nos quedamos al leer a Volpi por primera vez, tras su búsqueda de Klinsorg, y me pregunto si recuerdo bien;creo que sí.
A Heidegger lo he olvidado por completo, o me esfuerzo en eso, el libro de Patricio Pron no creo que quiera olvidarlo.

lunes, 9 de agosto de 2010

Dame LOVE y llámame tonto. Forever Changes.

Hay cosas que marcan, hay discos que marcan, canciones que marcan, versos que marcan, guitarrazos que marcan, besos que marcan, bragas que marcan, y para siempre. "Forever Changes", para mí, entra dentro de esta categoría. Siento un cosquilleo especial cada vez que lo escucho. Y lo compré porque me encantó la portada... Gloriosos 17 años...
Desde el primer momento, desde la primera vez que coloqué la aguja sobre el vinilo y comencé a oir "Alone again", me enamoré de este disco. Podría decir que tengo a LOVE grabado en mi memoria estival, junto con The Doors, The Byrds y los Fleetwood Mac de "Them play on"... No sé porqué pero relaciono LOVE con el verano, con cierto verano, o con cierta manera de vivir el verano.
Compré el disco Forever Changes en unos grandes almacenes hace muchos años, muchos. Veraneé en el mismo sitio durante 25 años, 15 días, y los tengo como los 15 días más preciados de muchos de aquellos años. Esperaba esos 15 días como agua de mayo, soñaba con ellos, no veía el día de marcharme de aquí y volver a sentir el gusanillo cada vez que salíamos con el coche hasta los topes, camino de la playa, del 15 al 30 de julio. Esos quince días eran mi oportunidad de vivir cosas, y los devoraba uno por uno, sin importante lo más mínimo ir de nuevo al mismo lugar. Al siguiente día de llegar, todos íbamos a un hipermercado de esos que yo creía que sólo existían en ciudades y hacíamos la compra básica para las dos semanas. A los dos minutos de entrar, yo me escabullía y me iba a la sección de discos y libros. Durante los seis meses anteriores yo ahorraba lo que podía para aquel día, en el que me gastaba mis ahorros en discos y en libros. El mismo verano que compré "Lolita" de Nabokov, compré "Forever Changes". Y sin mirar... Si eso no te cambia la vida, nada lo hará; bueno, tal vez he exagerado, o no. Lo diré con menos efusividad, si leer Lolita tirado en la playa rodeado de Lolitas y mamás de Lolitas, una tarde de finales de julio, escuchando en el walkman "Forever Changes", no te marca, nada lo hará (cámbiese las variables al gusto de cada particular, dejando como variable fija el disco de Love, y el resultado será similar). Sólo hay que escuchar "Sitting on a hillside / Watching all the people die /I'll feel much better on the other side / I'll thumb a ride" en The Red Telephone, o "This is the time and life that I am living / And I'll face each day with a smile /For the time that I've been given's such a little while /And the things that I must do consist of more than style / here'll be time for you to start all over... This is the time and this is the time and /It is time, time, time, time, time, time, time, time, time..." al terminar "You set the scene" y todo adquiere sentido, pase el tiempo que pase.

