Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

Nota informativa:
Este era el blog del antiguo dueño de LA LIBRERÍA LA PECERA. Dejó de actualizarse en 31 de marzo de 2011. Las opiniones aquí vertidas no se corresponden con la nueva gerencia de la Librería.
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viernes, 28 de mayo de 2010

El palacio está ardiendo. Fuego y Cenizas entre aullidos de Glenn

Leer y hacer ciertas cosas mientras de fondo suenan determinadas otras, no tiene precio...



Ramiro Bennett. "El palacio está lejos" Ed. Caeiro. pág 26.

"Al final a va ser cierto que ver arder un puñado de papeles escritos por uno mismo tiene algo de liberador. Siempre pensé que dicho acto tenía más de cliché que de catarsis real, pero estaba equivocado.
Ayer, en un viejo cubo de latón, ardieron un buen puñado de cuentos, borradores, plagios, homenajes y frases escritas a tumba abierta, y me sentí como si mirase desaparecer un pozo de los deseos infame y vácuo. Hay que contar con que el cloro del papel provocó un espeso humo blanco y apestoso, pero las llamas, pequeñas, balanceantes y casi soberbias, aceleraron mi corazón como si asistiese a una suerte de soflama muda y brutal sobre la futilidad de todo, sobre todo de mí mismo, de mis sentimientos, de mis anhelos, de mi pasado, donde no me reconocí pero que, por una vez en mi vida, en vez de querer guardar todos esos papeles y preservarlos como si tuviera que protegerme del tiempo y la vida y sólo el guardar y atesorar cosas me lo permitiese, decidí verlos arder, decidí sumergirme en el lugar común del despecho, en el calor del fuego y comprobar si sentía algo viendo convertirse en cenizas algo que creía parte de mí.

Y funcionó, vaya si funcionó. Uno puede utilizar el ratón del ordenador y abrir la carpeta donde guarda sus textos, seleccionar uno y darle a la tecla de suprimir, pero no es lo mismo, no es lo mismo ver un puñado de papeles, cartas, postales, relatos y narraciones pesadas arder con las llamas encogiéndote las pelotas, a medio metro de tí. Sonreí como hacía tiempo que no sonreía estando solo, me acerqué, me aparté, rodeé la hoguera donde una parte de mí se consumía. A medida que desparecían espasmódicamente papeles, sentí ganas de seguir echando papeles al cubo ennegrecido que se retorcía ante mí, pero con lo que había sabía que era más que suficiente, pues conozco la enajenación del fuego, su voracidad y su avaricia, así que me limité a sincerarme y ver qué sentía realmente viendo arder todo aquello que era yo pero que sin darme cuenta me tenía anclado a la imagen reflejada de un espantapájaros con demasiada carga innecesaria encima... No quedó nada, sólo un pequeño montón de una pasta negra y humeante sobre la cual, al final, eché una enorme meada, sonriente y limpio como un bebé al que le acaban de lavar y limpiar el culo antes de echarlo a dormir. A los cinco minutos comenzó a llover como hacía tiempo no veía. Dejé el cubo lleno de cenizas en mitad del patio y entré en casa."


miércoles, 26 de mayo de 2010

El dedo gordo del pie de Roberto Arlt. Soliloquio del solterón

Y de pronto apareció en nuestras vidas Roberto Arlt, y digo en nuestras vidas porque hubo una temporada en la que yo compartía lecturas y libros con varios amigos de la facultad casi como si fuésemos uno solo. Estudiábamos filosofía, sí, pero durante mucho tiempo nuestra vida giró en torno a Cortázar más que en torno a Kant, que también, pero no de la misma manera, y quien dice Cortázar dice García Márquez, Calvino, Canetti, Mann, Bulgakov y siempre, siempre, siempre, Bohumil Hrabal.. Luego cada uno tenía su autor fetiche, como una baraja de cromos de la que cada uno de hubiese quedado partes de un palo u otro. Y, como digo, un día apareció Robeto Arlt, más concretamente sus "aguafuertes". Yo enloquecí con "El juguete rabioso" y "Los siete locos" ("Los lazallamas" menos, pero porque lo leí en exámenes), locura compartida con Ramón y secundada por Iván. De hecho yo siempre andaba dando la coña con hacernos camisetas con la portada original de la primera edición de "Los siete locos" pero nunca se materializó dicho deseo, aunque siempre es buen momento para llevarlo a acabo, aunque se me hace muy difícil encontrar una imagen decente por google. Incluso en la última fiesta que hicimos tras los exámenes de septiembre del último curso (que fue cercano a mi 24 cumpleaños) me regalaron los cuentos completos de Arlt en la edición de Losada. Hubo una temporada que pasábamos más tiempo en la cafetería, salvando, explicando y reformulando el mundo que en clase, y de golpe, nos dio por aprendernos fragmentos de esos artículos de Arlt y citarlos cuando considerábamos que era pertinente (y cuando no lo era). Siempre fuimos lo peor, pero nunca hicimos daño a nadie, si acaso espantábamos a la gente pero estábamos en la edad para ello, creo... ¿en la edad de ser insoportables?... en fin...


Roberto Arlt había escrito para el diario argentino El Mundo, donde empezó a trabajar en 1928, las Aguafuertes porteñas, columnas donde hablaba de cualquier cosa en una suerte de genial antropología, que reunió parcialmente en un volumen publicado con ese título en 1933. El mismo periódico lo envió a España y Marruecos en 1935-1936, y antes y después a Uruguay y Brasil, en 1930, y a Chile, en 1940. Entre las crónicas de viaje escritas a raíz de esas experiencias, editó una selección en 1936 de sus Aguafuertes españolas. Entre todas las aguafuertes, tuvimos querencia por el soliloquio del solterón, que Ramón recitaba casi integramente (o que le valía de trampolín para sus monólogos), y aún hoy alguno sigue haciendo uso de la expresión "me tiro a muerto", como una especie de mezcla entre patente de corso y chiste íntimo que soltamos cuando no tenemos un duro, ni ganas de hacer algo, o simplemente por joder, y entonces, como dejó bien claro Arlt, nadie puede quejarse. El soliloquio del solterón empieza con la que posiblemente sea una de las mejores frases que se han escrito para comenzar una historia. "Me miro el dedo gordo del pie, y gozo". En la caja de las cartas que tengo arriba (cuando aún escribíamos cartas y nos las enviábamos) podría encontrar varias que me enviaron y empezaban así. Si estábamos en la cafetería y la idea de subir a clase se presentaba como un rubicón infranqueable e inhumano, bastaba que alguien dijera en uno de esos instantes donde todos nos callábamos (cosa rara, por otro lado) "me miro el dedo gordo del pie, y gozo" o "yo me tiro a muerto" y ya sabíamos que la mañana estaba perdida (y la tarde con un poco de suerte). Ramón y yo le estuvimos dando la tabarra a Ariel una temporada, porque era el único argentino que teníamos a mano, y si no el único, sí el mejor, desde luego, con los giros lunfardos que Arlt usaba, y recuerdo una vez que ambos hicieron una lectura del soliloquio del solterón en la cafetería de órdago. Ahora que lo pienso no sabría decir qué templó más a fuego mi ánimo, si Unamuno, Agustín de Hipona y Adorno, o las aguafuertes de Roberto Arlt. Hay muchos agotados, pero siempre se encuentra algo de Roberto por ahí, o Arlt nos encuentra a nosotros, y si no, darle la tabarra al vuestro librero y que os lo pida.

