Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

Nota informativa:
Este era el blog del antiguo dueño de LA LIBRERÍA LA PECERA. Dejó de actualizarse en 31 de marzo de 2011. Las opiniones aquí vertidas no se corresponden con la nueva gerencia de la Librería.
Nuevo blog: http://elcaimansincopado.blogspot.com/

Dirección de la nueva libreria: www.librerialapecera.es

lunes, 8 de febrero de 2010

El martillo de los dioses y el dirigible de plomo



Hace unas semanas acabé de leer (por fin) “Led Zeppelín. El martillo de los dioses”, de Stephen Davis (Ed. Ma Non Troppo). Más de la mitad de mi vida oyendo hablar y leyendo cosas de este libro y por fín, a mediados del año pasado, se editó en castellano. Se habla de este libro como una de las mejores biografías de los Zep y sobre todo como uno de los libros definitivos de rock. Hay fans a muerte de Led Zep que odian este libro pero son los menos. Para mí es un libro delicioso, prácticamente es una novela, una novela no sólo sobre Led Zeppelín sino sobre lo que fueron los grandes grupos de rock entre finales de los ’60 y principios de los ’80.. Hablar sobre esos años daría para una extensa parrafada (una de ellas, el rock como tal vivió lo mismo que Lester Bangs, de 1948 a 1982; otra, el rock, en todo su esplendor, en toda su expresión artística, vital e incluso de lo que pudo tener de revolucionaria se dio entre 1965 y 1975, es decir, desde la primera British invasión hasta el último vals de The Band. Antes de eso, una efervescente y acnéica rabia que aspiraba a liberarse de las garras de personajes vampirescos (prototipo: Capitán Parker). Después, pura y simple mercancía; y que quede claro que cuando digo "mercancia" no digo algo necesariamente malo, al revés, los libros y el vino también son mercancia y que los dioses me libren de poder vivir sin ellos. Siempre hay y hubo excepciones, y en dos líneas no se puede generalizar más burdamente, pero en mis días más retros así lo veo).

Y entre todo esto está “El martillo de los dioses”. Este libro y “Viajando con los Rolling Stones” de Robert Greenfield (Ed. Anagrama), el cual plasma cómo fue la gira estadounidense de los Stones de 1972, creo que son fundamentales en ese sentido, en el de intentar ver cómo fue aquello, cuando el rock creó músicos que estaban más allá del bien y del mal (en todos lo aspectos, podían hacer lo que quisieran, cuando quisieran, con quien quisieran y, en lo musical, con la creatividad manando sin control).

Leer “El martillo de los dioses” es divertido, es clarificador, es deslumbrante, y no sólo porque se centre en uno de mis grupos preferidos, sino porque, a pesar de sus peros (que los tiene) se puede definir como una muy buena novela sobre un grupo de Rock en los ’70, y a la vez creo que Davis sin querer hizo una especie de ensayo-novela generacional. Y al decir esto me acuerdo del prólogo que del libro “Postales de invierno” de Anne Beattie (Ed. Libros del Asteroide) he leído a cargo de Rogrigo Fresán (otra vez él), y tal vez no sea causal que me acuerde de eso ahora.Davis, como buen periodista, tiene un estilo sencillo y sintético, pero a la vez consigue ser evocador, además creo que escribe bien, incluso a veces muy bien.

He sacado dos fragmentos del libro que están al comienzo del libro y que me hicieron pensar, “eh, esto va estar bien”. No hablan de ninguno de los Zep, sino del manager y el jefe técnico. A veces se puede pensar que ya no hay otros Page, Plant, Jones o Bonham, aunque en el fondo sabes que sí (cuando Dylan se vaya ya no pensaré ni sentiré igual), pero de lo que no se duda cuando se acaba el libro es que lo que ya no hay en el rock es gente como Peter Grant o Richard Cole, para lo bueno y para lo malo (tal vez más para esto último).


