Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

Nota informativa:
Este era el blog del antiguo dueño de LA LIBRERÍA LA PECERA. Dejó de actualizarse en 31 de marzo de 2011. Las opiniones aquí vertidas no se corresponden con la nueva gerencia de la Librería.
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martes, 23 de febrero de 2010

Firmin, la rata de la Pecera

Me apetece recuperar esto, del otro blog... Me gusta recomendar este libro, a pesar de que ni esté de moda ni sea novedad...

Firmin es la historia de Firmin, un autentico bibliófago que encuentra en los libros una ventana a un mundo al que no puede acceder, pudiendo vivir mil vidas a pesar de ser lo que llamaríamos "una rata de biblioteca", y es que Firmin, precisamente, es un rata que, por un azar del destino, nace en el sótano de una librería en el Boston de los años 60, una librería de viejo. Dicha librería, Libros Pembroke, se convertirá en su paraíso y a la vez en su maldición ya que su afán de conocimiento le separará de su especie y le convertirá en un desclasado, en un ser que se sabe diferente y a caballo entre dos mundos sin llegar nunca a sentirse parte de ninguno. Firmin aprende a leer devorando (literalmente) las páginas de los libros. Pero una rata culta es una rata solitaria. Marginada por su familia, busca la amistad de su héroe, el librero, y de un escritor fracasado, pero cuando más cerca está de conseguirlo es cuando más olvida lo que en el fondo es. A medida que Firmin perfecciona su insaciable hambre por los libros, su emoción y sus miedos se vuelven humanos. Firmin derrocha humor y tristeza, encanto y añoranza por un mundo que entiende el poder redentor de la literatura, un mundo que se desvanece dejando atrás una rata con un alma creativa, una amistad excepcional y una librería desordenada y abocada a desaparecer, como un mundo que se perderá para siempre, una forma de ver la vida, una forma de vivir, y es una rata la que es consciente de eso. Como un Woody Allen metido en la piel de Ritso Ratso, el personaje de "Cowboy de medianoche" que interpretó gloriosamente Dustin Hoffman, soñando con ser como Fred Astaire, culto, refinado, despreocupado, romántico.... Así es esta novela, un romántico canto a los libros, a ser, una oda al perdedor, pero al perdedor más romántico y hermoso del mundo, una rata que ama leer. La bildungsroman de una rata, Firmin novela, que crece poco a poco, y que, si te llega, nunca se olvida...

Por eso no resulta raro, después de leer este libro, encontrarte un día, ante cualquier situación "dificil" y pensar: "¿qué diría Firmin ahora?"... Firmin no es un ratoncito humano, sino un ser humano en un cuerpo de rata. Esto lo hace áspero, patético, incómodo, sin la menor concesión al infantilismo y lo convierte en un ser auténticamente poético. Además, hacía mucho que no lloraba con el final de una novela, y encima de la manera más tonta... por una rata...

Su autor es Sam Savage, "nacido en Carolina del Sur y hoy residente en Madison,Wisconsin. Doctorado en Filosofía por la Universidad de Yale, donde también fue profesor. Ha sido mecánico de bicicletas, carpintero, pescador y tipógrafo. Firmin, su primera novela, fue publicada por una pequeña editorial de Minneapolis, fuera de los grandes circuitos editoriales. Sin embargo, ha crecido gracias a la recomendación de lectores y libreros, ha sido Descubrimiento de la selección de Nuevos Grandes Escritores de Barnes & Noble, Finalista del Premio Descubrimiento Barnes & Noble, Libro destacado del Blog de la Cooperativa Literaria «Read This!», el Book Sense dic y el Book Sense Annual Highlight. Ha sido también la novela Top Debut del Library Journal y es nada menos que libro destacado de la Asociación Americana de Libreros". Ala, biografia "copy-paste" de la web de Seix Barral...
FIRMIN. Autor, Sam Savage. Ed. Seix Barral
Firmin dixit:

"Mi devoración, al principio, era tosca, orgiástica, descentrada, cochina -me daba igual emprenderla a mordiscos con Faulkner que con Flaubert-, pero pronto empecé a percibir sutiles diferencias. Me di cuenta, al principio, de que cada libro poseía un sabor distinto -dulce, amargo, agrio, agridulce, rancio, salado, ácido-, y según fue pasando el tiempo y mis sentidos ganaban agudeza, llegué a captar el sabor de cada página, de cada frase y, finalmente, de cada palabra".