SOLILOQUIO DEL SOLTERON:
"Me miro el dedo gordo del pie, y gozo. Gozo porque nadie me molesta. Igual que una tortuga, a la mañana, saco la cabeza debajo la caparazón de mis colchas y me digo, sabrosamente, moviendo el dedo gordo del pie: -Nadie me molesta. Vivo solo, tranquilo y gordo como un archipreste glotón. Mi camita es honesta, de una plaza y gracias. Podría usarla sin reparo ninguno el Papa o el arzobispo. A las ocho de la mañana entra a mi cuarto la patrona de la pensión, una señora gorda, sosegada y maternal. Me da dos palmaditas en la espalda y me pone junto al velador la taza de café con leche y pan con manteca. Mi patrona me respeta y considera. Mi patrona tiene un loro que dice: "¡Ajuá! ¿Te fuiste? Que te vaya bien", y el loro y la patrona me consuelan de que la vida sea ingrata para otros, que tienen mujer y, además de mujer, una caterva de hijos. Soy dulcemente egoísta y no me parece mal. Trabajo lo indispensable para vivir, sin tener que gorrear a nadie, y soy pacífico, tímido y solitario. No creo en los hombres, y menos en las mujeres, mas esta convicción no me impide buscar a veces el trato de ellas, porque la experiencia se afina en su roce, y además no hay mujer, por mala que sea, que no nos haga indirectamente algún bien. Me gustan las muchachitas que se ganan la vida. Son las únicas mujeres que provocan en mí un respeto extraordinario, a pesar de que no siempre son un encanto. Pero me gustan porque afirman un sentimiento de independencia, que es el sentido interior que rige mi vida. Más me gustan todavía las mujeres que no se pintan. Las que se lavan la cara, y con el cabello húmedo, salen a la calle, causando una sensación de limpieza interior y exterior que haría que uno, sin escrúpulos de ninguna clase, les besara encantado los pies. No me gustan los chicos, sino excepcionalmente. En todo chiquillo, casi siempre se descubren fisonómicamente los rastros de las pillerías de los padres, de manera que sólo me agradan a la distancia y cuando pienso artificialmente con el pensamiento de los demás que coinciden en decir: "¡Qué chicos, son un encanto!", aunque es mentira. Me baño todos los días en invierno y verano. Tener el cuerpo limpio me parece que es el comienzo de la higiene mental. Creo en el amor cuando estoy triste, cuando estoy contento miro a ciertas mujeres como si fueran mis hermanas, y me agradaría tener el poder de hacerlas felices, aunque no se me oculta que tal pensamiento es un disparate, pues si es imposible que un hombre haga feliz a una sola mujer, menos todavía a todas. He tenido varias novias, y en ellas descubrí únicamente el interés de casarse, cierto es que dijeron quererme, pero luego quisieron también a otros, lo cual demuestra que la naturaleza humana es sumamente inestable, aunque sus actos quieran inspirarse en sentimientos eternos. Y por eso no me casé con ninguna. Personas que me conocen poco dicen que soy un cínico; en verdad, soy un hombre tímido y tranquilo, que en vez de atenerse a las apariencias busca la verdad, porque la verdad puede ser la única guía del vivir honrado. Mucha gente ha tratado de convencerme de que formara un hogar; al final descubrí que ellos serían muy felices si pudieran no tener hogar. Soy servicial en la medida de lo posible y cuando mi egoísmo no se resiente mucho, aunque me he dado cuenta que el alma de los hombres está constituida de tal manera, que más pronto olvidan el bien que se les ha hecho que el mal que no se les causó. Como todos los seres. humanos he localizado muchas mezquindades en mí y más me agradaría no tener ninguna, mas al final me he convencido que un hombre sin defectos sería inaguantable, porque jamás le daría motivo a sus prójimos para hablar mal de él, y lo único que nunca se le perdona a un hombre, es su perfección. Hay días que me despierto con un sentimiento de dulzura floreciendo en mi corazón. Entonces me hago escrupulosamente el nudo de la corbata y salgo a la calle, y miro amorosamente las curvas de las mujeres. Y doy las gracias a Dios por haber fabricado un bicho tan lindo, que con su sola presencia nos enternece los sentidos y nos hace olvidar todo lo que hemos aprendido a costa del dolor. Si estoy de buen humor, compro un diario y me entero de lo que pasa en el mundo, y siempre me convenzo de que es inútil que progrese la ciencia de los hombres si continúan manteniendo duro y agrio su corazón como era el corazón de los seres humanos hace mil años. Al anochecer vuelvo a mi cuartujo de cenobita, y mientras espero que la sirvienta -una chica muy bruta y muy irritable- ponga la mesa, "sotto voce" canturreo Una furtiva lágrima, o sino Addio del passato o Bei giorni ridenti... Y mi corazón se anega de una paz maravillosa, y no me arrepiento de haber nacido. No tengo parientes, y como respeto la belleza y detesto la descomposición, me he inscripto en la sociedad de cremaciones para que el día que yo muera el fuego me consuma y quede de mí, como único rastro de mi limpio paso sobre la tierra, unas puras cenizas."

viernes, 21 de mayo de 2010

Cicely blues. Piano suite en onda corta.


"Último informe del mundo artístico: esta mañana cogí del vertedero dos amortiguadores de camión, dos maravillas; aguantarán una tonelada de presión cada uno. Sigo necesitando un cigüeñal, una válvula y una máquina de taladrar. Estoy agradecido a la gente de la granja Paninset por dejarme usar sus ejemplares de raza, aunque no quieran entrar en el juego. Sigo sin encontrar lo que estoy buscando ¿Hay alguien que quiera lanzar a su vaca? ¿Darle un paseillo? Chris por la mañana, K-OSO, Cicely, Alaska."

Tengo ganas de hacer volar un piano con una catapulta, o una vaca. Poner ese armatoste de madera, enorme y quejumbroso, en mitad del campo, tirar de la palanca y ver el arco perfecto del piano por el cielo antes de estrellarse como un liberador orgasmo emocional a distancia... Ultimamente estoy obsesionado con los pianos. Ochenta y ocho teclas. Me miro las manos y me avergüenza no saber tocar el piano. Veo los dedos índices doblados, curvados hacia dentro porque de pequeño, cuando me ponía nervioso, me los retorcía, y las palmas grandes, y lamento la cabezonería de mi padre cuando le dije que quería aprender a tocar un instrumento y me dijo que primero hiciese los 5 cursos de solfeo, que luego ya hablaríamos. Más que lamentarlo, me jode. Cinco años de solfeo, así, a pelo, es lo ideal para abocar a cualquiera, por reacción, al dodecafonismo o al black metal (o en aquellos años sería mejor decir al thrash metal, pero espera, que esos aún cantaban)... Tras repetir dos veces tercero y perdirle a mi progenitor por enésima que me apuntase a piano y decirme que las cosas había que hacerlas por orden (¿?¿?), lo dejé. A tomar por saco el niño cantarín, la clave de fa y san Rimski Korsakov. Me quedé en melómano, yo que sólo quería ser como Chico Marx. Pero algo es algo.

Recuerdo que al salir del conservatorio me iba a la tienda de música de doña Custodia y me sentaba entre los pianos que había de exposición, sin hacer nada, oyendo a Custodia hablar y esperando que se animase a tocar algo. Recuerdo un órgano que se abría como un escritorio, con un sonido demoledor (quizá por eso me de siempre me ha gustado tanto el sonido del Hammond) que me fascinaba sobremanera, pero ahí acabó mi carrera como pianista, en la imagen de un niño sentado entre pianos, hasta los huevos de las clases de solfeo, retorciéndose el dedo índice. Luego tuve mis escarceos con el rocanrol, pero este hijo putativo de Richard Penniman descubrió dos cosas antes de acabar el instituto y con él mi futuro musical, que no había nadie en el pueblo que tocase un instrumento y que a la vez supiera quién era Rory Gallagher, y que se me daban mejor el air guitar y el air drum (dicha carrera roquera como sosías amuñonado de Peter Green la relaté brevemente justo en el primer post de este blog), así que me volqué con más ahínco si cabe en ese mal que es el coleccionismo musical.



He sublimado ese deseo de pertenecer tangencialmente a la estirpe de Glenn Glould y Keith Emerson con la búsqueda y visión del capítulo de doctor en Alaska donde Chris Stevens lanza un piano por los aires (Joel es grande, Rob Morrow y el nuevo y pequeño Joel). No hubo verano entre el 90 y el 99 (si la memoria no me falla) en el cual no tuviese mi sobredosis de Cicely. La dos (la cadena) maltrató a conciencia la serie, la ponía en el orden que les daba la gana y a la hora que les daba la gana, pero para mí era un ritual llegar a casa después de disculparme con los amigos por dejarlos plantados a medianoche (nunca mejor dicho) con las litronas a medio vaciar (o vaciadas varias veces) y sentarme solo en el salón a ver doctor en Alaska. Grababa los capítulos en vídeo y luego me ponía a seleccionar escenas, cogía un pequeño radiocasete y, en un complicado y malavaresco juego de manos, pegaba el aparato a la televisión y grababa los diálogos en cinta. Por aquellos años yo tenía un programa de radio en la emisora local, un programa semanal que tuve durante años (joder, muchos años, ahora que lo pienso, intermitentemente desde el 89 al 2004), que no escuchaba nadie pero en el que desbarraba a gusto, y en el que, entre canción y canción, ponía esos trozos de diálogo mientras yo intentaba improvisar un guión minimamente coherente. Lo repetían los fines de semana y si rebusco por ahí seguro que encuentro alguno grabado.

