Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

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lunes, 19 de abril de 2010

Pero hermoso. Un libro de jazz. Geoff Dyer de nuevo




Voy a cometer varios pecados graves, aunque espero que no capitales, que todo librero debería evitar. Hablar sobre libros descatalogados es uno, hablar de cine es otro, y de nuevo d emúsica; quizá éste sea el más grave de todos, pero si alguien le ha dado al botón de play de la canción insertada arriba, entenderá.

Pero hermoso. Un libro de jazz” es el confuso título de un libro que va más allá de lo que en principio aparenta. ¿Quiere decir que a pesar de ser de un libro de jazz es bonito, esto es, legible para cualquier profano? ¿Puede ser un libro bonito un libro de jazz? ¿Por qué justificarlo desde la misma carátula? El mismo autor hace referencia a ello, por lo que inmediatamente entiendes que el título queda mejor en inglés y que además está sacado de un disco de Bill Evans y Stan Getz. Es como traducir al inglés “Volando voy. Un libro de flamenco”, que sí, daría lugar a confusión, además de a varios chascarrillos.

Ahora en serio. Cuando pienso en este libro me entran ganas de comprar sus derechos de edición y montar una editorial para editarlo de nuevo. La hoja promocional de la editorial Amaranto decía: “Pero hermoso es un libro de jazz. Siete historias ficticias que recogen fragmentos de las vidas de Charlie Mingus, Art Pepper, Lester Young, Bud Powell, Chet Baker, Ben Webster, Thelonious Monk y Duke Ellington. Siete variaciones que han brotado mientras el autor escuchaba su música y contemplaba algunas fotografías. Siete retratos simulados con toda la fuerza, el sentimiento y la autodestrucción del jazz. Un mundo difícil... pero hermoso.”.

La intención del escritor era escribir un libro sobre el jazz, aunque del jazz en su contexto, con lo bueno y lo malo, y por contexto se ha de entender rutina diaria, y a pesar de ello, lo cierto es que las historias escritas por Dyer rezuman música por los cuatro costados. Leer y oír a Lester Young, Bud Powell, Charlie Mingus, Chet Baker, Ben Webster, Thelonius Monk, Art Pepper y Duke Ellintong resulta, por momentos, una experiencia conmovedora. Si uno ha leído bien, se habrá dado cuenta que le salen ocho, y no siete, los músicos protagonistas, por lo que mal empezamos. Pero no, son siete historias con el “nexo común” de tener entre ellas una paralela donde se narra un viaje en coche de Duke Ellintong entre un bolo y otro. Decir que es un libro muy cinematográfico es redundar en lo obvio porque el cine se ha apropiado de la imaginería del jazz con mayor o menor fortuna, por lo que la lectura ya estaría mediatizada aunque a Dyer le hubiese dado por escribir en torno a los recuerdos evocados por una magdalena. Lo que hace a este libro excepcional es el hecho de convertir lo que podría ser una retahíla de clichés en algo emocionante. A partir de lo que Dyer declara que fue su punto de partida (fotos y anécdotas conocidas) construye una serie de relatos en los cuales se esconde la verdadera esencia de “contar”. En la pequeña introducción yo aprendí en su día más que si hubiera ido a cualquier taller de escritura. Aplica conceptos propios del jazz a la escritura con una sencillez pasmosa, planteamiento del tema, espacio para la improvisación, citas de otros dejando que sea el lector el que descubra las fuentes, reelaborar “standars”, ritmo, importancia de las distintas voces, una "melodía" que nunca se ha de perder de vista y que a la vez no encorsete… Es tan obvio lo que plantea que, sin que te des cuenta, a medida que lees, descubres que es ejemplar. Sólo por eso, independientemente de que te guste el jazz o no, es un libro admirable. Si encima te gusta el jazz, la sonrisa de la cara no te la quitas ni cuando cierras el libro tras leer las últimas líneas. “Pero hermoso” te lleva de música en música, en una especie de efecto dominó; volverás a escuchar discos que hacia siglos que no ponías y te descubrirá otros de los que no tenías ni idea.

Dos fragmentos sobre Lester Young:

I: “Esta noche era la primera vez que veía a alguien después de quién sabe cuánto. Nadie hablaba ya con él, nadie comprendía lo que decía más que Lady. Había inventado un lenguaje para él sólo en el que las palabras eran una tonada, el habla, una especie de canto, un lenguaje meloso que endulzaba el mundo pero que era impotente para mantenerlo a raya. Cuanto más duro se presentaba el mundo, más suave se hacía su lenguaje, hasta que las palabras eran como tonterías cadenciosas, una magnífica canción que sólo Lady tenía oídos para oír.