"Cuando empecé a comprender mejor a las personas, caí en la cuenta de que ese increíble desorden era una de las cosas que la gente apreciaba en Libros Pembroke. No venían sólo a comprar un libro, soltar la pasta y darse el piro. Se quedaban un buen rato. Ellos lo llamaban mirar, pero más bien parecía que estaban excavando una mina. Me sorprendía que no trajesen palas. Cavaban en busca de tesoros con las manos desnudas, hundiendo a veces los brazos hasta las axilas, y cuando extraían alguna pepita literaria de algún montón de escoria, se sentían muchísimo más felices que si hubieran y hubiesen comprado directamente el libro. En ese sentido, comprar en Pembroke era como leer: nunca sabe uno con qué va a encontrarse en la página siguiente -la estantería, el montón, la caja siguientes-, y eso constituía una parte importante del placer".

"Si hay algo para lo que resulte útil una formación literaria, es para dotarlo a uno de un sentido de la catástrofe".

"A Mickey Mouse y Stuar Little me dan ganas de mearles en la boca".

viernes, 19 de febrero de 2010

Remembering Django Reinhardt...

Jean Cocteau escribió sobre Django Reinhardt: "Django muerto es como una de esas fieras apacibles que se mueren en su jaula. Vivió como uno sueña vivir, en un carromato. Y cuando aquello ya no era un carromato, seguía siendo un carromato. Su alma era itinerante y santa. Y sus ritmos le pertenecían como las rayas le pertenecen al tigre, como la luz que irradiaba y como sus bigotes. Los llevaba en la piel..."

Como buen gitano, se supone que mañana sábado, 20 de febrero, se cumple el centenario del nacimiento de Django, aunque otros dicen que fue el 23 de enero de 1910 cuando nació. Con Louis Armstrong y con muchos otros músicos de jazz que nacieron en esos años, pasa lo mismo, no creo que sus madres guardasen la partida de nacimiento o corriensen al ayuntamiento más cercano a inscribir a sus retoños. Algunos lo celebrarán mañana. Cualquier excusa es calva. Yo llegué a Django por Stephane Grappelli, y no al revés, como suele ser habitual, y por casualidad, como se descubren las cosas cuando se comparte piso en Madrid siendo estudiante con beca y por el piso pasa demasiada gente comopara conocerlos a todos, llevando bebidas, libros y algunos hasta discos. En 1952, Django vivía semi retirado, repartiendo su tiempo entre la pintura y las pesca, en Samois. A principios de enero de 1953, Norman Grantz le ofrece una gira. El ocho de abril entrará, por última vez, en un estudio para grabar en compañía de Martial Solal y Pierre Michelot. El 15 de mayo le da una congestión cerebral, falleciendo esa noche. Así desapareció aquel personaje fuera de serie, tierno y carpichoso, endiabladamente encantador, que se había convertido en el más grande de los guitarristas de jazz. Así lo leí en un bar precioso llamado El Parnaso un día de diario, feliz como una ostra, cuando encontrabas trocitos de cielo en foma de bar donde podías oir encima música "decente".