Tuve tres programas, y conocí las dos sedes en las que estuvo la emisora. "En Tierra de nadie", que hacía con Yolanda, Gina y Bea, "El caimán sincopado", que hacía yo solo, y el glorioso "El punto G", con Santi (siempre pensé que la G era por lo de jevi, pero con Santi nunca se sabe). Como los de la emisora eran de aquella manera, al final los programas los producías tu solo, es decir, hablabas, pinchabas y manejabas la mesa tu sólo, y hasta muy entrado el nuevo milenio, grababas también tu mismo los programas en cinta para cuando los repetían los fines de semana. Al final me miraban raro cuando aparecía con mis vinilos y les hacía cambiar algún cable o conexión para poder utilizar el plato. También grababa diálogos de películas de Woody Allen y, como pensaba que realmente no me escuchaba nadie, me sentía como una especie de Jimmy Rabitte (The Commitments!!!!!) entrevistado por Chris Stevens en una suerte de diálogo bizarro cercano al trastorno de personalidad múltiple. Se convirtió en algo tan natural ir a la emisora semanalmente (cuando vivía fuera y volvía al pueblo grababa cuatro o cinco en una tarde) que para mí perdió toda la dimensión pública que pudiera tener, como si fuese un cosmonauta emitiendo en mitad del espacio en una frecuencia que nadie escucha y que no sabe por qué ni para qué o quién habla pero que a la vez no puede dejar de hacerlo. Por eso, siempre que veo Doctor en Alaska, recuerdo el programa de radio. Como cuenta pendiente tengo el verla en orden, temporada por temporada, porque seguro que hay capítulos que nunca llegué a ver y otros que no sé en qué temporada están realmente y así comprobar si son tan buenos como recuerdo (tengo especial obsesión con el capítulo en el que Cicely es parte de la Unión soviética y salen Lenin y Freud, creo, pero cualquiera se pone a buscar entre las cintas de vídeo, y sí, ya, ahora después tiraré de wiki y caso resuelto...).

Si alguien tiene un piano y quiere deshacerse de él, o una vaca, que avise, también acepto ingenieros catapulteros o en su defecto artilugios lanza cosas marca ACME. Mientras tanto pensaré qué lanzar por los aires a modo de liberación, no estaría mal meter en un baúl un montón de cosas importantes y verlas salir volando...

"Bienvenidos todos, bienvenidos, gracias por venir hoy. Supongo que todos sabéis que llevo aquí algunos días tanteando, intentado hacer realidad mi visión. Empecé concentrándome tanto en ella que perdí perspectiva. He llegado a descubrir que no se trata de la visión, se trata de tantear, tantear, anhelar y avanzar. Estaba tan obsesionado con lanzar la vaca que cuando Ed me dijo que los Monty Python ya lo habían hecho creí que estaba acabado. Tenía que olvidar esa vaca para poder ver otras posibilidades. En fin, quiero agradecerle a Maurice su ayuda para olvidar esa vaca. Gracias, Maurice, por hacer de Apolo para mi Dionisio en dialéctica cartesiana del arte. Y gracias a tí, Ed, porque la verdad nos hará libres. Y Maggie, gracias por compartir la destrucción de tu casa para que hoy tuviéramos algo que lanzar. Creo que Kierkegaard lo expresó muy bien: "la existencia es lo único que está en proceso de existir; el arte es lo mismo". James Joyce también tenía algo que decir: "bienvenida oh vida, voy a encontrarme por milésima vez con la realidad de la experiencia y a forjar en el yunque de mi alma la todavía no creada conciencia de mi raza". Hoy estamos aquí para lanzar algo que surgió de la inconsciencia colectiva de nuestra comunidad ¡Ed! ¿estás preparado? Lo que he aprendido es que lo que importa no es lo que lanzas, sino el lanzamiento mismo. ¡¡ Vamos a lanzar algo, Cicely !! Uno, dos, tres...." (suena el Danubio Azul de Johann Strauss)
Tercera temporada. Capítulo 14. Quemando la casa....


jueves, 20 de mayo de 2010

Como edificios bombardeados. De piruetas, Halfón, chuchos, Dio y habas

Llevo una pirueta en la mochila, un pequeño salto hacia el vacío en una especie de destartalado jubón lleno de agujeros que, como un vaquero viejo, me resisto a cambiar. Ayer acabé "La pirueta" de Eduardo Halfón, sentado en la terraza del parador de Almagro tras recoger un paquete de libros en un almacén que hay cerca, a media tarde... bueno, entre esas tres horas que tengo entre la comida y el horario comercial de tarde, y que exprimo como si viviera en una gran urbe. Sólo soy un librero un tanto diletante, no se me da bien la crítica literaria, pero hay que leer a Halfón. No buscaré símiles para describir ese libro pequeño llamado "La pirueta", sólo repetiré que es un placer leerlo. En el patio del parador no había nadie, así que no tuve problemas en buscar una mesa a la sombra, aunque las veces que voy y hay más gente, la mayoría son turistas europeos que se tuestan al sol, café en mano, aunque sean las cuatro de la tarde. El camarero me trajo el periódico junto con el té con leche (¿agua y leche, leche sola, poca agua...?), lo cual fue un detallazo por su parte, que ya nos conocemos aunque nunca crucemos más de dos palabras (¿agua y leche, leche sola, etc...?). Quité la mochila de la mesa para que él pudiera dejar la bandeja y el periódico quedó a mi vista con un artículo de un serbio, el serbio más gafe del mundo o el más afortunado, no se sabía, que después de escapar con vida de varios accidentes aéreos, atropellos, incendios, le había tocado la lotería y ahora, después de varios años de vivir como un rico, había decidido repartir su fortuna y volver al pueblo donde nació con su mujer (eso da la clave para saber que no es el más gafe). Y con la pirueta en las manos no pude más que sonreír. Me dio igual abrir un poco más tarde ayer, porque quería acabar el libro, y un libro que empieza como empieza, un libro armado en su tronco con postales preciosas y que acaba como acaba es imposible que sea malo y si además está escrito como está escrito, entonces ya no hay duda. Cuando llegué, cogí "El boxeador polaco" de la estantería, el anterior libro de relatos de Halfón y del cual surgió la pirueta, le quité el precinto, lo abrí, volví a pensar lo que siempre pienso cuando abro un libro de Pre-textos ("joder, que bonitos"), y casi me quedo ahí de pie leyéndolo entero de nuevo.

Debería salir un momento a llevar la bici a arreglar, sé que es una tontería escribir ahora esto, pero me di cuenta que estaba pinchada cuando fui a salir ayer a mi obligado paseo cual piraña, y esa es una de mis pocas parcelas de asueto. Me dio tanta rabia el pinchazo que fui a comprarme un puñado de habas frescas, cogí el coche y me fui a ver ponerse el sol donde siempre voy con la bici. No tengo ni idea del campo, ni de siembras, ni de flores ni de aves, para mí las flores son las margaritas, los flores esas tan frágiles rojas que salen por todos lados y que ahora mismo soy incapar de recordar su nombre, los cardos y para de contar; seguramente confunda el trigo con la cebada (alaaaa, a lo lejos? sí...), y entre perdices, gorriones y colorines al resto los meto en el saco de "mira qué pajaro tan bonito", incluso hay veces que creo ver algún ave rapaz y dudo, como si no fuese posible que yo viese un halcón, pero en fin. Ahora el campo está amarillo, pasó por todas las gamas del verde y ahora es amarillo, como un mar. Dentro de poco segarán, abonarán y será imposible ir por allí sin sentir arcadas, pero pronto saldrán las calabazas y eso no me lo pierdo. También tengo un contencioso con el chucho de una finca, él me ladra, yo le insulto, él me persigue, yo le reto, él se enfada con su fea cara que no levanta más de dos palmos del suelo y su rechoncho cuerpo paticorto y yo le bautizo como "chucho cabrón", porque siempre se esconde y aparece donde menos lo espero, ladrando como un poseso incapaz de ser consciente de su tamaño real.

