Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

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viernes, 21 de mayo de 2010

Cicely blues. Piano suite en onda corta.


"Último informe del mundo artístico: esta mañana cogí del vertedero dos amortiguadores de camión, dos maravillas; aguantarán una tonelada de presión cada uno. Sigo necesitando un cigüeñal, una válvula y una máquina de taladrar. Estoy agradecido a la gente de la granja Paninset por dejarme usar sus ejemplares de raza, aunque no quieran entrar en el juego. Sigo sin encontrar lo que estoy buscando ¿Hay alguien que quiera lanzar a su vaca? ¿Darle un paseillo? Chris por la mañana, K-OSO, Cicely, Alaska."

Tengo ganas de hacer volar un piano con una catapulta, o una vaca. Poner ese armatoste de madera, enorme y quejumbroso, en mitad del campo, tirar de la palanca y ver el arco perfecto del piano por el cielo antes de estrellarse como un liberador orgasmo emocional a distancia... Ultimamente estoy obsesionado con los pianos. Ochenta y ocho teclas. Me miro las manos y me avergüenza no saber tocar el piano. Veo los dedos índices doblados, curvados hacia dentro porque de pequeño, cuando me ponía nervioso, me los retorcía, y las palmas grandes, y lamento la cabezonería de mi padre cuando le dije que quería aprender a tocar un instrumento y me dijo que primero hiciese los 5 cursos de solfeo, que luego ya hablaríamos. Más que lamentarlo, me jode. Cinco años de solfeo, así, a pelo, es lo ideal para abocar a cualquiera, por reacción, al dodecafonismo o al black metal (o en aquellos años sería mejor decir al thrash metal, pero espera, que esos aún cantaban)... Tras repetir dos veces tercero y perdirle a mi progenitor por enésima que me apuntase a piano y decirme que las cosas había que hacerlas por orden (¿?¿?), lo dejé. A tomar por saco el niño cantarín, la clave de fa y san Rimski Korsakov. Me quedé en melómano, yo que sólo quería ser como Chico Marx. Pero algo es algo.

Recuerdo que al salir del conservatorio me iba a la tienda de música de doña Custodia y me sentaba entre los pianos que había de exposición, sin hacer nada, oyendo a Custodia hablar y esperando que se animase a tocar algo. Recuerdo un órgano que se abría como un escritorio, con un sonido demoledor (quizá por eso me de siempre me ha gustado tanto el sonido del Hammond) que me fascinaba sobremanera, pero ahí acabó mi carrera como pianista, en la imagen de un niño sentado entre pianos, hasta los huevos de las clases de solfeo, retorciéndose el dedo índice. Luego tuve mis escarceos con el rocanrol, pero este hijo putativo de Richard Penniman descubrió dos cosas antes de acabar el instituto y con él mi futuro musical, que no había nadie en el pueblo que tocase un instrumento y que a la vez supiera quién era Rory Gallagher, y que se me daban mejor el air guitar y el air drum (dicha carrera roquera como sosías amuñonado de Peter Green la relaté brevemente justo en el primer post de este blog), así que me volqué con más ahínco si cabe en ese mal que es el coleccionismo musical.



He sublimado ese deseo de pertenecer tangencialmente a la estirpe de Glenn Glould y Keith Emerson con la búsqueda y visión del capítulo de doctor en Alaska donde Chris Stevens lanza un piano por los aires (Joel es grande, Rob Morrow y el nuevo y pequeño Joel). No hubo verano entre el 90 y el 99 (si la memoria no me falla) en el cual no tuviese mi sobredosis de Cicely. La dos (la cadena) maltrató a conciencia la serie, la ponía en el orden que les daba la gana y a la hora que les daba la gana, pero para mí era un ritual llegar a casa después de disculparme con los amigos por dejarlos plantados a medianoche (nunca mejor dicho) con las litronas a medio vaciar (o vaciadas varias veces) y sentarme solo en el salón a ver doctor en Alaska. Grababa los capítulos en vídeo y luego me ponía a seleccionar escenas, cogía un pequeño radiocasete y, en un complicado y malavaresco juego de manos, pegaba el aparato a la televisión y grababa los diálogos en cinta. Por aquellos años yo tenía un programa de radio en la emisora local, un programa semanal que tuve durante años (joder, muchos años, ahora que lo pienso, intermitentemente desde el 89 al 2004), que no escuchaba nadie pero en el que desbarraba a gusto, y en el que, entre canción y canción, ponía esos trozos de diálogo mientras yo intentaba improvisar un guión minimamente coherente. Lo repetían los fines de semana y si rebusco por ahí seguro que encuentro alguno grabado.

