Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

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lunes, 26 de abril de 2010

De fiebre, escritores y otras sublimaciones libreras

No me considero un quejica, aunque tampoco un machote. Sí es cierto que con los años he adquirido cierta templanza estoica frente a mi cuerpo y las perrerias que le puedan hacer. Que hay que cortar, se corta; que me tiene que inyectar isótopos radiactivos y luego un cateterismo inguinal, pues que los dioses repartan suerte; que hay que coser y tengo que poner mi dedo para ayudar a hacer el nudo, lo pongo sin rechistar (lagrimeando sin parar, eso sí, y también mentalmente cagándome en todo lo cagable)... Asumo que uno deja la voluntad en la puerta del hospital y pasa a convertirse en una mera y vulgar res extensa, aunque tal vez lo asumo demasiado. Médicamente hablando soy como decía mi abuela, "mu bien mandao". Ahora bien, dame fiebre y automáticamente me convierto en una piltrafa. Lo sé, cada uno tiene su punto débil, ya no gasto melenas sansonianas ni protejo mis tobillos frente a flechas traicioneras, ni tampoco uso coquilla en mi día a día, pero sube mi temperatura corporal un grado más de lo normal y ya me puedes recoger con escobilla. ¿Y qué se hace bajo ese prisma si además se es autónomo? Pues eso, joderse y currar, aunque la imagen que se de sea la de un tipo un tanto alucinado, ojeroso, mudo, de tez brillante y labios resecos.... Así pasé el día del libro y los anteriores y posteriores... Hoy estoy mejor. Más allá del coñazo que pueda ser aquí el librero cuando tiene fiebre, en honor a la verdad he de decir que la fiebre me ha regalado los sueños más vívidos y delirantes que he tenido nunca, incluso alguno de ellos lo he (re)sublimado y convertido en relatos igualmente delirantes. La última vez que estuve ingresado, mientras mi cuerpo alcanzaba los 40 grados, yo soñaba que tomaba whisky con Billy Wilder mientras le contaba que en los años treinta había sido batería de un grupo femenino de jazz y él me preguntaba si podía hacer una película con eso. Tengo más cosas de esas apuntadas por ahí. ¿Cuántos cosmonautas rusos hay orbitando alrededor de la tierra, perdidos, tras fracasar en misiones que oficialmente nunca existieron? Yo soñé con uno. No sé quién hubiera disfrutado más conmigo (oniricamente hablando, claro) si Jung o Freud. "Tres días de subida y tres de bajada" me dijo dulce y pacientemente mi santa cuando le pregunté el sábado cuánto iba a durar este suplicio. Entonces el sábado estuve coronando el Hymalaya vestido de Tony Manero porque fue la peor noche. Ahora que estoy de bajada, aprovecho la ligera brisa para asumir que lo del sábado no da para un cuento, pero sí para que me lo quite de la cabeza contándolo y no le de más vueltas.

"La pecera era la pecera, un poco más avejentada, más bonita, con más solera e incluso más grande, pero no estaba en Manzanares o, al menos, si era Manzanares, ésta no era muy fiel a lo que es en realidad. También el pueblo más grande, con más solera, con calles adoquinadas, farolas de gas, muy centro europea. Para que me entendáis, la pecera era una mezcla entre lo que es (pobrecita, no da más de sí) y una librería de viejo londinense, y Manzanares era totalmente un pequeño burgo centroeuropeo. Hasta ahí todo bien. Nada fuera de lo común, anhelos sublimados medianamente de forma poética. Yo estaba trabajando (no me miré en un espejo en el sueño pero supongo que yo sería más grande, con más solera, “más mejor” pero no lo puedo asegurar). En un momento dado la librería se empieza a llenar de gente, gente con gabanes grises y deshilachados, personas grises, asustadas, aterradas; mierda, estoy en plena ocupación nazi; me asomo al escaparate y las calles están bombardeadas, repletas de sacos, adoquines amontonados, socabones de bombas y anocheciendo. De repente suena la alarma de la librería, me llaman de securitas direct, me piden la contraseña, se la doy, y cuando me están preguntando si todo va bien entran en la librería montones de soldados nazis, empujando, pegando, insultando. Lo más alucinante de todo es que los soldados no van vestidos con uniforme nazi sino con coraza de soldados griegos, con su sandalias llenas de barro, su capa, sus heridas sucias y llenas de costras resecas. Yo disimulo con la señorita de la alarma y digo que todo bien, un soldado me mira amenazador y cuando creo que me va asoltar un culatazo, veo que para ellos no estoy, que nadie me ve salvo algunos “refugiados”, como si me hubiese salido de mi sueño; sin embargo la sensación de que me pueden ver en cualquier momento se vuelve angustiosa y ya no volveré a sentir otra cosa en todo lo que dure el sueño. A partir de ahí todo es muy confuso. Nervioso por si me descubren, entro y salgo de la librería mientras los bombardeos se suceden, la gente desesperadamente me pide que les ayude y los esconda, lloro por los libros que los nazis-griegos me destrozan, caen más bombas, la librería tiembla y me inunda la angustia de que tengo que leer “Mantra” de Rodrigo Fresán de una sentada y nadie me deja tranquilo. A partir de ahí y hasta que me he despertado como uno se despierta cuando sueña estas cosas todo ha sido terriblemente confuso; los soldados al final también comienzan a tener miedo, se esconden y piden ayuda a los pobres refugiados que a su vez se esconden como pueden entre las baldas de las estanterías que de golpe se han convertido en literas más propias de un campo de concentración, todo el mundo grita y para colmo un griego-nazi que parece el jefe comienza a sodomizar a la gente, el bombardeo se recrudece, yo agarro fuertemente el ejemplar de “Mantra” que he cogido del estante para poder meter en el hueco de esa estantería a una mujer y a su hijo completamente aterrados y sigo sin comprender por qué ningún soldado me ve (pero están a punto a hacerlo); me acurruco en un rincón y descubro que en mi mano tengo, además del libro, una libreta de tapas verdes de cartón, de contabilidad, la abro e intento escribir pero el ruido y el caos me lo impide. Aquello es como el camarote de los hermanos Marx pero como si lo hubiese filmado Murnau o pintado el Bosco. Recuerdo que en un momento dado llego gateando a la puerta que es de madera vieja y sobre la que cuelga una de esas campanillas pequeñas y miro a la calle deseando salir corriendo pero algo me lo impide, como si alguien tirara de mi pantalón hacia dentro, aunque miro y no hay nadie tirando de mi; me asusto tanto que, al final, claro, me he despertado, con el corazón a cien y transpirando como un corredor de fondo."


Al despertar, a mi lado, sobre la caja de cartón que hace de mesita estaba mirándome en niño con máscara de luchador mejicano de la portada del libro de Fresán, "Mantra", encima de un montoncito de con "La confesión" de Artur London, "La zona" de Sergei Dovlatov, "300" de Frank Miller y “La ofensa” de Ricardo Menéndez Salmón; eso explica muchas cosas, la osmosis nocturna y los peligros de la ingesta incontrolada de paracetamol de un gramo entre otras, pero a mí que me registren.

Lo que hay que hacer para hablar de libros... Bendito trabajo…

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