Así que comiendo habas, sentado en el capó del coche, escuchando el Rising de Rainbow... Ahora que lo escribo, me faltaban la camisa de franela, las botas, el sombrero y el tabaco de mascar, aunque con las habas no vaya muy bien, pero me conformé con hacer cuernos, acordarme de Ronnie y volver cuando ya casi era de noche. No es que estuviera triste, más bien estaba jodido, jodidamente triste. Escuchar regularmente a un cantante durante casi toda tu vida y enterarse de que se muere de cáncer de estómago es extraño y no hay manera de explicarlo, y más si es Ronnie James Dio. Si dices que estás jodido queda ridículo (¿triste por un cantante de rock que no conoces pero cuyas canciones tu tienes como si fuesen las postales de un tío lejano?) , y si no dices nada parece que estás siendo infiel a tí mismo. El mensaje de Dio era claro, el mundo está lleno de reyes y reinas que ciegan tus ojos y roban tus sueños, pero si yo puedo tú también. Me valía con 12 años y me sigue valiendo ahora.

Lorena me acaba de escribir esto... "esta historia venía referida en un libro... el autor de... a ver, si me acuerdo.... "sueñan los androides con ovejas eléctricas" ????... o algo así... sabes quien es?... bueno, pues uno de sus libros refiere una entrevista a Mark Twain en la que cuenta que el tenía un hermano gemelo y que eran idénticos, casi ni su madre era capaz de distinguirlos, y para poder hacerlo les ataba una cinta a cada uno en la muñeca de distinto color... el tema es que un día los niños se están bañando y les quitan las cintas, y uno de ellos se ahoga... Mark Twain dice que nunca ha sabido si se ahogó él o su hermano ......" La casualidad no existe, o es algo que llamamos así cuando nos damos cuenta de que la realidad asusta.

Me pregunto si Eduardo Halfón tendrá un gemelo, si se llamarán igual, si uno será el que escribe la novela y el otro el que hace la pirueta, si el que viaja buscando a Milan Rakic es el que escribe o el que viaja es el que llama por teléfono al escritor para que escriba lo que le está pasando. Él intenta dejarlo claro, “el Halfón narrador fuma un montón y yo no fumo. Él ya cobró vida independientemente de mí, ahora hace cosas que no sé por qué las hace." Es fácil olvidar quién es quién. Crear gemelos. El gemelo que siempre deseamos tener y con el que nos comunicamos de una manera dificil de explicar y entender. Leo por ahí que uno de sus amigos le dio la base para crear a Milan, y que Eduardo suele hablarle de cosas a su amigo que en realidad hizo su personaje. Auster, Belano, Vila-Matas, Henry Val Miller, Halfón, en el fondo lo que importa es que hay por ahí un pianista serbio que toca lo que se le da la gana sin seguir el programa propuesto y que Mark Twain nunca supo si se ahogó él o su hermano Huck, ¿o era Tom?.

En fin, voy a llevar la bici a arreglar... Amapolas, coño....

martes, 18 de mayo de 2010

Henry Miller. Sexus. Fragmento.

Ilustración. Samuel Ave.


"Siempre que la belleza de la mujer se vuelve irresistible, se la puede rastrear hasta la única cosa que la produce. Esa cosa, con frecuencia un defecto físico, puede asumir proporciones tan irreales que en la mente del hombre que posee a esta mujer, anula la turbadora belleza. Un busto excesivamente atractivo puede convertirse en un gusano de dos cabezas que se mete en la mente y da origen a un misterioso tumor acuoso. Los tentadores labios demasiado carnosos pueden crecer en las profundidades del cerebro como una vagina doble, trayendo aparejada la enfermedad más difícil de la carne: la melancolía. (Hay mujeres hermosas que jamás se ponen desnudas frente al espejo, mujeres que cuando piensan en el poder magnético que tiene el cuerpo, se aterrorizan y encogen dentro de sí mismas, temerosas de que hasta el olor que exhalan las traicione. Hay otras que, de pie frente al espejo, apenas pueden evitar salir afuera desnudas y ofrecerse al primero que llega).

Variedades de la carne... antes de dormir, justo cuando los párpados caen sobre las retinas, las imágenes no conjuradas comienzan su desfile nocturno. Aquella mujer en el subterráneo a la que seguí por la calle: un fantasma sin nombre que ahora de pronto reaparece, avanzando hacia mí con una espalda flexible y vigorosa que me recuerda a alguien, alguien así, sólo que con una cara distinta. (Pero la cara jamás fue importante). Se tiene el recuerdo del fugaz ondular de un torso, tan vívido, como se guarda en alguna parte del cerebro la imagen un toro que se ha visto de niño: el toro en el acto de montar una vaca. Las imágenes llegan y se van, y siempre es alguna parte especial del cuerpo la que se destaca, alguna marca de identificación. ¡Nombre!... los nombres se desvanecen. Las frases tiernas también se desvanecen. Hasta la voz, esa que era tan potente, tan sugestiva, tan absolutamente personal, ésa también tiene una manera de desvanecerse, de perderse entre todas las voces. Pero el cuerpo sigue viviendo, y los ojos y los dedos de los ojos recuerdan. Llegan y se van, las desconocidas, las sin nombre, mezclándose libremente con las otras como si fueran una parte integral de la vida de uno. Con las desconocidas llegan las remembranzas de ciertos días, de ciertas horas, la voluptuosa forma en que llenaron un vacío momento de laxitud. Se recuerda cómo aquella muchacha alta, con un vestido de seda malva, miraba fascinada los juegos de agua de la fuente aquella tarde, cuando el sol calentaba suavemente. Se recuerda con exactitud la forma en que se manifestaban los apetitos en aquel tiempo... agudos, urgentes, como la hoja de un cuchillo en la espalda, y luego se apagaban casi con la misma rapidez, pero en una forma placentera como una profunda y nostágica bocanada de humo. Y luego surge otra muchacha pesada, estólida, con la piel porosa en la piedra arenisca; con ésta todo se centraba en la cabeza, la cabeza que no concuerda con el cuerpo, la cabeza que es volcánica, todavía en erupción. Llegan y se van así, claras, precisas, trayendo consigo el ambiente del impacto, radiando sus efecto instantáneos. De todos los tipos, templadas por la textura, clima, estado de ánimo: metálicas, figuras de mármol, de alabastro, como flores, como animales esbeltos cubiertas de piel sucia, trapecistas, láminas plateadas de agua surgiendo en forma humana y combadas como espejos venecianos. Uno las desviste con lentitud, las examina bajo el microscopio, se las invita a inclinarse, a agacharse, a que flexionen las rodillas, a que se den la vuelta, que extiendan las piernas. Uno habla con ellas, ahora que los labios no están sellados. ¿Qué estabas haciendo aquel día? ¿Siempre te peinas de esa manera? ¿Qué me ibas a decir cuando me miraste así? ¿Podría pedirte que te dieras la vuelta? Eso es. Ahora toma tus pechos con las dos manos. Si yo me hubiese podido arrojar sobre tí ese día. Te hubiera podido poseer allí mismo en la vereda, y con la gente pasando sobre nosotros. Te podría haber poseído en la tierra, hundiéndote cerca del lago donde estabas sentada con las piernas cruzadas. Sabías que te estaba observando. Dímelo... Dime... porque nadie lo sabrá jamás. ¿En qué estabas pensando en ese mismo momento? ¿Por qué conservaste las piernas cruzadas? Sabías que yo esperaba que tú las abrieras, ¿no es cierto? ¡Dime la verdad! Hacía calor y no llevabas nada debajo de tu vestido. Habías bajado de tu refugio para respirar un poco de aire, esperando que sucediera algo. No te importaba mucho lo que ocurriera, ¿verdad? Vagaste alrededor del lago, esperando que oscureciera. Querías que alguien te mirara, alguien cuyos ojos te desnudaran, alguien que fijara la mirada en ese punto tibio y húmedo que tienes entre las piernas; devanaste así así como así un ovillo de miles de metros. Y todo el tiempo mudabas la mirada de uno a otro con furia caleidoscópica. Lo que se metía bajo tu piel erala inexplicable naturaleza de la atracción. la misteriosa ley de la atracción. Un secreto sepultado profundamente en las partes aisladas como en el misterioso todo.
La irresistible criatura del otro sexo es un monstruo en el proceso de convertirse el flor. La belleza femenina es una incesante creación, un incesante girar alrededor de un defecto (a menudo imaginario) que hace que todo el ser se remonte al cielo."

