Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

Nota informativa:
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martes, 6 de julio de 2010

Mirando el libro del voyeur en el escaparate

Lo que son las cosas.... claro que por eso escribimos lo que escribimos, porque son como son... quiero decir... en fin... no sé lo que quiero decir... me piden un libro y yo lo encargo... se llame el cliente Virgilio o Pepe y pida lo que sea (allá cada cual)... el libro llega... le envío un sms al cliente y el cliente ya tiene en consideración cumplir su palabra y venir a por su libro o no... Pero me estoy adelantando...
Recapitulemos mejor... Virgilio me pidió un libro, el mismo día que Ovidio me pidió otro... Eso me hizo ilusión (fácil que es uno... supongo que si fuera frutero y me hiciesen un encargo Ceres o Deméter me molaría...) El de Ovidio ya llegó y vino a por él... Esta vez me fijé más... Es extraño decir que Ovidio tiene pinta de bakalaero, habla como un bakalaero y que tiene una moto ruidosa de bakalaero... pero está estudiando cocina, lo cual es la guinda o la monda... yo no sé...

El libro de Virgilio acaba de llegar. Aún no le he avisado. No por nada en particular, bueno sí. El libro es precioso (El libro del Voyeur, Pablo Gallo, Ediciones del viento)... En otro post dije que me gustó lo que vi del libro y que pedí dos ejemplares, uno para Virgilio y otro para La Pecera.

La semana pasada, a los diez minutos de haber cursado el pedido, sonó el teléfono. Era Virgilio. Instintivamente pensé que llamaba para anular el pedido. No me importó, pensé a su vez en una ráfaga de segundo, lo cual me llevó a su vez a pensar en el amigo al cual le podría regalar ese ejemplar (que la Pecera vaya "rara" me hace pensar cosas así). Sin embargo, lo que quería Virgilio era encargar otro ejemplar, y de paso preguntar si iba a tardar mucho en tener los dos. No, le dije, el distribuidor en concreto de los libros que me has pedido suele portarse y enviar bastante rápido, le dije (totalmente cierto, totalmente anómalo y totalmente agradecido por ello). Insistió en que le avisara cuando llegaran y colgamos. A los cuatro días el pedido ha llegado, con otros encargos y un par de novedades. Saco el pedido de la caja, coloco los libros en un montón y los comienzo a dar de alta. Algunos pasan por mis manos una vez, como un tomate demasiado duro, pero son los pocos. Otros no, lo veo, los abro en plan baraja de cartas o como hacen los dependientes de las copisterias con los paquetes de folios antes de meterlos en la fotocopiadora, y leo al azar mientras lo huelo. Cojo el libro de Pablo Gallo. Leo la solapa. Lo abro y mis ojos se posan en una palabra. "Virgilio". Sonrío como un cabrón ante un chiste malo o como un niño con zapatos nuevos, no lo sé, pero sonrío. Hoy he dormido apenas 3 horas, y se me nota. Cierro el libro con el dedo índice entre las páginas, entre esas dos páginas donde he leído "Virgilio". Suspiro (no por nada, cuando estoy cansado suspiro mucho, o al menos eso me han dicho más de una vez...) Lo abro de nuevo. El dibujo de lo que podría ser una Lolita en ropa interior frente a un espejo ilustra la página impar. Me rindo y leo:

"Eneída". Iván Humanes.
El crítico literario, calvo y con un liguero que realza sus nalgas, recita pasajes de La Eneída de Virgilio mientras ella arranca las páginas de la obra. Él sabe que los análisis más destructivos sólo se consiguen con castigo y puro sacrificio, que la fama de respetado crítico sólo se gana con el sufrimiento. Ella conoce su forma de hacer y es cuestión de tiempo que el viaje de Eneas se escuche en latín y por primera vez en ese motel. Y continúa con el ritual y clava las uñas en el lomo, sugiere que Homero escribía con más rudeza. El acto provoca que él hierva encima de la cama mientras glorifica a Roma y al emperador Augusto.
-Mina, rellena todos los agujeros de mi cuerpo con mi estimado Virgilio -le dice mientras rasca con entusiasmo su calva. Y es que el placer, reconoce entre ronroneos, siempre le produce cierto sarpullido."