Tuve tres programas, y conocí las dos sedes en las que estuvo la emisora. "En Tierra de nadie", que hacía con Yolanda, Gina y Bea, "El caimán sincopado", que hacía yo solo, y el glorioso "El punto G", con Santi (siempre pensé que la G era por lo de jevi, pero con Santi nunca se sabe). Como los de la emisora eran de aquella manera, al final los programas los producías tu solo, es decir, hablabas, pinchabas y manejabas la mesa tu sólo, y hasta muy entrado el nuevo milenio, grababas también tu mismo los programas en cinta para cuando los repetían los fines de semana. Al final me miraban raro cuando aparecía con mis vinilos y les hacía cambiar algún cable o conexión para poder utilizar el plato. También grababa diálogos de películas de Woody Allen y, como pensaba que realmente no me escuchaba nadie, me sentía como una especie de Jimmy Rabitte (The Commitments!!!!!) entrevistado por Chris Stevens en una suerte de diálogo bizarro cercano al trastorno de personalidad múltiple. Se convirtió en algo tan natural ir a la emisora semanalmente (cuando vivía fuera y volvía al pueblo grababa cuatro o cinco en una tarde) que para mí perdió toda la dimensión pública que pudiera tener, como si fuese un cosmonauta emitiendo en mitad del espacio en una frecuencia que nadie escucha y que no sabe por qué ni para qué o quién habla pero que a la vez no puede dejar de hacerlo. Por eso, siempre que veo Doctor en Alaska, recuerdo el programa de radio. Como cuenta pendiente tengo el verla en orden, temporada por temporada, porque seguro que hay capítulos que nunca llegué a ver y otros que no sé en qué temporada están realmente y así comprobar si son tan buenos como recuerdo (tengo especial obsesión con el capítulo en el que Cicely es parte de la Unión soviética y salen Lenin y Freud, creo, pero cualquiera se pone a buscar entre las cintas de vídeo, y sí, ya, ahora después tiraré de wiki y caso resuelto...).

Si alguien tiene un piano y quiere deshacerse de él, o una vaca, que avise, también acepto ingenieros catapulteros o en su defecto artilugios lanza cosas marca ACME. Mientras tanto pensaré qué lanzar por los aires a modo de liberación, no estaría mal meter en un baúl un montón de cosas importantes y verlas salir volando...

"Bienvenidos todos, bienvenidos, gracias por venir hoy. Supongo que todos sabéis que llevo aquí algunos días tanteando, intentado hacer realidad mi visión. Empecé concentrándome tanto en ella que perdí perspectiva. He llegado a descubrir que no se trata de la visión, se trata de tantear, tantear, anhelar y avanzar. Estaba tan obsesionado con lanzar la vaca que cuando Ed me dijo que los Monty Python ya lo habían hecho creí que estaba acabado. Tenía que olvidar esa vaca para poder ver otras posibilidades. En fin, quiero agradecerle a Maurice su ayuda para olvidar esa vaca. Gracias, Maurice, por hacer de Apolo para mi Dionisio en dialéctica cartesiana del arte. Y gracias a tí, Ed, porque la verdad nos hará libres. Y Maggie, gracias por compartir la destrucción de tu casa para que hoy tuviéramos algo que lanzar. Creo que Kierkegaard lo expresó muy bien: "la existencia es lo único que está en proceso de existir; el arte es lo mismo". James Joyce también tenía algo que decir: "bienvenida oh vida, voy a encontrarme por milésima vez con la realidad de la experiencia y a forjar en el yunque de mi alma la todavía no creada conciencia de mi raza". Hoy estamos aquí para lanzar algo que surgió de la inconsciencia colectiva de nuestra comunidad ¡Ed! ¿estás preparado? Lo que he aprendido es que lo que importa no es lo que lanzas, sino el lanzamiento mismo. ¡¡ Vamos a lanzar algo, Cicely !! Uno, dos, tres...." (suena el Danubio Azul de Johann Strauss)
Tercera temporada. Capítulo 14. Quemando la casa....


1 comentario:

Eduardo dijo...

A principios de los años 90, estaba yo en la universidad en Estados Unidos. Cada lunes, a las nueve en punto de la noche, tenía una cita ante la televisión, en Cicely, Alaska. Un semestre, recuerdo, me tocó llevar un curso de estadística: todos los lunes, de ocho a nueve y media de la noche. Un horror. Pero no había remedio. Me tuve que inscribir. El profesor, un viejo canoso cuyo nombre me encantaría recordar, apuraba el contenido del día y terminaba a las nueve menos cuarto y salía corriendo él también hacia Cicely, Alaska.

Lo había olvidado.

Gracias, Juan Miguel (y Chris, y Ed, y Maggie, y venerable profesor de estadística), por permitirme hoy viajar de vuelta hacia aquella nostalgia.