Henry Miller. Sexus. Editorial Rueda, 1968.
Traducción de Mario Guillermo Iglesias. pág 232-234.
Existe edición en Edhasa. 30,50€ y en bolsillo, Editorial Quinteto, 11,50€. Ahora es cuando me puedo lanzar a desbarrar sobre Henry Miller, pero tras leer esto, mejor callo; es Henry, y el otro día me dijeron que no está de moda.


viernes, 14 de mayo de 2010

De gemelas adorables, futbolistas fantasmas, casas de auxilio social y otros referentes culturales

Dos niñas gemelas han entrado a la librería, con una gran sonrisa, una de ellas con un billete de diez en la mano, la otra preguntando si tenía libros de Kika Superbruja. Es viernes, casi las siete de la tarde, pero ninguna de las dos se ha quitado aún el uniforme del colegio de monjas. Sonríen tanto y me parecen tan simpáticas que les enseño animado los libros de Kika que hay y las dejó tranquilas. Desde el mostrador las miro de reojo, decidiendo qué libro se llevan al final, muy juntas, dándose codazos y riendo. Una de ellas lleva el calcetín del la pierna derecha caído. Esa es la única seña que tengo para distinguirlas. Los gemelos son como los albinos, me producen cierta fascinación, como si supiesen algo que los demás no sabemos, como si se comunicasen de un modo que los singulares no logramos comprender. Una traía el libro en la mano, la otra el billete, apenas sobresalían sus caras por encima del mostrador. No dejaban de sonreír. De manera automática y teatral una me ha dado el libro, la otra me ha dicho que si lo podía envolver para regalo, la otra ha dicho sí..., yo lo he envuelto, una me ha dado el billete mientras la otra cogía la bolsa con el libro, le he dado el cambio a la del calcetín caído mientras la otra decía gracias... y antes de que me diera cuenta salían de la tienda dando saltitos y diciéndome al unísono hasta luego, como si estuviesen cantando una canción.

Mientras me sentaba ha entrado una pandilla de chavales, no tendrían más de catorce. Seis, por lo menos, o quizá siete. La Pecera es pequeña y más de cinco personas adultas ya hacen que me pierda contando. Venían a por otro libro para regalar. El de la moda de los candados en el puente, ese que el título es la coletilla de los enamorados al coger el teléfono, y bien podría haberse titulado "cuelga, no, cuelga tu, no venga, cuelga tu" que seguiría siendo igual de llano y común. Oírles hablar ya de por si es un show. Una le preguntaba a otro "¿de qué va "Cinco horas con Mario"' Tengo el examen del lunes y no tengo ni zorra...", mientras, la chica que estaba conmigo en el mostrador (también con el billete en la mano, lo cual me ha hecho gracia pero ella no ha entendido por qué sonreía) ha comenzado a gritar "ese libro está de puta madre, chaval... Ahora te cuento de qué va... así no tienes que leértelo, que el Marcelo no se entera de ná..." Imagino que el Marcelo debe ser el profesor, y también imagino que para esa chica, que un libro esté de puta madre no implica que tengas que leértelo, con que te lo cuente alguien, vale... Uno de los chavales, que viene bastante, solo, me ha preguntado por "Mil soles espléndidos". Cuando le he dicho que sí lo tenía, el me ha contestado que ya vendría luego. "¿A quién se lo vas a regalar, chaval?", le ha gritado alguien, y él me ha mirado sin contestar. Sin que nadie dijera nada, me he puesto a envolvérselo. Ese momento de silencio lo ha roto el grito histérico de una de las chicas, un grito que me ha asustado porque al alzar la vista he visto a una adolescente casi tan alta como yo dando saltitos, agitando las manos y con la boca en plan puchero, y he pensado... bueno... no he pensado nada en particular, simplemente me he asustado. Ha sido uno de sus amigos que la ha abrazado, más para pararla en su rítmico saltar que en calmarla, el que le ha preguntado qué le pasaba. "Lo quiero, lo quiero, lo quiero...." no paraba de decir a punto de echarse a llorar... y señalaba un libro...

Yo no salía de mi asombro. Todos mirábamos a aquella chica con una mezcla de inquietud y perplejidad, a la espera del bofetón a lo Bogart de alguno de los presentes, o de que alquien le soplara en la cara, como le hacen a los bebés cuando se quedan privados, pero mientras la mirábamos, perplejos, sin atrevernos a hacer nada, ella ha alcanzado a coger con sus temblorosas manos el libro en cuestión y a enseñarlo como si fuera un Golum hembra atiborradita de estrógenos. Cuando hemos visto que el libro era la autobiografía de Diego Forlán y que la niña estaba así por la portada, me han entrado ganas de parafrasear a Gandalf y decirle a sus amigos "corred insensatos" y, en vez de poner yo también piés en polvorosa, pedir que se llevaran con ellos a ese monstruo desbocado (y podría decir descocado, pero en honor a la verdad había poca femineidad en su actuar), para que hiciese lo que considerase pertinente pensando en futbolistas (cada cual es libre de tener los referentes estéticos o eróticos que quiera) en cualquier otro lugar... Yo nunca me he puesto así por un libro... bueno, a lo mejor cuando encontré la primera edición argentina de "Los premios" de Cortázar y no llevaba ni un duro en un puestecito de libros usados en Villanueva de los Infantes el año pasado; puede que montara un numerito en plan "señor, por qué a mí, por qué yo, por qué...", pero que yo recuerde, ni grité ni lloré... Igual si en la portada hubiese estado Aitana Sáchez Gijón no digo yo que no (cosa por otro lado espacial y temporalmente imposible, me hago cargo), pero eso nunca lo sabré... De todos modos, a pesar de que la portada del libro de Forlán sea más o menos sexualmente tendenciosa, reconozco que tengo cierta aversión a ese alzamiento a los altares estético-vitales de los deportistas de élite (si estuviéramos en Grecia en el siglo V A.C., a lo mejor), donde ellos se miran reflejados y por los que ellas (y algunos ellos) suspiran. Claro que lo dice alguien que de pequeño decía que quería ser como el capitan Furillo antes que como el del coche fantástico, como Rod the Mod o Errol Flint (esa pelícuas de sobremesa de los sábados...) o como Ian Astbury (por pedir...) antes que como... no sé, me he ido de madre, lo sé, pero antes que quién quiera que fuesen los que decorasen las carpetas de mis nífulas coetáneas (¿Quini, "Bion Borj"? ¿"No sé qué" Astley?... ¿los de corrupción en Miami? ¿New kids on the block?... da igual...)

Qué manera sobreactuar la de esa chica, por dios... Al final, hasta me ha afeado el recuerdo entrañable de las gemelas, y por un momento, cuando se han marchado todos, me he sentido como Jack Nicholson en El Resplandor, pero afortunadamente la Pecera no es un hotel de temporada perdido en la montaña, en mitad de la nieve, aunque a veces se le parezca, y más de un tiempo a esta parte. Hoy es el viernes de una semana extraña, muy extraña, dentro y fuera de la pecera, sin ver a quien necesito ver, obsesionado con Kant, la escuela de Frankfurt y escuchando compulsivamente a Uriah Heep, buscando semejanzas entre "Demons & Wizards" y "Ziggy Stardust" de Bowie, redescubriendo "The Magician's Birthday" y quitándome el sombrero con "Awake de Sleeper" (muchos jovenzuelos matarían por firmar hoy un disco así) mientras el desorden del sol y la lluvia me obligaba a reducir mis paseos ciclistas tras cerrar la tienda y despejarme así lo suficiente para no volverme loco definitivamente un rato después, aplastado entre el caos de apuntes, libros y bebidas calientes a medianoche antes de acostarme en algo que todo el mundo llamaría cama, pero que os aseguro que es más un potro de tortura, allí en mi exilio en las alturas de la Pecera.