Estaban en la esquina de la calle, esperando un taxi. Taxis; ella y Lester habían pasado más tiempo de sus vidas en taxis y autobuses que la mayoría de la gente en sus casas. Los semáforos colgaban como hermosas luces de Navidad: rojo perfecto, verde perfecto en un cielo azul.

Tiró de él hacia ella hasta que le tapó el rostro la sombra del ala de su sombrero y sus labios tocaron su mejilla. Su relación dependía de esos pequeños toques: picotearse con los labios, una mano en el codo del otro, poner los dedos en las manos de ella como si ya no fueran lo bastante corpóreos para arriesgar un contacto más firme. Pres era el hombre más amable que había conocido, su música era como una estola alrededor de sus hombros desnudos, sin ningún peso. Ella había amado su manera de tocar más que la de nadie y probablemente lo amaba más que nadie. Tal vez a la gente con quien no se folla se la ama con más pureza que a los demás. Nunca había ninguna promesa pero cada momento era como una promesa a punto de realizarse. Le miraba la cara, que parecía una esponja teñida de gris por la bebida, y se preguntaba si sus vidas llevaban las semillas de la ruina desde el nacimiento, una ruina a la que habían conseguido engañar unos cuantos años pero que nunca podrían evitar. Bebida, droga, cárcel. No es que los músicos de jazz murieran pronto, es que envejecían antes. Ella había vivido mil años en las canciones que había cantado, canciones de mujeres golpeadas y de hombres a los que amaban.”

II: "Coleman Hawkins siguió a su manera hasta el final. Fue Hawk el que convirtió el saxofón tenor en un instrumento de jazz; definió la manera en que tenía que sonar: panzudo, a plena garganta, enorme. O sonaba como él o no sonaba nada; exactamente como la gente creía que sonaba Lester con su tono tenue patinando por el aire. Todos se metían con él para que sonara como Hawk o se pasara al saxofón alto, pero él se daba en la cabeza y decía:

—Aquí pasan cosas, tío. Algunos de vosotros no sois más que barrigas.


Cuando tocaban jam juntos, Hawk intentaba de todo por cortarlo pero nunca lo conseguía. En Kansas, en 1934, estuvo tocando toda la mañana intentando derribarlo con ese huracán de tenor, y Lester seguía pegado a la silla, con esa mirada ausente y el tono tan fresco como una brisa después de tocar ocho horas. Esa pareja agotaba a los pianistas hasta que no quedaba nadie y Hawk se bajaba del escenario, arrojaba el saxo en el asiento trasero del coche y salía disparado hacia Sant Louis al espectáculo de esa noche.

El sonido de Lester era suave y perezoso pero siempre en alguna parte tenía algo chillón. Tocando como si siempre estuviera a punto de salirse pero sabiendo que nunca lo haría: de ahí provenía la tensión. Tocaba con el saxofón torcido hacía un lado y, según se iba metiendo en su solo, el instrumento se desplazaba unos grados de la vertical hasta que lo tocaba horizontalmente como una flauta. Nunca se tenía la impresión de que lo estaba levantando, más bien parecía como si el instrumento se hiciera cada vez más ligero, se alejara de él flotando, y si ése era su deseo no iba a intentar retenerlo." Geoff Dyer.

Cualquiera de las 7 (8) historias se introduce en el mundo particular de cada músico, exrpimiendo cada frase hasta dejarla liviana. Cuando leí este libro por primera vez recuerdo que les di la tabarra con él a mis amigos hasta que me aburrí de recomendárselo. Aún me hablan, osea que me aprecian de verdad. Recuerdo el relato de Ben Webster, le recuerdo con su traje arrugado y la mancha de huevo en su corbata, subido a un tren, recorriendo Europa solo, sin comprender la mayoría de las veces el idioma con el que se intentaban comunicar con él y grabando alguno de sus discos más hermosos. Recuerdo ese cuento. El ritmo del tren. El ritmo del coche de Duke. Los dientes arrancados de Chet. Los guisos de Billie. Próxima parada, Kansas.

