Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

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miércoles, 23 de junio de 2010

De teorías imposibles y camas salvajes.

Me duele la cabeza. Mucho. Duermo mal. La luna no acaba de explotar y mostrarse llena de una vez y, aunque está a punto, a mí no me vale ese casi, ese aún no. La noche de San Juan devora hombres como yo; luego los regurgita, no nuevos, no limpios, no renovados, tan sólo la rueda gira y nos pone donde siempre. Fin de mes. Deudas a domicilio. Dolor de oídos y corazón. Paso condena en una cama digna de un faquir, y eso ya no es una metáfora. Duermo porque mi cuerpo no se permite el insomnio, eso es un lujo para mi corazón, pero esa cama que he heredado es inquisitoria. Si pudiera, llegada la hora en la que mi cuerpo dice basta, sacar lo pies de la cama y dejarme caer al suelo, seguramente dormiría mejor. Era la cama de mi abuelo, de hecho es la cama de mi abuelo. La cogí prestada este invierno cuando decidí que prefería comerme mi orgullo y pedírsela que morir por congelación en el jergón que antes tenía. No, no tenía dinero para una, y él ya no la utiliza. Ahora estoy purgando todo lo que mi genética dice que soy para poder ser lo que intento. Si la infancia es lo que más nos define, entonces yo aún mantengo una lucha contra ese hombre, aunque él ya no me muestre su desprecio, aunque él ya no pueda escupirme, diluyéndose poco a poco en esa residencia que he jurado no volver a pisar. Y ahora duermo en su cama. El inconsciente nos hace hacer las mayores tonterías. Por todos lados sobresalen muelles puntiagudos. Al principio hasta me hacía gracia. Me mantenían despierto mientras leía. Ahora ya no, porque cuando caigo rendido hacen que al despertar desee matar a alguien. Al principio creía que eran la agujetas, por la piscina y la bici. Ahora que no hay de eso, me he dado cuenta de que estoy inmerso en un cuento kafkiano, freudianamente vulgar y económicamente inviable. He tardado semanas en darme cuenta. Lo achacaba al estrés, a la librería, al estudio. Inocente. Se supone que es mi santo, o mañana, con esas cosas nunca me aclaro. Porque yo debería llamarme solamente Juan, pero él dijo que si me ponían el nombre de un abuelo, también debería llevar el del otro. Creo que nunca soportó que el suyo fuese en segundo lugar. Cualquiera sabe, con él todo es posible. A eso me reduzco, a una insufrible contradicción, lo mejor y lo peor, una contradicción heredada hasta onomásticamente. De todos modos, mi contradicción favorita es la que me hace recordar que a pesar de la apostasía, estoy pintado de querubín en la iglesia de mi pueblo sujetando a la Virgen. Ojalá mi niñez fuesen más cosas así, en cambio en el fondo es una lavandería y un colegio tardofalangista. Mi niñez en ese taller oscuro, limpiando edredones y vestidos de novia mientras él esperaba que me convirtiera en un digno sucesor de su estirpe utilizando esa "delicada" psicología inversa que le caracterizaba, daría para muchas páginas, tantas como las barrabasadas a las que fuimos sometidos en el colegio.

Recuerdo que una vez, agotado (por cualquier cosa, tampoco fui Oliver Twist, seguramente ya pasaba de los doce, y seguramente estuviese de resaca, fui precoz en ciertas cosas) me quedé dormido encima de la lavadora. Era invierno, hacía un frío espantoso y me olvidé de cerrar la llave del agua caliente, quedándome dormido encima, con mi mono azul con la tela pasada en el culo (había que pararla sentándose encima cuando centrifugaba) y mis botas de agua. No sé cuánto tiempo me quedé dormido, pero el taller se inundó y aguanté como nunca la cantidad de improperios que pude oír por parte de mi padre y mi abuelo. Yo soñaba con convertirme en una especie de Jim Morrison paleto, y a lo único que llegue fue a pseudoconde de Montecristo, llenando las paredes del taller de dibujos y versos ( a mi padre no le importaba que lo hiciera, también él tenía su sutil manera de joder a mi abuelo). Hoy apenas ha entrado gente a la librería. Dos personas, creo. He ojeado muchos libros y blogs. He hecho muchas cuentas. Le he dado muchas vueltas a las cosas, demasiado. Tal vez debería prenderle fuego esta noche al colchón. Eso estaría bien. o no. Quién sabe. Lo único seguro es que he de deshacerme pronto de esa cama de mierda, que también uno a veces tiene lo que se merece...

En el fondo lo que quería era escribir sobre un libro, "Las Teorías Salvajes" de Pola Oloixarac, pero no sabía qué decir, con postearlo aquí digo ya mucho. Copio un párrafo y remito a un blog, en el cual he leído una crítica realmente buena sobre él. Iba a copiar otra crítica, la que ha hecho Ignacio Juliá en el Ruta66 de Junio, que, paradojas, fue la que me hizo coger este libro del escaparate...

"He temido tantas veces por mi vida y la de los que me rodean. La filosofía es el playground de Satán. No puedo explicar el modo en que ciertas lecturas erizan el vello dorado de mis brazos de niña. Los más leves signos de la noche me parecen oberturas de masacres. A veces, cuando estoy en esos mundo, me parece escuchar el clamor de hordas de forajidos avanzando, sus bocas sedientas de sangre pública. Puedo verlos, acechándome a través de los intersticios de los párrafos. Guerreros en la ciénagas."
ISBN: 978-84-92837-03-8
Páginas
: 280
P.V.P.
: 19 €
Fecha de publicación
: marzo de 2010
Formato
: rústica 20,5 x 12,5 cm

http://latormentaenunvaso.blogspot.com/2010/04/las-teorias-salvajes-pola-oloixarac.html

1 comentario:

IVAN dijo...

Freud no tendría nada que hacer contigo. A tí te haría falta, por lo menos, un Lacan o, en el peor de los casos, un Debord cualquiera y su Internacional Situacionista, jejeje... Por cierto, «mandaríahuevos» que no cambiaras de cama ya, y si no, te la pago yo, que para eso estamos los amigos indeseables, que otra cosa, no, pero será por dinero, que lo tenemos por castigo, que somos del Atleti... La opo ya está aquí, vamos a por el últimos empujoncito... Se os quiere... Besos