La lectura casual esta tarde, antes de abrir, de "Todo Paracuellos", de Carlos Giménez, me ha dejado "tocado" (lo siento, no encuentro analogía mejor). Leí por primera vez ese cómic en la Biblioteca, cuando apenas tenía diez años, animado por el hecho de... pues... de ser un cómic... y en vez de "The Phantom" ("El hombre enmascarado" en español) que por esos años era mi cómic favorito, encontré una de las obras más humanas, desgarradoras y soberbias sobre la posguerra civil que uno puede leer. Tal vez para alguien pueda sonar exagerado pero la primera vez que leí Paracuellos, me acordé de mi colegio, surrealista e increíble liceo digno de un no menos increíble e hipotético libro. Tampoco es que yo sea muy viejuno (bueno, vale, algo sí) pero mi colegio se mantuvo en un limbo histórico pedagógico hasta casi entrados los noventa, y aunque yo viví en mis carnes morenas lo que fueron los coletazos de una, digámoslo así, peculiar educación (pocos años antes era de órdago), la cosa no fue nunca muy normal. Mi colegio no llegaba a los extremos mostrados en el cómic de Paracuellos, desde luego, pero a veces lo recuerdo y pienso que demasiado centrados hemos salido tras pasar por aquel lugar del que podría contar miles y miles de historias a cada cual más increíble. Debe ser el mayo que marcea, o los vaivenes ciclotímicos propios de uno mismo, pero una de las historias de Paracuellos a punto a estado esta tarde de hacerme saltar las lágrimas en plan "moco tendido". Mejor que lanzarme a comentar tan maravilloso libro, dejo el link de un blog donde se puede leer una entrada buenísima sobre Giménez. (Carlos Giménez. Paracuellos).

La visita ya oficial y habitual de los viernes de Pedro, mi amigo ex-librero, y una amena conversación sobre libros de ciencia ficción rusa (¿o libros rusos de ciencia ficción?), sobre Zamiatin ("Nosotros"), Bogdanov ("Estrella roja"), Bulgakov ("Los huevos salvajes") y al final sobre Dovlátov (le dejé "La maleta" y le ha encantado... sí, soy un librero que presta libros agotados a riesgo de no verlos más, no aprenderé nunca...) ha provocado que me despidiese de Pedro y echara el cierre menos sombrío de lo que previsible. Tampoco sé la razón por la que me he puesto a escribir todo esto, pero ya está hecho, así que... Me apetece chino para cenar, la metafísica espera...
Justificar a ambos lados


sábado, 8 de mayo de 2010

La pirueta, de Eduardo Halfón


"Le pregunté si había diferencia entre los estudios de música clásica en Estados Unidos y en Europa. Muchísima, hombre. Y se sentó en el banquito de Lía. Mirá, dijo, a los americanos les gusta que se toquen las composiciones clásicas como si uno fuese una máquina o un robot. Sin ningún tipo de emoción personal. Sin uno estar presente. La música siempre igualita. Quieren, dijo, eliminar por completo la personalidad del intérprete. Encendió un cigarro y, sonriéndole a la señorita morena, se quedó pensando un momento. ¿Vos sabés quién fue Lazar Berman? Ni idea. Un gran pianista, dijo. Un experto de la música de Liszt, dijo. Un judío ruso peleado con la música del polaco Chopin, dijo, y yo de inmediato desordené sus palabras y pensé en el boxeador polaco peleando cada noche, luego pensé en mi abuelo peleando con las palabras polacas. De niño, dijo Milan, yo estudié con Berman, en Italia. ¿Querés?, y acepté un cigarro. Recuerdo que el primer día, en su estudio, toqué la Sonata en B menor, de Liszt, una pieza muy complicada, y el viejo judío, sentado en un enorme sofá de terciopelo rojo, no dijo una mierda. Nada. El segundo día, volví a su estudio, empecé a tocar la misma pieza y, de pronto, Berman se puso de pie y empezó a somatar la ventana con su bastón, así, suavecito. Milan, tras tomar un largo sorbo de vino, se secó los labios con la manga de su camisola. Estás tocando la pieza igual que ayer, muchacho, me gritó el viejo en ruso. y yo me quedé callado mientras Berman seguía somatando la ventana con su bastón. Pensé que el tipo estaba loquito, ah. Pero luego, muy lento, caminó hacia mí, puso una mano sobre mi hombro y, con una sonrisa de diablo, me susurró: Es que no ves que hoy está lloviendo, muchacho. Una gran diferencia, dijo Milan haciéndose a un lado para que Lía se sentara. Mañana, Eduardito, tocaré un poco de Liszt, concluyó, como si eso confirmase la veracidad de su anécdota, y se fue a platicar con la señorita morena." (p.28-29)

Título: La pirueta / Autor: Eduardo Halfon / Editorial Pre-Textos / 152 páginas / 10,00 €



jueves, 6 de mayo de 2010

No voy a perder más tiempo...

“A menudo se consideraba que lo único que se podía exigir en el frío y claro aire del Este de Inglaterra era llegar a sobrevivir. Muerte o curación, pensaban sus vecinos; una vida longeva o el envío inmediato a la tierra salina del cementerio”, p. 10.(...) Florence se acusó a sí misma de ser una vanidosa, de autoengañarse y hacer interpretaciones erróneas con premeditación. Era la dueña de un comercio: ¿por qué iba a suponer alguien que ella pudiera saber una sola palabra de Arte?, p. 48 ... " La Librería. Penélope Fitzgerald. Editorial Impedimenta.

Tiempo y dinero, eso ha dicho un amigo antes de colgar el teléfono, sólo necesitamos tiempo y dinero. No para hacer la revolución, que tampoco estaría mal, sino para olvidar nuestro mal llevado día a día de facturas, currículuns (o como coño se escriba), trabajos frágilmente engarzados, más facturas y la pérdida irreparable de años por consumir sintiendo que se nos pasa la vida, el arroz y la entrepierna de los vaqueros. "Me siento muy extraño. Dicen que los cojos y los mancos siguen sintiendo las extremidades ausentes un tiempo después de haberlas perdido. Yo siento a veces que me falta algo y no sé el qué, no es la sensación de "como si no lo supiera", sino la de haberlo olvidado, que es peor", me ha dicho también.
Debe ser el tiempo, el meteorológico, quiero decir. Astenia crónica para el amnésico lumpen. Por olvidar, he olvidado incluso mis efemérides, las privadas y las públicas. Por olvidar he olvidado la fecha en la que murió Bolaño, no recuerdo cuándo nació Boris Vian (mi añorado Boris Vian) he olvidado la fecha del cumpleaños de Ramón Fernández ("Se podría decir que Ramón Fernández fue mi único amigo, o al menos lo fue durante un tiempo, concretamente entre los trece y los dieciocho años") y hasta hace media hora no estaba seguro de cuándo fue exactamente el cambio de válvula (me lo han preguntado en la "consulta" para la renovación del carnet de conducir y he dudado un instante ante la cara de asombro del médico...), confundo los cumpleaños de mi hermana pequeña y mi primo mayor, y he olvidado cuándo John Coltrane grabó "A love supreme" (el disco que más veces he comprado en mi vida junto con The Allman Brothers Band at the Fillmore East, pero lo que diferencia a uno de otro es que mientras el de Coltrane lo he perdido y perdido en mudanzas, amén de algún que otro robo, los de los Allman Brothers los tengo a buen recaudo -vinilo (edición americana del 1971, cara 1 y 4 en el primer discos, y caras 2 y 3 en el segundo, ni yo me lo creo), cinta, cd, edición de Luxe...-). Podría enumerar muchas cosas más. ¿Cuáles considero privadas y cuáles públicas? En este sentido me limito a tirar la piedra y a esconder la mano viendo cómo se disuelven los aros concéntricos en el agua. Si me pongo hiperbólico y obscenamente sincero, por olvidar he olvidado incluso cuándo dejé de ser casto y puro... Tal vez sea mejor así...