Kansas City, años treinta. El "Hey Hey club". El jazz como el disparo sordo en el callejón de la decadencia efervescente del capitalismo salvaje estadounidense, un disparo a bocajarro cuyo dolor no sólo se extendería a través de toda la guerra fría sino que definiría toda la música americana que tuviera como denominador común el blues y el jazz. Imagen. Un jovencísimo Charlie Parker se queda dormido en un rincón escuchando las interminables jam que en aquel club se sucedían y de las que lamentablemente no quedan vestigios sonoros. Robert Altman soñó alguna vez con haber podido asistir a alguna de aquellas sesiones en aquel club, en aquella ciudad, en aquellos años. Lo mismo que yo. Trajeados y pobres. Momentos capitales brillando en los semisótanos de la memoria de cuatro pirados que creen que había más soflamas revolucionarias en la férrea improvisación grupal de Charles Mingus que en el amor libre hippie (lecturas como la de "New thing" de Wu Ming 1. Editorial Acuarela y Antonio Machado. Un libro un tanto fallido quizá, sobre todo viniendo de Q y 54, pero al que sé que volveré). Romanticismo noir, expolio racial de la música que más ha intentado escapar de las garras del ánsia de negocios de cierto hombre blanco. ¿Qué Ray Charles es demasiado “negro” para la floreciente clase media? Pues mientras lo domesticamos creamos a Bobby Darin. Coda. Ornette Coleman sopla y emite lo que no se puede definir.

Lester Young. Pres dejó de tocar la batería porque se dio cuenta de que al acabar los conciertos, cuando terminaba de desmontar la batería, las mujeres más guapas ya estaban pilladas. Cambió la batería por el saxo tenor. “Kansas City”, de Robert Altman. Todo porque el señor Altman soñaba con haber podido asistir a una de esas sesiones maratonianas donde los músicos tocaban, se retaban, se maldecían, se morían, brillaban. Decidió hacer su sueño real, o al menos todo lo real que el cine le permitía. Construyó unan réplica del Hey Hey club, llamó a un puñado sublime de músicos, les dio trajes de esa época, les contó lo que quería hacer, los metió allí y se puso a grabar alrededor de aquel club una historia coral de gansters de medio pelo, de políticos corruptos, de mujeres con el pelo a lo Joan Harlow enamoradas hasta el delirio... Hay una batalla de saxos en mitad, Joshua Redman como un trasunto de Lester y Craig Handy como Coleman. Chispas, disparos, un duelo de los que te levantan de la silla. Hasta Robert Altman no daba crédito a lo que estaba sucediendo (ver video abajo, los movimientos de cámara a partir del minuto 3 lo delata...). Es una de mis películas favoritas. Bella hasta el infinito. En cuento salí del cine fui a comprarme la banda sonora... Supongo que una torpe conjunción de astros de tercera regional hizo que yo viera esa película a la vez que leía el libro de Dyer, y descubrí que ambos querían alcanzar lo mismo, el instante sin retorno donde la vida toma sentido gracias a una melodía intangible tocada por alguien cuyo único asidero fue un vulgar instrumento. Dealers, dueños de locales, discográficas, mafiosos, policía, todos golpeando sin piedad, exigiendo plusvalía a los más improductivos del mundo. Músicos de jazz. Miles Davis fue el más listo, más que Dizzy. Thelonius Monk tenía el piano en la cocina porque lo que más le gustaba era tocar para sus hijos mientras se calentaban a abrigo de un horno donde se cuajaban magdalenas. Barato y mitológico cliché. Durante un concierto de Joshua Redman en el puerto de Alicante al que asistí en 1996 (o 97) sonó la sirena de un barco. Acababa de terminar una canción y parecía como si el barco hubiese estado esperando aquel instante de silencio para hacerse notar. Joshua Redman miró al pequeño barco y comenzó a bufar con su saxo tenor; el pescador del barco le aceptó el reto. Entre bufido de la sirena del barco y bufido del saxo de Redman, su grupo comenzó a meterse, poco a poco, convirtiendo aquel ruido en algo indescriptiblemente hermoso. Momentos tatuados. Barata mitología privada.

Menos que un perro”, las memorias de Charles Mingus que todo mindundi debería leer o al menos hojear alguna vez en su vida (segundo libro agotado al que hago referencia hoy, por cierto). Del chelo al contrabajo sólo media el color de la piel. “El funeral” de Abel Ferrara, el mismo año que “Kansas City”. El círculo se cierra. Supongo que si tienes un guión negrísimo cuya primera escena es un velatorio, que suene Lady Day no es extraño. El epiciclo es este momento, y por mi parte admito que la improvisación se me ha ido de las manos. Releo “Pero hermoso” para no olvidar cómo escribir antes de quedarme sordo definitivamente. ¿Alguien lo reeditará alguna vez?

El duelo:



Y el trailer...

1 comentario:

TSI-NA-PAH dijo...

Muy buen blog el tuyo, con mucha clase.Gracias por pasar, me hago seguidor, espero verte entre los mios.
Un saludo