Jean Baptiste, llamado Django, de la tribu gitana de los "manouches", nació en el carromato familiar, pongamos que un día indeterminado entre enero y febrero de 1910 en Liverchies, Bélgica. Autodidacta, empezará a tocar con trece años en los bailes populares, acompañando a acordeonistas. En 1928 su carromato se incendia y Django, a causa de las quemaduras, pierde dos dedos de la mano izquierda (la mano del mástil). Lo que para cualquier otro hubiese significado el fin, para Django fue empezar de nuevo. Reaprendió a tocar la guitarra inventándose una técnica hecha a la medida de su mano atrofiada. Fue en Toulon donde entablará amistad con el pintor Èmile Savitri, que le descubre a su vez el jazz. Paupérrimo nómada sibarita se ganará la vida actuando en clubes con su hermano Joseph por la Costa Azul.


Regresa a París y empieza a tocar acompañado por violinistas, hasta que en 1934 crea, junto a Grappelli, en quinteto del Hot Club du France, grabando sus primeros discos para Ultraphone. Lo que suena en aquello surcos es increible, algo nuncaantes escuchado. ¿Es jazz o no es jazz? Crean algo tan revolucionario que todo lo que sea utilizar esa fórmula, está abocada a sonar a Django, a ser un epígono de él. Creó un estilo del cual fue su principio y su final. El quinteto estaba únicamente formado por instrumentos de cuerda (un violín, una guitarra solista, dos de acompañamiento y un contrabajo). Es a la vez intimista y exultante, evocadora y vitalista, refinada y rebosante de un swing contagioso y cálido. Django se convertirá en el primer músico europeo que pase a ser una influencia clave para los guitarristas americanos. Toca con todos los grandes solitas americanos que visitan la capital francesa, atreviéndose a ponerle swing a Bach, grabando con Eddie South y Grappelli el Primer Movimiento del Concierto en re menor. Se granjeó a pulso fama de impredecible. Fueron varias las veces en las que no se presentó a dar un concierto con la sala llena bajo la excusa de irse a pasear al parque o a la playa, o sencillamente, de no querer levantarse de la cama.

La II Guerra Mundial les sorprendió en Londres, donde se quedó Grappelli, volviéndose el resto del grupo a Francia. Mientras el resto de sus hermanos de raza sufrió la persecución y los campos de concentración, Django Reinhardt, tuvo la suerte de ser el protegido de uno de los funcionarios de la administración nazi aficionado a su música. Es otra historia tristemente delirante y paradójica de la Segunda Guerra Mundial. Para colmo, Django Reinhardt y su música fue, durante la ocupación nazi de Paris, uno de los símbolos culturales de la Resistencia. Acabada la Segunda Guerra Mundial Stephane Grappelli y Django Reinhardt vuelven a reunirse. En 1946 Django es invitado por el gran Duke Ellington a una gira con su orquesta por los Estados Unidos. Django acepta encantado, convencido de que su fama entre el público estadounidense es mayor de lo que en realidad era. Al regresar a Europa se siente un tanto decepcionado por la tímida acogida que tuvo entre el público. De hecho, sólo existe una grabación de esta gira, gracias a que George Steiner puso un micrófono en un palco del Chicago Civic Center durante una de las actuaciones.
En 1951, a los 41 años, Django Reinhardt decide retirarse de la música y se va a vivir a Samois sur Seine, cerca de Fontainebleau, para dedicarse a dos de sus aficiones favoritas: pescar y pintar.Llámenme lo que quieran, pero la última vez que estuve en París hace cuatro años, lo primero que compré fue un disco de él... Crocojazz se llama la tienda (64, rue de la Montagne Sainte-Geneviève).
En cuanto salga un poquito el sol, pinchar cualquier canción de Django, algo dentro de vosotros os lo agradecerá...