Normalmente de adolescente compraba música esporádicamente en el mercado del pueblo, los jueves que me armaba de valor y hacía novillos, pero durante el año ahorraba y me reservaba para aquel día con ahinco; esa era mi compra, luego volvía a ahorrar para las navidades, pero ahí no era lo mismo porque los pedía yo y no tenía posibilidad de descubrir nada. Así fue durante varios años, los suficientes para mí, hasta que comenzó a imponerse el cd y yo ya encontré otros cauces para hacerme con música de forma habitual. De todos modos recuerdo aquel momento en el que miraba y miraba por las estanterías creyendo que en aquel impersonal hipermercado con su caótica sección de vinilos estaba el cielo, mirando carátulas mientras hacía cuentas en mi cabeza. Elegía 4 o 5 discos y 2 o 3 libros y me marchaba a buscar el carrito atestado de comida que empujaban mis padres. Luego me dedicaba a mirar y mirar y mirar las carátulas de los discos que había comprado, sin poder oírlos porque en el apartamento que alquilábamos no había tocadiscos (era de un espartano supino aquel lugar, pero para los 15 días estaba bien). Cuando de vuelta al pueblo por fin los escuchaba, yo ya me sabía cuánto duraba cada canción, cómo se llamaban y quién las había compuesto, quién era el productor, quién tocaba qué, quién aparecía en los agradecimientos, en fin, toda esa información inútil que tuviera a bien venir incluida en el LP y que me había empoyado entre lectura y lectura esperando que pasara la hora de la siesta para bajar y reunirme con la pandilla. Fue ver esa portada, ver que Bruce Botnick estaba de ingeniero y que estaba editado por Elektra (mi obsesión por The Doors estaba en su punto más algido) y no lo pensé. En 1990 me compré "Forever Changes". Aquel año tuve suerte, uno de los amigos de la urbanización tenía tocadiscos y me lo grabó en cinta la tarde siguiente. Aquel verano cayeron "Electric" de The Cult, "Errol Flint" de The Dogs D'Amour y "In throung the out door" de los Zepp. BUM. Por primera vez no tuve que esperar a volver a casa para poder oírlos, al menos el de LOVE, que tampoco era plan de abusar y solamente le pedí que me grabara ese. Que luego Jose me grabara una cinta recopilatoria y en ella estuviese "7 and 7 is" fue la guinda...

Decir que ese disco es una joya es redundar en lo obvio, Arthur Lee era un genio mayor, un personaje increíble que por desgracia no corrió la misma suerte que alguno de sus coetáneos a nivel popular, léase Jim Morrison o Jimi Hendrix. Su vida da para un novelón de escándalo, buscar por ahí quien no sepa. California en los sesenta, drogas, giras, canciones míticas, idas y venidas, policía, el fin del sueño, los setenta, reinventarse, la sombra de la sutil represión, bajada a los infiernos, cárcel, recuperación, gira con músicos que llevaban años rindiéndole pleitesía (que los dioses bendigan a los Baby Lemonade), reconocimiento, viajos fantasmas, y un adiós que siempre llega demasiado pronto.
(http://clasicosdelrock.wordpress.com/category/arthur-lee-love/)
Tuve la suerte de verle en el año 2004, recreando este disco al completo, y fue uno de esos momentos mágicos de mi vida, para qué me voy a andar con circunloquios, y sí, lloré como un mico al oir alguna de esas canciones con Arthur cantando frente a mis narices en la sala Heineken.

Fascinado por aquel disco, me costó años hacerme con más material de LOVE, o era imposible de encontrar o el precio era inalcanzable. Da Capo, llegó, y su primer disco. Internet hizo el resto, para qué me voy a engañar, y a buena hora. Disfruto muchísimo escuchando a LOVE en verano, es como volver a meterme un peta zeta en la boca cualquier anochecer de agosto mirando el sol caer. Esta vez me he reservado un placer añadido, la lectura de un libro que salió hace meses pero que hasta ayer no abrí. “Entre Bastidores. De viaje con el grupo Love”. El libro está escrito por Michael Stuart-Ware, batería del grupo que refleja su paso por el mismo y sus vivencias en aquella época loca de la que surgió una nueva manera de concebir y crear música. Ayer no leí casi nada, me limité a pasar las páginas y a leer cosas sueltas mientras sonaban las canciones de ese disco una y otra vez. No sé cómo estará, pero a mí me vale. El comienzo es curioso, Stuart-Ware cuenta cómo estaba un día con su hijo de 12 años en unos grandes almacenes y que éste apareció con un disco recopilatorio de su antiguo grupo que había allí, tenía la caja rota y sacaron el libreto de dentro, vio fotos de él, de su grupo. Decir que Love, o los que grabaron ese disco y los 2 anteriores, se deshizo tras Forever Changes. Da igual. Stuart-Ware sintiendo cosas tras tantos años en unos almacenes mostruosos, su hijo que le pide comprar el disco, él que ve que cuesta 30 dólares y a regañadientes lo compra.... No creo que cambie mi mundo, supongo que se centrará en esos años mágicos y en cómo las drogas acabaron con todo (¿FBI?) pero disfrutaré lo que pueda leyéndolo...