Pediré otros dos, he descubierto que queda precioso en el escaparate...
Hernán Migoya, Andrés Neuman, Pilar Adón, Esther García Llovet (de la cual venía en el mismo pedido "Las crudas"), Javier Corcovado... 69 autores... 15 euros... ediciones del viento
Voy a avisar a Virgilio de que su libro ya llegó...
http://ellibrodelvoyeur.blogspot.com/
http://elblogdepablogallo.blogspot.com/

viernes, 2 de julio de 2010

Es más probable que Jon Bon Jovi lea a Cioran que yo apruebe una oposición...



¿Tiene sentido leer a Emile Cioran tirado en el mullido césped de una piscina mientras a nuestro lado coloca su toalla una morena en escueto bikini negro con muestras más que evidentes de haber agrandado sus pechos artificialmente? Pues a lo mejor tiene sentido pero a mí me ha costado un poco pillárselo... Mi hora de asueto a medio día la uso así, es decir, salgo raudo a la piscina municipal del pueblo de al lado a ver si la muchachada me deja nadar un rato en paz (hoy no me dejaron) y a leer un poco antes de volver a comer y a estudiar antes de abrir de nuevo. Como tengo principio de síndrome "vaca sin cencerro", cuando estoy a punto de salir parezco un pulpo atolondrado, cogiendo cosas al tuntún, por lo que siempre se me olvida algo. Afortunadamente nunca el bañador, pero sí algún que otro complemento, ¿cuál? se preguntará el tarzán de turno, pues la toalla, las llaves del coche, crema, tapones... y casi siempre el libro... Casa del herrero... Por eso no es la primera vez que entro de nuevo en la librería echando mano del montón perpetuo que hay sobre el mostrador y saliendo disparado; como éste se renueva a diario, hacer eso es como jugar a la lotería...
Así que hoy ha sido inevitable que cuando tras leer "¿Qué importancia puede tener que yo me atormente, que sufra o que piense? Mi presencia en el mundo no hará más que perturbar, muy a mi pesar, algunas existencias tranquilas y turbar -más aún a mi pesar- la dulce inconsciencia de algunas otras" he alzado la vista y me he topado con la señorita siliconada y ésta me ha mirado con altanero desprecio por encima de sus gafas de sol, yo no haya podido evitar soltar una sorda carcajada (a la par que enrojecía brutalmente)... Acto seguido, totalmente avergonzado, he dejado el libro sobre el césped, me he acercado lentamente a la pileta y me he tirado de cabeza al agua... Tenía que haber cogido cualquier otro libro. ¿Cómo va a ser lo mismo toparse con unas carnes morenas (desgraciadamente manipuladas, pero que el mundo no es perfecto ya lo sabemos) después de leer a Cioran que hacerlo después de leer "Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta."? Claro que así igual quizá me hubiese volatilizado o convertido ipso facto en pasto de una combustión espontánea, y de mi paso por la tierra sólo hubiesen quedado unas pocas cenizas alrededor de un libro de Nabokov, hermosa imagen que, sin duda, cambia si el libro es de Cioran... Pero, claro, con Cioran eso nunca te va a pasar porque leerlo te crea la desazón necesaria para coartar todo tipo de efusividad, viendo el mundo con palidez invernal por muy verano que sea, aunque la visión por parte de una amazona artifial de un sonriente y pálido macho beta que sostiene entre sus manos un libro llamado "En las cimas de las desesperación" la llene de astío, femenino desprecio y desconfianza momentanea, al menos habrá valido para algo, aunque sólo sea para acercarte con dignidad a la piscina, zambullirte despacio (aunque mientras lo hagas te acuerdes sin saber porqué de la portada del High and Dry de Def Leppard y hagas un extraño requiebro en el aire), refrescarte un poco y volver a tu toalla, renovado y dispuesto a seguir leyendo a Cioran ajeno en la medida de lo posible a esas distracciones mundanas tan lejanas a tu ideal... Antes de tumbarme la he vuelto a mirar, no he podido evitarlo, me recordaba a alguien, pero más por ser el reverso tenebroso o la antítesis de ese alguien que por similitud... Betty Page, he dicho cogiendo el libro, y seguro que nunca antes alguien ha abierto un libro de Cioran diciendo esas dos palabras...