lunes, 8 de febrero de 2010

El martillo de los dioses y el dirigible de plomo



Hace unas semanas acabé de leer (por fin) “Led Zeppelín. El martillo de los dioses”, de Stephen Davis (Ed. Ma Non Troppo). Más de la mitad de mi vida oyendo hablar y leyendo cosas de este libro y por fín, a mediados del año pasado, se editó en castellano. Se habla de este libro como una de las mejores biografías de los Zep y sobre todo como uno de los libros definitivos de rock. Hay fans a muerte de Led Zep que odian este libro pero son los menos. Para mí es un libro delicioso, prácticamente es una novela, una novela no sólo sobre Led Zeppelín sino sobre lo que fueron los grandes grupos de rock entre finales de los ’60 y principios de los ’80.. Hablar sobre esos años daría para una extensa parrafada (una de ellas, el rock como tal vivió lo mismo que Lester Bangs, de 1948 a 1982; otra, el rock, en todo su esplendor, en toda su expresión artística, vital e incluso de lo que pudo tener de revolucionaria se dio entre 1965 y 1975, es decir, desde la primera British invasión hasta el último vals de The Band. Antes de eso, una efervescente y acnéica rabia que aspiraba a liberarse de las garras de personajes vampirescos (prototipo: Capitán Parker). Después, pura y simple mercancía; y que quede claro que cuando digo "mercancia" no digo algo necesariamente malo, al revés, los libros y el vino también son mercancia y que los dioses me libren de poder vivir sin ellos. Siempre hay y hubo excepciones, y en dos líneas no se puede generalizar más burdamente, pero en mis días más retros así lo veo).

Y entre todo esto está “El martillo de los dioses”. Este libro y “Viajando con los Rolling Stones” de Robert Greenfield (Ed. Anagrama), el cual plasma cómo fue la gira estadounidense de los Stones de 1972, creo que son fundamentales en ese sentido, en el de intentar ver cómo fue aquello, cuando el rock creó músicos que estaban más allá del bien y del mal (en todos lo aspectos, podían hacer lo que quisieran, cuando quisieran, con quien quisieran y, en lo musical, con la creatividad manando sin control).

Leer “El martillo de los dioses” es divertido, es clarificador, es deslumbrante, y no sólo porque se centre en uno de mis grupos preferidos, sino porque, a pesar de sus peros (que los tiene) se puede definir como una muy buena novela sobre un grupo de Rock en los ’70, y a la vez creo que Davis sin querer hizo una especie de ensayo-novela generacional. Y al decir esto me acuerdo del prólogo que del libro “Postales de invierno” de Anne Beattie (Ed. Libros del Asteroide) he leído a cargo de Rogrigo Fresán (otra vez él), y tal vez no sea causal que me acuerde de eso ahora.Davis, como buen periodista, tiene un estilo sencillo y sintético, pero a la vez consigue ser evocador, además creo que escribe bien, incluso a veces muy bien.

He sacado dos fragmentos del libro que están al comienzo del libro y que me hicieron pensar, “eh, esto va estar bien”. No hablan de ninguno de los Zep, sino del manager y el jefe técnico. A veces se puede pensar que ya no hay otros Page, Plant, Jones o Bonham, aunque en el fondo sabes que sí (cuando Dylan se vaya ya no pensaré ni sentiré igual), pero de lo que no se duda cuando se acaba el libro es que lo que ya no hay en el rock es gente como Peter Grant o Richard Cole, para lo bueno y para lo malo (tal vez más para esto último).


Página 37: “Peter Grant fue el alivio perfecto para el descontento de Jimmy Page. Nacido en 1935, había sufrido una vida digna de una novela de Dickens: un hogar roto, evacuaciones durante la guerra y carencia de educación. A los trece años había sido operario en el teatro del Croyden Empire. Creció como recadero en Fleet Street. Un hombre de mirada dura de casi dos metros de alto, había sido matón de un club nocturno, extra en “Los cañones de Navarone”, doble de Robert Morley en las películas y había luchado como profesional con el nombre de Príncipe Mario Alassio. Haberse criado en la calle le había dado un instinto visceral sobre el dinero y sobre cómo este fluía. A finales de los cincuenta era un curtido director de gira de roqueros americanos como Little Richard, Chuck Berry, Gene Vincent y los Everly Brothers. Una famosa leyenda inglesa cuenta cómo le propinó una paliza a un promotor que intentó estafar a Little Richard después de un concierto y cómo siguió la bronca con los seis policías que vinieron después a intentar calmarle. A mediados de los sesenta, Grant había aprendido el oficio como director de gira mientras trabajaba con The Animals y como parte del elenco de Don Arden. Después de varios rifirrafes con los Animals, hizo que se supiera que llevaba un arma. Intimidatorio e indomable, era la antítesis del reservado y andrógino Jimmy Page, quién sólo quería tocar su guitarra para los emporrados chicos americanos, viajar por el mundo, ganar millones de libras y que le dejaran en paz para poder leer a Aleister Crowley y practicar rituales mágicos o lo que fuera que hiciera. Desde el momento en que Page y Grant se conocieron el fin de los Yardbirds estaba sentenciado.”