"Resoplé... Bueno, vale. Voy a coprar mi propio disco por treinta dólares. Y lo hice. La cuestión es que no podía creer lo que estaban viendo mis ojos. A mediados d elos setenta habían retirado nuestros discos de los estantes, hacía tanto tiempo que habíamos grabado ese material que parecía pertenecer a una época ancestral. A otra vida. Y ahora, en 1998, estaba de vuelta en los estantes... pero no es que estuviera en la sección de viejas glorias, sino junto a los de artistas contemporáneos, y los vendían, ¡a 30 dólares cada uno! Después paramos en Tower Records. También lo tenían. Y en la Virgin, lo mismo. Comprobando las diversas "Enciclopedias del Rock" que había en la librería de la Virgin, catalogaban nuestros discos, Da Capo y Forever Changes, como dos de las grabaciones mejor consideradas de esa época. (...) Vi que en abril de 1998, The London Times había elegido Forever Changes como uno de los 20 mejores discos de música pop jamás grabados. De hecho, creo que estábamos un puesto por encima del disco blanco de los Beatles. Echa un vistazo por internet. Busca la portada creada por Bob Pepper del Forever Changes, te aparecerá la imagen de colores vivos con forma de corazón humano que contiene las caras de los cinco miembros del grupo. El tío en el medio de color verde soy yo. Hasta ese día, mi hijo no había escuchado nada de la música que hice. Le gustó."

El libro está editado por Metropolitan ediciones y aquí dejo más información del mismo:
Genero: Biografias
Num pag: 308 págs.
PVP: 19.95 euros
ISBN: 978-84-612-4583-3


y paro porque pondría todas... You set the scene, una de mis all time favourites...

miércoles, 4 de agosto de 2010

El Instituto de Vandalismo Público también hace BUM

"Una mañana, mi tía abuela estaba encajada en la puerta, intentando entrar a golpes de cadera.
-¿Me puedes ayudar con eso, por Dios? -me dijo.
Me levanté, abrí la puerta y le eché una mano con lo que llevaba. Era un parquímetro.
Le pregunté para qué necesitábamos una máquina que esencialmente servía para controlar el aparcamiento.
-Alguna utilidad le encontraremos, hijo.
Es curioso, pero aquella mañana me di cuenta de que la casa estaba llena de objetos urbanos. En el patio teníamos bancos del parque y farolas de autopista. Tirábamos la basura en papeleras de calle metálicas. La bandeja del café era una señal de STOP.
Aprendí con el tiempo que, como casi todos los antiguos combatientes de izquierdas de la guerra civil, mi tía abuela consideraba la transición a la democracia una tomadura de pelo. Careciendo de otros medios para protestar contra lo que les parecía una farsa que continuaba con la dictadura franquista de manera encubierta, mi tía abuela y sus amigas jubiladas fundaron el Instituto de Vandalismo Público. Su núcleo lo formaban siete u ocho personas mayores que habían pertenecido a la Unió de Pagesos, la FAI, las Juventuts Llibertàries y el POUM.
En lugar de unirse para tricotar, mi tía abuela y otras señoras salían al oscurecer para romper cristales de bancos, robar señales de tráfico y farolas, tumbar contenedores de basura y hacer pintadas anarquistas.
A veces incluso lo hacían a plena luz del día. nadie sospechaba de un puñado de señoras de sesenta años. Era la mejor operación encubierta que he visto en la vida.
Luego llegaban a casa para tomar carajillos, armando escándalo y riendo, mientras yo trataba de imaginar formas femeninas bajo la sábana. Era un incordio para mi concentración onanista.
El Instituto de Vandalismo Público se fundó en 1978 y continuó actuando durante toda mi estancia en Sant Boi. En aquellos doce años nunca vi un semáforo que durara intacto más de dos semanas. Circular por el pueblo era una auténtica aventura. Las farolas caían como moscas. Era Beirut.
No sé si el Instituto de Vandalismo Público arrojó algo de luz en la historia, pero sí sé que hizo descender la oscuridad sobre el pueblo a bastonazos."