Nada es importante...
¿Qué importancia puede tener que yo me atormente, que sufra o que piense? Mi presencia en el mundo no hará más que perturbar, muy a mi pesar, algunas existencias tranquilas y turbar -más aún a mi pesar- la dulce inconsciencia de algunas otras. A pesar de que siento que mi propia tragedia es la más grave de la historia -más grave aún que la caída de los imperios o cualquier derrumbammiento en el fondo de una mina-, poseo el sentimiento implícito de mi nimiedad y mi insignificancia. Estoy persuadido de no ser nada en el universo y sin embargo siento que mi existencia es la única real. Más aún: si debiera escoger entre la existencia del mundo y la mía propia, eliminaría sin dudarlo la primera con todas sus luces y sus leyes para planear totalmente solo en la nada. A pesar de que la vida me resulta un suplicio, no puedo renunciar a ella, dado que no creo en lo absoluto de los valores por los que debería sacrificarme. Si he de ser sincero, debo decir que no sé por qué vivo, ni por qué no dejo de vivir. La clave se halla, probablemente, en la irracionalidad de la vida, la cual hace que ésta perdure sin razón. ¿Y si sólo hubiera razones absurdas de vivir? El mundo no merece que alguien se sacrifique por una idea o una creencia. ¿Somos nosotros más felices hoy porque otros se sacrificaron por nuestro bien? Pero, ¿qué bien? Si alguien realmente se ha sacrificado para que yo sea hoy más feliz, soy en realidad aún más desgraciado que él, pues no deseo construir mi existencia sobre un cementerio. Hay momentos en los que me siento responsable de toda la miseria de la historia, en los que no comprendo por qué algunas personas han derramado su sangre por nosotros. La ironía suprema sería darse cuenta de que ellos fueron más felices que nosotros lo somos hoy. ¡Maldita sea la historia!
Nada debería interesarme ya; hasta el problema de la muerte debería parecerme ridículo; ¿el sufrimiento?-estéril y limitado; ¿el entusiasmo? -impuro; ¿la vida? -racional; ¿la dialéctica de la vida? -lógica y no demoníaca; ¿la desesperación? -menor y parcial; ¿la eternidad? -una palabra vacía; ¿la experiencia de la nada? -una ilusión; ¿la fatalidad? -una broma… Si lo pensamos seriamente, ¿para qué sirve todo ello en realidad? ¿Para qué interrogarse, para qué intentar aclarar o aceptar sombras? ¿No valdría más que yo enterrase mis lágrimas en la arena a la orilla del mar, en una soledad absoluta? El problema es que nunca he llorado, pues mis lágrimas se han trasformado en pensamientos tan amargos como ellas.
En las cimas de la desesperación, pág 63. Emile Cioran. Ed. Tusquets. 8,95€


Cuando un rato después me he marchado, casi dejo sobre la toalla de la morena el libro, pero no tenía el día para declaraciones de amor, además, le hubiese acabado preguntando por qué se tuvo que hacer aquel despropósito a todas luces innecesario, pero que ella y yo coexistamos en el mismo plano espacio temporal no significa que habitemos el mismo mundo, por lo que dudo que se haya dado cuenta de mi marcha mientras ella se achicharraba lánguidamente al sol soñando con un briatore o un futbolista cualquiera... Su cuerpo está corrompido por la estética del bisturí y el moreno churrasco, el mío por el quirúrgico bisturí y por Cioran; evidentemente lo mío es peor y, además, menos divertido. Prometo volver mañana con un libro de Pin-ups, o con uno de Vizconde de Lascano Tegui, o incluso con uno de Quim Monzó aunque, conociéndome, seguro que acabo cogiendo "Fuegos" de Yourcenar y olvidándome el bañador... Cuando subía al coche me he preguntado si hubiese cambiado algo que Cioran y Betty Page se hubiesen conocido (¿la historia del pensamiento ha perdido a un gran vitalista?), después, cuando metía la llave en el contacto, me he preguntado qué hubiese pasado si la siliconada y Betty se hubiesen conocido (¿tal vez el mundo se ha perdido una explosiva sesión fotográfica de ligero SM?) y cuando salía del aparcamiento me he preguntado qué hubiese pasado si yo hubiese conocido a Betty Page... En ese momento sí me he estremecido de verdad...
Además, tener puesto el modo aleatorio en el mp3 del coche da muchas sorpresas (o sustos surrealistas)...
Seguro, seguro que la chica del video también leía a Cioran... Pero en algún momento dejó de hacerlo... ¿cuándo? Salta a la vista... todo lo malo pasa... sólo hay que tener paciencia...