Página 41: “Richard Cole nació en el este de Londres en 1945. Empezó su carrera como montador de andamios, pero un día de 1965, en un pub, alguien le ofreció un trabajo como pipa para una banda inglesa llamada Unit Tour plus Two. En 1966 ganaba veinte libras a la semana como director de gira de The Who, hasta que le retiraron el carnet de conducir por exceso de velocidad (llegaban tarde a un bolo). Entonces se puso a trabajar para The Searchers y se mudó al sur de Francia. Por las noches dormía en una furgoneta propiedad de un grupo inglés llamado Paramounts, que más tarde cambió su nombre por el de Procol Harum. Merodeaba por allí un tímido pianista llamado Red Dwight. Más tarde ese pianista se haría llamar Elton John. El siguiente trabajo de Cole fue conducir una furgoneta para una banda llamada Ronnie Jones and the Night Timers, con John Paul Jones como bajista y John McLaughlin como guitarra solista. A finales de 1966 aceptó un trabajo con la New Vandeville Band, que alcanzó cierto éxito con “Winchester Catedral”. La banda hizo realidad los fervientes deseos de Cole de visitar América. Tal y como él explica: “El sueño de todo director de gira inglés era ir a América. Solían dejar a los pipas ingleses tirados y contratar a personal nuevo allí. Solían. Arreglé todo aquello de una puta vez de un modo muy inteligente. Yo dije, a la mierda. Llevemos nuestro propio equipo, aquello con lo que estamos acostumbrados a trabajar”. Peter Grant era el manager de New Vandeville Band. Cuando Cole fue a Oxford Street a solicitar trabajo, Grant le ofreció veinticinco libras a la semana. Cole dijo: “Y una mierda. Treinta semanales, lo tomas o lo dejas”. Grant obsevó al alto y musculado Richard Cole, lo consideró una versión suya con mejor aspecto y menos peligrosa y aceptó. Cole trabajó para Grant (y para Led Zeppelin) durante los siguientes trece años”

martes, 2 de febrero de 2010

Underwood revisited...


Mamá, ¿qué es eso?
Eso es una máquina de escribir
¿Y para qué vale?
Pues para escribir
¿Como el ordenador de papá?
Sí, es como un ordenador pero sólo para escribir...
Qué grande...
Venga, vámonos.
¿Y dónde se conecta la impresora?
Te he dicho que nos vamos... deja de tocar ahí que este señor se va a enfadar...