Kiko Amat. Cosas que hacen BUM. Ed Anagrama. Compactos. 9,50€


lunes, 2 de agosto de 2010

Cosas que hacen BUM

La Pecera tiene en "nómina" varios escritores que no editan. Para ser una librería pequeña de un pueblo, son muchos. Serán 4 o 5, al menos que yo sepa, y si hay alguno más que aún no me ha comentado nada, debe ser una rara avis sin ego o con más ego que ninguno. Sólo intento comenzar a escribir. Hablo del detonante. Acabo de vender un libro a uno de esos escritores que no editan, un ejemplar de novela negra. "Un clásico". Estudio, ejemplo, norma, plantilla... "Voy a intentarlo con la novela negra", me ha dicho. ¿Intentar, el qué?, me han entrado ganas de preguntarle. Sé o intuyo la respuesta, por eso no ha salido de mi boca, porque no lo entiendo o porque lo entiendo todo, porque no me gusta comprender y a la vez me sorprende mi ingenuidad. Quien lea esto no notará que esto está escrito a trompicones, mientras atiendo, perdiendo el hilo y cogiéndolo donde sea que lo coja al sentarme de nuevo frente al teclado. La gente pide cosas muy raras. "Recomiéndame un libro que esté bien..." ¿Qué respondes a eso? Las connotaciones son enormes, y al final todo depende de mis ganas de entrar o no a trapo. Siempre en mi cabeza resuena la gloriosa frase valleinclaniana, "concreta, cabrón, concreta..." "¿Un libro bueno, cómo, dónde, sobre qué, para quién...? y así hasta el infinito... Siempre me callo, me hago el simpático y tiro de prejuicios y obviedades. Sin embargo hace poco tiré de oficio y propedeútica; alguien que viene a menudo y que me gusta cómo es, me dijo esa misma frase, pero yo ya sabía qué quería decir, y lejos de sentirme examinado como librero y como lector disfruté mucho ese rato sacando libros de las estanterías y hablando de autores. Se llevó "Piezas en fuga" de Anne Michaels. Me pregunto qué le estará pareciendo. yo tengo muy buenos recuerdos de ese libro.

