Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

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lunes, 21 de junio de 2010

Fuga sin fin de Joseph Roth

Fuga sin fin es un libro luminoso. Eso, realmente, era lo que creía recordar del libro de Joseph Roth, un libro breve y maravilloso, no como un orgasmo en el servicio de una gasolinera de carretera sino como un polvo hambriento en un hotel de lujo del extinto imperio austrohúngaro. Esta mañana me he dado cuenta de lo equivocado que estaba, es eso y mucho más. Lo leí del tirón hace muchísimo tiempo, tirado indolente en la cama sin aristas de un tercero sin ascensor en la calle Calvario, cuando Lavapiés comenzaba a dejar de ser Lavapiés y cuyos preciosos estertores podían hacerte chocar a la vuelta de una esquina con Penélope Cruz recién levantada paseando al perro mientras tu llegabas tarde a cualquier sitio. Reconozco que la avidez con la que leí a Roth hizo que nunca más lo volviera a leer, como un regalo demasiado caro del que no eres digno. Pero qué equivocado estaba, no sólo soy digno (nadie es indigno de cualquer literatura, acaso lo contrario, es cierta literatura la que no es digna de nosotros) sino que estaba al alcance de mi mano, polvoriento y reluciente, hermoso y admirable, como se conservan los libros de la Editorial Acantilado con los años.


Se me cayó Joseph Roth de la estantería, así, como quien abre una puerta y aparece su pasado. Buscaba un disco y sin darme cuenta lo tiré. Aparecen libros en la estantería de los discos y aparecen discos en la estantería de los libros; soy el hazmerreir de mi signo zoodiacal, en mi interior anida el caos donde debería reinar la pulcritud, soy más un Doc Emmett (Doc para Marty Macfly) que un virgo Blas, pero ahí estaba Come on Feel the lemonheads, con la R de Roth, y al dar por finalizado el escondite y sacarlo se ha caído Fuga sin fin. Posiblemente hace el mismo tiempo que no presto atención a ninguno de los dos, ni a Joseph ni a Evan. Me ha dolido el ruido que ha hecho el libro al caer. Mientras tomaba mi té, me vestía y escuchaba It's about time, he decidido llevarme al médico el pequeño libro. En la sala de espera nadie se ha dado cuenta, pero el libro, al abrirlo y leerlo, brilla, da igual por dónde lo abras, está lleno de frases que duelen y consuelan, de historias demasiado humanas, de sueños demasiado mitológicos para no ser ciertos. En el brevísimo prólogo de Fuga sin fin, Joseph Roth dice: «No he inventado nada, no he compuesto nada. No se trata ya de ‘poetizar’. Lo más importante es lo observado.». Tengo que releer a Roth, tengo que ver al daltónico replicante Rutger Hauer haciendo de Joseph en La leyenda del santo bebebor, no sé cómo explicar mejor lo que se puede sentir al abrir un libro que hemos amado y releemos, "Dormí con una mujer que, después de una hora, me despertó para preguntarme si mi amor interior hacia ella correspondía a mi capacidad de rendimiento corporal. Pues sin ese «factor espiritual» se sentiría «manchada». Tuve que vestirme deprisa y, mientras buscaba debajo de la cama un botón de mi camisa que había salido rodando, le expliqué que mi alma habitaba siempre en aquellas partes del cuerpo que justamente necesito para la práctica de cualquier actividad. Por ejemplo; cuando salgo de paseo, en los pies, etc. -Eres un cínico -me dijo. " Por eso subrayamos los libros, para que al abrirlos los ojos se fijen en lo que fuimos , en lo que nos removió. Cierras el libro, lo vuelves a abrir y señalado con un lapicero azul, dos páginas que no recuerdas haber rayado pero que hiciste seguramente con la misma cara con la que ahora vuelves a leer.

XII, pág 68
¿Por qué había abandonado Rusia? Se podría calificar a Tunda de inmoral y falto de carácter. Los hombres que tienen un camino claro y un fin moral, como las personas que tienen una ambición, son completamente distintos a mi amigo Tunda.
Mi amigo era el prototipo del carácter imprevisible. Era tan imprevisible que ni siquiera se le podía tachar de egoísta.
No se esforzaba por conseguir lo que suele llamarse el interés personal. Las consideraciones egoístas le eran tan extrañas como los escrúpulos morales. Si fuera absolutamente imprescindible caracterizarlo por algún atributo, diría que su propiedad más clara era el deseo de libertad. Era tan capaz de desaprovechar las ventajas como de evitar los inconvenientes. La mayor parte de las cosas las hacía según su humor; y el resto, por convencimiento, es decir: todo lo hacía por necesidad. Tenía más fuerza vital de la que la revolución necesitaba en ese momento. Tenía más independencia de la que puede precisar una teoría que trata de adaptarse a la vida. En el fondo era un europeo, un "individualista", como dice la gente culta. Para vivir plenamente necesitaba situaciones complicadas. Necesitaba la atmósfera de mentiras intrincadas, falsos ideales, salud aparente, firme podredumbre, fantasmas pintados de rojo, las atmósfera de los cementerios que tienen aspecto de salones de baile, o de fábricas o de palacios, o de escuelas, o de salones. Necesitaba la cercanía de los rascacielos cuya desaparición se presiente, pero cuya existencia está asegurada por siglos.
Era un "hombre moderno".
(...)
Reconozco que después de leer la carta de Tunda se me ocurrieron todas estas preguntas, pero no la más inmediata, ¿cómo ayudar a Tunda? Yo sabía que era el tipo de persona para quien la amada seguridad material no significaba nada. No tenía nunca miedo a sucumbir. Nunca tuvo miedo al hambre, que hoy determina casi todas las acciones de los hombres. Posee una especial capacidad para la vida. Conozco un par de personas de este tipo. Viven como peces en el agua: siempre a la caza de su presa, y sin miedo a la caída. Son inmunes a la riqueza y a la miseria. No acusan las privaciones. Por eso están dotados de una dureza de corazón que no les permite sentir los pesares íntimos de los demás. Son los mayores enemigos de la caridad y de la tan cacareada consciencia moral. Son, pues, enemigos natos de la sociedad.
Hasta una semana después no pensé en ayudar a Tunda. Le envié un traje."


Fuga sin fin, Joseph Roth. Ed. Acantilado...
Y por trece euros... http://www.acantilado.es/personas/joseph-roth-516.htm

1 comentario:

evelio guzman dijo...

Siempre es un placer leerte ,pero de todo lo que escribes mis preferidos son las recomendaciones literarias como esta.Saludos.