Recito esas cosas porque a veces creo que son las que nos ponen los pies en el suelo. Al menos eran importantes para mí, y lo siguen siendo, pero no sé ubicarlas en mi día a día, no sé cómo recordarlas para rendirles tributo. Hablar con amigos vía telefónica y colgar dándome cuenta de lo que los echo de menos hace que me de por escribir estas cosas. Igual ese es simplemente el problema, el no tener ritos en mi vida, el no cumplir rituales, el no rendir culto a esa mitología privada que en el fondo nos define más de lo que nosotros mismos creemos. Tal vez por eso de un tiempo a esta parte estoy más sordo, más opaco, más concentrado en una palabra; ya no estoy tan abierto al mundo. Necesito una puesta de sol de esas de quitar el aliento propias de la mancha perdido en mitad de ningún sitio (es un decir, el camino viejo de Daimiel, desviándose hacia el Moral da mucho juego) mientras suenan Rush, The Band o Tom Petty.
Tiempo... para ver, hablar, crear recuerdos, estar... Tiempo... Hace años tenía una agenda donde había apuntadas fechas de grabación de discos que me gustan. Y me gustaba ponerlos cuando se cumplía el aniversario de los mismos. No es que pensara que se fuera a quebrar el continuo espacio tiempo, pero era un rito que aunque sabía estúpido, me gustaba llevar a cabo. Ahora no sé por dónde andará esa agenda, y hacer una nueva me da pereza.
Los ritos, algún antropólogo diría que eso nos humaniza, y puede ser cierto cierto, eso nos hace crecer o, como diría Ramón Navarro (hablando de echar de menos...), nos ventila las mónadas, lo quiera Leibniz o no.

Hace un rato pensaba que perder ritos es hacerse mayor, ahora tiendo a darle la razón a Lipovetsky... en eso consiste vivir en estos tiempos hipermodernos, en esta era del vacío... lo cual es la mayor gilipollez que he escrito últimamente.
Tiempo y dinero. El año pasado casi tiro la casa por la ventana. Estuve a punto de comprar una entrada para uno de los conciertos de los Allman Brothers en el Beacon Theater y marcharme para NY más feliz que un niño, pero me pudo la cordura (o no), o sería mejor decir la realidad. Hubiera sido una locura, pero es uno de los sueños de mi vida que aún podrían realizarse (como ver a Tom Petty en concierto, cosa que ya no entra dentro de lo posible en el caso de, por ejemplo, con los Screamin' Cheetah Wheelies...) aunque no por mucho tiempo más, que Gregg, Jaimoe y Butch no son eternos...

La librería, de Penélope Fizgerald, es un libro precioso que casi nadie de los que entran en la librería me cree cuando digo que es precioso. Todos los que al entrar en La Pecera me han dicho alguna vez que su sueño siempre había sido montar un sitio como éste deberían leerlo. Pequeña novela, escrita con mimo, donde los personajes que aparecen en ella representan todo un fresco de la sociedad en una pequeña comunidad. El retrato de qué significa y a qué atiende la existencia de una librería en un barrio. No se puede abrir una librería independiente hoy sin haber visualizado y aceptado que en el mejor de los casos, uno acabará echando la cancela con apremio y cierta vergüenza, agotado orgullo y con agujeros en los bolsillos, como la protagonista. Según la web de la editorial Impedimenta: "Novela finalista del Booker Prize, La librería es una delicada aventura tragicómica, una obra maestra de la entomóloga librera. Florence Green vive en un minúsculo pueblo costero de Suffolk que en 1959 está literalmente apartado del mundo, y que se caracteriza justamente por lo que no tiene. Florence decide abrir una pequeña librería, que será la primera del pueblo. Adquiere un edificio que lleva años abandonado, comido por la humedad y que incluso tiene su propio y caprichoso poltergeist. Pero pronto se topará con la resistencia muda de las fuerzas vivas del pueblo que, de un modo cortés pero implacable, empezarán a acorralarla. Florence se verá obligada entonces a contratar como ayudante a una niña de diez años, de hecho la única que no sueña con sabotear su negocio. Cuando alguien le sugiere que ponga a la venta la polémica edición de Olympia Press de Lolita de Nabokov, se desencadena en el pueblo un terremoto sutil pero devastador." La novela se lee con una sonrisa velada, o seguramente será cosa mía, pues es como si un bombero te recomendase ver "El coloso en llamas", pero aún así no deja de ser un muy buen libro.

Tiempo y dinero. Evasión ególatra, puede ser, pero bien es cierto que estamos hasta arriba de "obligaciones" que nos alienan de esa manera tan siniestra que tienen los narcóticos legales. Desde hace 6 años no sé lo que son vacaciones más allá de cuatro días, por eso la llamada de ese amigo se ha superpuesto a la lectura del libro de Penélope (si Serrat no hubiera jodido para siempre ese nombre me gustaría tener una churumbelilla llamada así) y he sentido el vértigo más vértigo, el ritmo más acelerado, los días pisándose los talones unos a otros... Oír hablar de casas rurales en Abruzzo,cerca del mar, es lo que tiene. Me he acordado de la librería Altroquando, de Roma, y del vino que me tomé en una vinacoteca cercana hace años, y a partir de ahí he hilado recuerdos con anhelos y para de contar. Tiempo y dinero. Del primero podemos hacer acopio de mejor o peor manera, del segundo, el maldito parné, la cosa se torna peliaguda... Igual es que son las 10 de la noche , estoy cansado después del paseo en bici y apenas ha entrado nadie en la librería en todo el día, salvo uno que me ha tenido más de 45 minutos buscando libros sobre trastorno de la personalidad y al final ninguno le ha cuadrado... Normal...

Necesito escuchar a los Allman...
and oh, I Ain't wastin' time no more... 'cause time goes by like hurricanes... runnin' after subway trains... don't forget the pouring rain...

martes, 4 de mayo de 2010

Entrevista...



Hace un par de meses Manuel Gallego me hizo una entrevista para una revista local llamada Siembra. Ha salido publicada en el nº 345, abril 2010. Las fotos son de Mercedes Fernandez.

ENTREVISTA. Juan Miguel Contreras, librero.

Juan Miguel Contreras es un manzanareño que desde el mes de Octubre de 2006 regenta la librería La pecera, que está en la calle de La Paz de la localidad de Manzanares. Esta es, en rigor, la única librería de nuestra localidad, dedicada en exclusivo a la venta de libros. Juan Miguel es Licenciado en Filosofía y su relación con el mundo de “lo editorial” se remonta al año 2004. Ha trabajado, entre otras, en la Librería Pasajes en Alonso Martínez, de Madrid.
Desde luego, algo de pescador habrá de tener este oficio, y entre redes de libros se mueve Juan Miguel organizando, colocando, poniendo en golosa exposición de la sensibilidad, portadas y contraportadas, temas, historias, sentimientos, ideas, en fin, libros …

¿Qué es una librería?- Me mira un tanto descolocado y sonríe- Supongo que no te importa que te diga “librero”.
No, no me importa en absoluto. La verdad es que llevo tiempo pensándolo … uno da vueltas al asunto para, después de todo, llegar a la conclusión de que no hay diferencia alguna entre vender libros y vender tomates –lo dice con cierta naturalidad y distancia- no dejo de ser un tendero. Que luego los gustos lleven a leer es otra cosa, pero en el fondo no es distinto del trabajo en cualquier otro comercio. La misma retahíla de facturas, de pedidos, de encargos. Luego tiene sus singularidades, desde luego, hay que leer los partes de novedades de las distintas editoriales, bien es verdad que hoy en día con Internet puede cubrirse este campo informativo. A este respecto, se nota la caída de las revistas literarias al uso. Esto obliga también a conocer los entresijos del mundo editorial y de venta del libro. El hecho de haber trabajado con anterioridad en librerías me ha animado y me ha dado cierto conocimiento de su mecanismo. Son muy interesantes, hoy en día, las opiniones de algunos blogs literarios, éstos me permiten conocer otros cauces creativos en literatura y apreciar opiniones distintas sobre las publicaciones. No obstante, como cualquier empresa, es normal que se pida lo que va a tener éxito de venta.
Otra cosa es en cuanto a la satisfacción personal, en mi caso es un peligro, tengo que contenerme, porque vivo en un estímulo continuo hacia el libro (es como si el vendedor de tomates fuese un apasionado de los tomates), soy mi mejor cliente y el que peor me paga.