He pasado unas semanas muy extraño. Por culpa de unos exámenes gremiales y absurdos he estado un tanto perdido, he dejado de salir con la bici y de nadar como me había acostumbrado meses atrás, y tras el estrés de las pruebas durante el mes pasado me he quedado vacío. He ido a un par de conciertos dignos de ser recordados, he viajado algo y he habitado en cierto surrealismo un par de días de mucho calor, pero no he escrito nada en su momento y hacerlo ahora me da pereza. Desde hace una semana hago 40 kilómetros en coche para venir a la librería, y durante el trayecto, dependiendo del día, mientras aullo canciones de profundo sentido pop y arduo sentimiento roquero, se me ocurren muchas barrabasadas que poner aquí, tonterías que olvido con una facilidad pasmosa a las primeras de cambio, haciendo que pasen los días sin colgar nada. Tampoco he tenido lecturas que comentar, me ha costado encontrar "el" libro. A veces pasa, o al menos a mí me pasa. Vas de libro en libro, picando sin conseguir entrar en ninguno, pero todo es culpa tuya, como si físicamente tu cuerpo te pidiese determinada lectura que por un motivo oculto no logras encontrar. Si eres una persona decente, lees lo que estás leyendo en ese momento y punto, pero si eres un indolente y un pusilánime como yo, y si además tienes el defecto de tener siempre empezados 5 o 6 libros a la vez, pues te tiras unos días sin dar pie con bola, de libro en libro. La gente normal lo arregla yéndose de librerías, que es algo que incluso un librero como yo a veces echa de menos, pero como se da la casualidad de que vives en una librería pues esos días te comportas como un yonki alzheímico con síndrome de abstinencia. Hasta que das con él, con el libro que te hace falta, con el chute que te calma. Como todo en esta vida, hace falta un esfuerzo, y sé que con 3 o 4 páginas no vale, a menudo hay que seguir un poco más. En el camino han quedado muchos libros que sé que leeré tarde o temprano porque sé que necesito y me apetece leerlos, sin embargo el domingo encontré lo que necesitaba. Un ataque de risa tuvo la culpa, una prossa ácida, sencilla y llena de ingenio tuvo la culpa, un libro llamado "Cosas que hacen BUM" de Kiko Amat tuvo la culpa de hacerme despertar de ese incómodo marasmo en el que estaba recluido. No es un libro nuevo, no es un best seller, no es un clásico imprescindible de la literatura universal, pero me lo estoy pasando teta. Sonrío, disfruto, me sorprende , comparto montones de referencias y es justo lo que necesito. Música soul, anarquismo, adolescencia, dulce mala leche, agilidad narrativa, como si Holden en vez de ser el guardián del centeno se hubiese trasmutado en un anaranjado y mecánico Alex y hubiese encontrado a sus drugos en la Barcelona de los noventa y en vez de Beethoven flipase con Smokey Robinson o Ronnie Spector. Necesitaba un libro claramente apasionado, negrísimo, como un guitarrazo del mejor Steve Marriot, Brighton en la Barceloneta, Eduardo Mendoza elegante con una chaqueta con la Union Jack puesto de anfetas tras escuchar Quadrophenia durante una semana...

No necesité mucho, la verdad, cogí el libro del montón, aburrido y hastiado de mí mismo y vualá: La obsesión es una fiebre. Una rabia loca, enfocada hacia un solo punto, que empieza a acelerar sin que nadie pueda detenerla. La obsesión es un deseo multiplicado, y ese deseo me ha llevado hasta aquí. Estoy volando a 111 km por hora en dirección a un árbol del camping La Ballena Alegre, en la autovía de Castelldefels. Cuando impacte contra él, mi cuello se partirá como un barquillo mojado en champán, pero de momento estoy paralizado en el aire en la postura de volar. Soy una pieza de taxidermista, suspendida del cielo por hilos de oxígeno. Los ingleses tienen una expresión para eso: in mid-air. Espero que esta parálisis pasajera me dé el tiempo suficiente para contar lo que tengo que contar; es una historia bastante larga. Estoy volando a 111 km por hora porque hace uno segundo estaba subido a una Vespa 160, conduciendo sin manos. Me subí a la Vespa porque antes intenté realizar el Último Vals Salvaje, y falló. Mi Último Vals Salvaje era la única manera que encontré para extirpar la obsesión. Ésta es una historia de obsesiones. Así empieza... "Cosas que hacen BUM" es altamente adictiva y placentera. Una novela de iniciación, sobre caer y levantarse y volver a caer, sobre la grandeza y las miserias de pertenecer a un grupo, sobre reivindicar la diferencia frente a lo convencional. Pànic es ese tipo un tanto snob que se inventa su propio personaje y lo lleva hasta sus últimas consecuencias. Ha habído un par de fragmentos que me han hecho saltar las lágrimas de risa, literalmente... Y eso no tiene precio, al menos no para mí en estos días difíciles...