Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

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miércoles, 27 de enero de 2010

De lluvia, viajes, silencios y lloronas vacas azules

Conocía la versión de Chavela, grabada en una cinta cochambrosa cuya portada eran los girasoles de Van Gogh, recortados de un libro de arte que andaba por casa, pero hacía años que no la oía. La primera vez que vi a Jairo Zavala tocar "La Llorona" fue en la furgoneta azul de la vaca, hará cinco años, de camino a Sevilla.
En aquel tiempo en Madrid yo me sentía ajeno a todo, cayendo en picado laboralmente, extraño, desubicado y seguramente más perdido de lo que habría estado dispuesto a admitir si me hubiesen preguntado; paseaba como un lunático, leía como un poseso y me dedicaba a evitar darme cuenta que ya era hora de dejar de esperar; entre medias intentaba quedar con amigos y de vez en cuando me iba con la Vacazul de bolo por ahí. Lo dijo Antonio una vez, “te falta el carnet de conducir y saber llevar una mesa de sonido”. Cabo de Gata, León y Sevilla fue la pequeña gira que hice con ellos, siempre amables, acogedores y geniales. Da para un libro fantástico lo que se habla y se vive en una furgoneta de un grupo de Rock, siempre lo he pensado.
El viaje a Sevilla no fue accidentado pero pudo serlo. Salimos tarde de Madrid, y recuerdo que hacía un día asqueroso, frío y resacoso. Todos estábamos cansados y entre que cargamos la furgo, tomamos café y logramos salir, nos dieron cerca del mediodía.

Las primeras dos horas no paramos de hablar, incluso yo hablaba, poníamos música (pusimos el Burn de los purple, que Jairo quitó a la segunda canción diciendo “demasiada batería, demasiada batería”, un directo de los North Mississippi Allstar que Antonio y Jairo no dejaron de alabar, y un cd de de rarezas de Rod Steward sobre el cual nos reímos y teorizamos estudiando las entradas a destiempo, las guitarras desafinadas, y comentando con envidia cómo a pesar de todo aquello seguía sonando a gloria bendita) y nos contábamos batallas surrealistas sobre cualquier cosa. A mitad de camino paramos y Javi dijo de conducir él, sabíamos que no íbamos bien de tiempo pero no imaginábamos cuanto y hacíamos bromas sobre ello. Yo pasé a sentarme detrás, entre Daniel y Jairo. Llegando a Despeñaperros comenzó a llover, y no precisamente cuatro gotas. Daniel se durmió y como si callándonos fuésemos a llegar a tiempo, en la furgo se hizo un silencio extraño. Supongo que cada uno estuvo acordándose de sus cosas, cosa banales como coladas por poner o recados prosaicos como hacer una copia de las llaves de casa y cosas así. Pensé que Jairo también estaba dormido, así que me incorporé en el asiento y agarrándome al reposacabezas del copiloto miraba la carretera. Llovía a mares. De vez en cuando Javi decía algo, Antonio contaba algo, o yo preguntaba cualquier tontería. Definitivamente sabíamos que íbamos fatal de tiempo y el nerviosismo se empezó a notar. El dueño de la sala llamó al móvil de Javi para preguntar cuánto nos quedaba y le dijimos una hora menos de lo que realmente nos quedaba. Recuerdo que Antonio me dijo, “somos unos impresentables, pero en el fondo siempre llegamos a tiempo, no te preocupes”. Cuando más incómodos estábamos, como si cada kilómetro en vez de acercarnos a Sevilla no valiese para nada, Antonio apagó la música y los tres nos concentramos en la carretera, creyendo que Jairo y Daniel descansaban aún ajenos a todo.
Fue entonces cuando Jairo se puso a tocar “La Llorona” con una guitarra pequeña, casi como un tres cubano que se había traído al viaje todo orgulloso. Fue mágico, de esos momentos que te resarcen de todo y te reconcilian de nuevo. Javi, Antonio y yo nos dimos cuenta de eso, nos miramos, sonreímos y nadie se atrevió a decir nada. Jairo la tocaba despacio, con esa voz que a veces saca, buscando acordes. A veces paraba y comenzaba de nuevo, aprovechando para contarnos que la había oído tocar a un mejicano en la selva hacía poco tiempo. La tocó varias veces, no tuvimos que decirle que lo hiciera, era obvio que todos sabíamos que en aquel momento no importaba nada más que esa canción.
Entrábamos en Sevilla cuando Jairo cantaba otra vez “ay de mí, llorona, llorona, llévame al río… tapáme con tu rebozo llorona, porque me muero de frío…”. Si por mí hubiese sido, hubiésemos seguido hasta Cádiz escuchándole cantar...

Llegamos con el tiempo justo, y el concierto fue buenísimo, y la noche dio para muchas cosas, algunas de ellas delirantes (ese hostal y su dueño...) y otras entrañables… pero como batallitas de abuelote, con esta es suficiente…
He visto este video de Jairo volando como Depedro, grabado en junio del año pasado en el World's Fair Warehouse, unas cien veces en las últimas semanas. Viéndolo, todas estas cosas se me han venido de golpe… Magia, magia de la de verdad… como la de aquel día...

1 comentario:

IVAN dijo...

¡Por la marcha que nos dio, Larga vida al Rocanrol!

Bonita entrada hermano. ¿Estás preparado para menear melena el sábado? Luego hablamos y vamos concretando.

Se os hecha de menos por la capital del Imperio. Muchos besos a todos/as.