Desde luego, me cuesta concebir una ciudad como esta sin librería específica. ¿Qué aporta una librería a Manzanares?
A veces me pregunto si debería abrir a otros productos mis ventas, como si ser librería en exclusivo fuese poco. Compito con grandes almacenes en novedades, con papelerías y otros puntos de venta de libros. La verdad es que intentas especializarte en libros un tanto más selectos o difíciles, o de cauces de distribución más restringidos. Siempre hay buenas novelas que circulan con cierto desconocimiento y en las que puedo arriesgar. Aporto por supuesto a demandas específicas…
La verdad es que me costó mucho cambiar el chip cuando abrí el negocio, porque venir de Madrid con un perfil de lector preocupado, de gente que va a mirar y pasar el rato en la librería hojeando, que solicita y da opinión, he pasado a algo más funcional, de búsqueda y compra de un determinado producto. Se echa de menos eso de hojear libros, de mirar. La clientela viene buscando un determinado libro, o un regalo ...
De hecho, esto hace que arriesgues menos, y en este sentido, la poesía o el ensayo son los géneros más desfavorecidos, se los trae menos.


¿Por qué “La pecera”?
Por eso mismo, pensaba en un lugar al que venir para relajarse, mirar, descubrir, pasear libros en un lugar silencioso. No sé, el nombre me gustó.

¿Qué suele leer y comprar tu clientela? ¿Qué debe traer un librero?
Lo que se lee mayoritariamente son los best-seller, nombres como Pérez Reverte, o Larsson o Matilde Asensi, o similares, son de hecho los más solicitados.
Cuando hablamos entre libreros nos descubrimos que tal vez la labor real nuestra, tal vez la más romántica, es la de guardar libros. Es verdad que en este sentido pretendo que no prime mi gusto personal, a pesar de lo difícil que pueda parecer, y esto es lo que gustaría aportar al cliente, cierto fondo coherente y atractivo. Mi gusto es el de esos clásicos perennes, como Sandor Marai, un gran escritor, con él no te equivocas.
De los últimos años me han interesado mucho y han llamado mi atención: Ángel Wagenstain, Danilo Kis, Bolaño, Fresán, Eduardo Halfón, Vila-Matas… Auster y Murakami, por supuesto. En estos arriesgo y guardo, Algunos los he recomendado a clientes que han seguido pidiendo su obra. Desde luego son autores conocidos, pero es verdad que no son autores de masa.

Literatura de nuestro lugar, ¿se vende?
Sí. Algunos han tenido una cierta demanda, como últimamente el libro de Ignacio Mata Maeso, de cuyo libro (Memorias de un republicano español en el holocausto) se nota la falta de reedición. Teo Serna, autor local, es también un escritor que he tenido presente. Pero se ha de reconocer que las ventas son bastante limitadas, el momento álgido de venta es en la presentación de alguno de sus libros. Se sale un tanto de este caso el poeta Federico Gallego Ripoll, del que se ha solicitado obra por visitantes de nuestra localidad, acaso por ser un poeta de mayor calado nacional.

¿Cuál es la mejor edad para leer?
Todas las edades son buenas. Disfruto cuando los niños de entre 8 y 10 años pasan directos a husmear ahí –señala la habitación de al lado donde existe un apartado especial de literatura infantil-. Es curioso, las niñas son más tímidas, pero leen más; los niños son más espontáneos. Vienen con los padres. Disfrutan con los libros ilustrados, y son de éxito los clásicos de siempre, como Fray Perico… o El pirata garrapata…

¿Y la mejor estación?
No sé. El verano, el invierno. Depende del metabolismo de cada uno. Hay quien lee en el verano porque le encanta y tiene vacaciones. Hay quien lee en invierno porque parece mejor el recogimiento. Luego están los que leen siempre, independientemente dle tiempo que haga.

Volvamos a lo serio … ¿Digital o papel?
¡Menuda lucha! Tengo un amigo maquetador, maqueta libros para la UNED, con quien discuto bastante sobre este asunto. Pone las cosas muy crudas para el papel. Desde luego que habrá una criba en la publicación de libros de papel. En España se edita muchísimo, demasiado. Es posible que en un futuro no muy lejano, el libro digital y las ediciones en papel se equilibren. Desde luego que tengo cierto temor. No ya por las dificultades directas que puedan afectar al negocio. Es que si falta el manejo del libro, digo su manejo físico, será difícil retener cierto hábito lector, cierto modo de leer. Creo que la lectura en Internet es fragmentaria, incompleta; resulta un hábito completamente distinto. Y tengo miedo porque si ahora mismo la supervivencia es difícil, en un futuro inmediato lo será más, faltarán auténticos lectores.
Aun así me parece que es algo muy distinto de lo que ocurre con la música en la red. La lectura sigue siendo un hábito mediato que exige una exposición consciente, un esfuerzo.
El colectivo de libreros denuncia la demonización que las empresas informáticas iniciaron no hace mucho contra el libro de papel. Argumentaban asuntos de ecología porque el papel esquilma árboles, hablaban del abaratamiento de gastos. Se ha demostrado el lado exagerado y un tanto falso de estas acusaciones. Además, está el riesgo de la elaboración de traducciones que podrían desaparecer en medios de absoluta digitalización, asunto que nos advierte de otros peligros.
Sí parece que el e-book primará entre los libros de estudio y libros de texto, libros académicos y similares. Pero, por ejemplo, ¿cómo hacerlo con un libro infantil?
Habrá que ver por dónde van los tiros próximamente en la Feria del Libro de Madrid. Allí está ya el planteamiento, sólo con ver la disposición de los distintos stand, su ubicación y la exposición del producto, estaremos viendo las resoluciones que las empresas editoriales aportan para un futuro. Esto ocurre porque es una feria a la que acude, sobretodo, el editor. ¿Apostará éste por el libro electrónico? Estaremos a la expectativa.

Por lo que veo, de librero a lector tiene que haber poco trecho.
Ser librero no obliga a ser lector. En realidad, ahora leo menos que nunca. Si te gusta te sientes desde luego sobre estimulado. Así es que empiezo muchos libros, si, pero no los termino. No sé si picotear es una virtud, tal vez sí para el negocio… pero choca con los gustos personales. No me gusta, por ejemplo, leer a Larsson, pero estoy ahí, entre lo que quiero leer y lo que debo … al final, la verdad, ni una cosa ni otra. Es que ver constantemente novedades te lleva a picar. Lees reseñas, notas. Desde luego, si pillo vacaciones será para “leer”, por lo menos para acabar algún libro.

Y de librero lector a escritor … porque ¿escribes?
Bueno, escribir, no sé. Sí, escribir siempre lo he hecho. No disocio la lectura y la escritura; pero soy lector, un lector que de vez en cuando escribe. Porque ¿podemos decir que es escritor quien no publica? Esto me despierta cierta susceptibilidad. Recientemente he terminado algo –lo dice porque le presiono con insistencia- que he madurado durante cuatro años. ¿Cuál será su fin? El cajón. Tal vez algún concurso editorial, algún premio literario. Publicar una novela es muy difícil.
Algún reconocimiento, como aquel cuento finalista que me premiaron, anima mucho; pero no me considero escritor ... Hoy por hoy se lleva mucho la autoedición. Cuesta dinero si bien consigues publicar. Pero un escritor real representa otro salto cualitativo, el salto de que te publiquen, te oferten, te lean. También es verdad que si no hay padrino, no te casas, porque hay escritores que…

¿Y para el futuro?
Bueno, lo primero que pediría es que pasara la crisis. Este mes de febrero ha sido el peor desde que abrí el negocio. La gente prescinde de cosas que pueden no ser necesarias. Se ha notado pese a los constantes. Por lo demás pediría que este negocio me de para vivir, para mantener la librería y ver que los chavales de diez años vienen dentro de cinco o seis a por un libro de Henry Miller, lo cual estaría muy bien.