Página 37: “Peter Grant fue el alivio perfecto para el descontento de Jimmy Page. Nacido en 1935, había sufrido una vida digna de una novela de Dickens: un hogar roto, evacuaciones durante la guerra y carencia de educación. A los trece años había sido operario en el teatro del Croyden Empire. Creció como recadero en Fleet Street. Un hombre de mirada dura de casi dos metros de alto, había sido matón de un club nocturno, extra en “Los cañones de Navarone”, doble de Robert Morley en las películas y había luchado como profesional con el nombre de Príncipe Mario Alassio. Haberse criado en la calle le había dado un instinto visceral sobre el dinero y sobre cómo este fluía. A finales de los cincuenta era un curtido director de gira de roqueros americanos como Little Richard, Chuck Berry, Gene Vincent y los Everly Brothers. Una famosa leyenda inglesa cuenta cómo le propinó una paliza a un promotor que intentó estafar a Little Richard después de un concierto y cómo siguió la bronca con los seis policías que vinieron después a intentar calmarle. A mediados de los sesenta, Grant había aprendido el oficio como director de gira mientras trabajaba con The Animals y como parte del elenco de Don Arden. Después de varios rifirrafes con los Animals, hizo que se supiera que llevaba un arma. Intimidatorio e indomable, era la antítesis del reservado y andrógino Jimmy Page, quién sólo quería tocar su guitarra para los emporrados chicos americanos, viajar por el mundo, ganar millones de libras y que le dejaran en paz para poder leer a Aleister Crowley y practicar rituales mágicos o lo que fuera que hiciera. Desde el momento en que Page y Grant se conocieron el fin de los Yardbirds estaba sentenciado.”


Página 41: “Richard Cole nació en el este de Londres en 1945. Empezó su carrera como montador de andamios, pero un día de 1965, en un pub, alguien le ofreció un trabajo como pipa para una banda inglesa llamada Unit Tour plus Two. En 1966 ganaba veinte libras a la semana como director de gira de The Who, hasta que le retiraron el carnet de conducir por exceso de velocidad (llegaban tarde a un bolo). Entonces se puso a trabajar para The Searchers y se mudó al sur de Francia. Por las noches dormía en una furgoneta propiedad de un grupo inglés llamado Paramounts, que más tarde cambió su nombre por el de Procol Harum. Merodeaba por allí un tímido pianista llamado Red Dwight. Más tarde ese pianista se haría llamar Elton John. El siguiente trabajo de Cole fue conducir una furgoneta para una banda llamada Ronnie Jones and the Night Timers, con John Paul Jones como bajista y John McLaughlin como guitarra solista. A finales de 1966 aceptó un trabajo con la New Vandeville Band, que alcanzó cierto éxito con “Winchester Catedral”. La banda hizo realidad los fervientes deseos de Cole de visitar América. Tal y como él explica: “El sueño de todo director de gira inglés era ir a América. Solían dejar a los pipas ingleses tirados y contratar a personal nuevo allí. Solían. Arreglé todo aquello de una puta vez de un modo muy inteligente. Yo dije, a la mierda. Llevemos nuestro propio equipo, aquello con lo que estamos acostumbrados a trabajar”. Peter Grant era el manager de New Vandeville Band. Cuando Cole fue a Oxford Street a solicitar trabajo, Grant le ofreció veinticinco libras a la semana. Cole dijo: “Y una mierda. Treinta semanales, lo tomas o lo dejas”. Grant obsevó al alto y musculado Richard Cole, lo consideró una versión suya con mejor aspecto y menos peligrosa y aceptó. Cole trabajó para Grant (y para Led Zeppelin) durante los siguientes trece años”

2 comentarios:

SUPERMENDO dijo...

Hola soy Supermendo, un chico de Manzanares.
También tengo un blog. Se llama BLOGOCIOLOGICO.
Si quieres puedes verlo en:
http://www.blogociologico.blogspot.com
Saludos.

Anónimo dijo...

Llevaba buscando este libro algún tiempo, y cuando por fín lo vi en el escaparate de "La Pecera", supe que no sólo había ido allí por las gachas...