La madre agarró al niño por el brazo y salió a la calle. Fue entonces cuando el dependiente salió del mostrador y volvió a colocar las teclas de la máquina de escribir que habían quedado levantadas al haber pulsado el niños varias de ellas a la vez con la palma de la mano... Ahí de pié, el dependiente se quedó mirando la vieja máquina de escribir. Una Underwood de casi cien años que le había regalado alguien al enterarse de que en la librería tenía varias máquinas de escribir (una Oliveti verde de 1965, una Periquet y Co. portátil de 1944 e incluso una Smith Corona eléctrica de los caóticos ochenta, la única propiamente suya) colocadas en algunos estantes. De las cuatro que poseía aquella Underwood ocupaba el lugar más visible, sobre una de las mesas que utilizaba como expositor, y era francamente grande y pesada. Tuvo el impulso de ponerse a hablar con la Underwood, a disculparse frente a ella por lo que había dicho aquel muchacho posmoderno y a todas luces consentido pero no lo hizo porque pensó que eso le convertía en un viejo prematuro pensando en lo desconectado que anda del mundo, con su bici, sus vinilos, su luna, sus idas y venidas al pueblo donde vive quien ama, con la sensación de tener sus días regalados desde hace seis años y porque en aquel instante también pensó que no está bien hablar con las cosas, aunque trabaje solo en aquella tienda y haya días en los que apenas habla con nadie, no pare de pensar indolencias (peores incluso que las de ese instante frente a la vieja y señorial Underwood), y pase las horas navegando por Internet, de página en página leyendo cualquier cosa, grupos de música imposibles, blogs de supuesta literatura y de no tan supuesta, páginas dedicadas al situacionismo (su última obsesión) o sobre concursos cuyo plazo siempre ha finalizado, y acabando muchas veces visitando páginas de dudosa catadura moral mientras piensa en que estaría mejor leyendo cualquier libro. Miró una a una las estanterías repletas de libros y le dio pereza coger alguno, básicamente porque hubiera tenido que decidir cuál y eso le hubiera llevado a preguntarse tal cantidad de cosas que resolvió no coger ninguno (qué le apetece leer, qué debe leer, qué dejó a medias de leer, qué quiere leer y qué lectura es la más idónea para sus relativamente nuevos hábitos de lectura, es decir lecturas como viajes cortos de metro y no como viajes largos en tren). Cuando volvía hacia el mostrador con ese último pensamiento en la cabeza se acordó de un primo suyo, con el cual hacía casi un año que no hablaba, y pensó en llamarlo pero cuando cogió el teléfono vio que tendría que buscar el número en la agenda y que ésta estaba en la habitación de arriba y se dijo que otro día, aunque siguió pensando en aquel familiar y en lo que le dijo una de las últimas veces que se vieron en Madrid, cuando él (su primo) trabajaba en un sex shop de la calle Atocha (el Mundo Fantástico cree recordar que se llamaba) y le contaba que se pasaba el día leyendo compulsivamente, como si el suicidio fuese una opción o los perros le esperasen rabiosos apostados a la salida del trabajo, sin hacer apenas caso ni a los clientes (hecho que la mayoría de ellos agradecían enormemente) ni a las múltiples películas porno que proyectaba en una monstruosa pared cubierta de pantallas de televisión.

Después el dependiente cerró Internet, cogió varios libros con el firme propósito de decidir aquella misma noche cuál de ellas leería primero (o si leería todas alternativamente a la vez; “Pulp-Rock” "El fondo del cielo", "Un hombre que duerme" "el misterio de Olga Chejova", “Sexografías", “Esta historia”), cogió su cuaderno, aquel que lleva meses deseando acabar para estrenar tras dos años otro y en el cual apunta cosas para seguir alimentando su sueño de escribir por fin esa novelita que lleva meses diciendo a sus amigos íntimos que está a punto de terminar, y escribe la conversación entre una madre y su hijo acerca de una máquina de escribir pensando en que igual consigue hacer algo con eso, aunque sea tomarla de excusa para añadir una entrada nueva a su blog.

Un par de días más tarde, cuando ya hubo colgado algo en su blog al respecto, su amigo Iván le dijo que hiciera el favor de no hablar de él en tercera persona , que ese recurso no le pegaba y el dependiente pensó que tenía razón, tuvo ganas de invitar a su amigo a comer y hablar con él horas y horas, como hacían antes, pero estaban a muchos kilómetros uno del otro, y mientras el dependiente vio que era hora de cerrar y se afanaba en encontrar en su bolsillo las llaves de la tienda pensó que la próxima vez lo haría mejor, todo lo intentaría hacer mejor, siempre y cuando exista la posibilidad de empezar de nuevo todo otra vez, aunque seguro que eso no tiene tanta importancia como le parece a él en ese momento...