Cuadro: Jeremy Geddes. Heat Death, Oil on Board. 2009

Nota informativa:
Este era el blog del antiguo dueño de LA LIBRERÍA LA PECERA. Dejó de actualizarse en 31 de marzo de 2011. Las opiniones aquí vertidas no se corresponden con la nueva gerencia de la Librería.
Nuevo blog: http://elcaimansincopado.blogspot.com/

Dirección de la nueva libreria: www.librerialapecera.es

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Sobre las máquinas de escribir en Trópico de Cáncer

Seis veces escribe "máquina de escribir" Henry Miller en Trópico de Cáncer. Por orden....

"He trasladado la máquina de escribir a la habitación contigua, donde puedo verme en el espejo mientras escribo."

"El día va avanzando a buen paso. Estoy arriba, en el balcón de la casa de Tania. El drama continúa abajo, en el salón. El dramaturgo está enfermo y desde arriba su cráneo desnudo parece más escabroso que nunca. Su cabello es de paja. Sus ideas son de paja. También su esposa es de paja, aunque todavía un poco húmeda. Toda la casa está hecha de paja. Aquí estoy en el balcón, esperando a que llegue Boris. Mi último problema -el desayuno- ha desaparecido. He simplificado todo. En caso de que se presenten nuevos problemas, puedo llevarlos en mi mochila, junto con mí ropa sucia. Estoy despilfarrando todo mi dinero. ¿Qué necesidad tengo de dinero? Soy una máquina de escribir. Se ha apretado el último tornillo. La cosa fluye. Entre la máquina y yo no hay separación. Yo soy la máquina..."

"La Pascua llegó como una liebre congelada... pero en la cama se estaba calentito. Hoy vuelve a hacer bueno y por los Campos Elíseos, al atardecer, es como un serrallo al aire libre atestado de huríes de ojos negros. Los árboles están completamente cubiertos de follaje y de verdor tan puro, tan rico, que parece como si todavía estuvieran mojados y resplandecientes de rocío. Desde el Palais du Louvre hasta Etoile es como una pieza de música para pianoforte. Hace cinco días que no toco la máquina de escribir ni miro un libro;  tampoco se me ha ocurrido ni una sola idea, salvo la de ir al American Express. Esta mañana, a las nueve, ya estaba allí, justo cuando abrían las puertas, y he vuelto a la una. Sin noticias. A las cuatro y media salgo como una flecha del hotel, decidido a hacer una última intentona."

"Un día mi amigo Anatole vino a verme. Nanantatee quedó encantado. Insistió en que Anatole se quedara a tomar el té. Insistió en que probase las tortitas de grasa y el pan rancio. «Has de venir todos los días -dijo-, a enseñarme ruso. Un idioma muy bello, el ruso. Quiero hablarlo. ¿Cómo dices eso, Endri? Repítelo: ¿borsht?  ¿Quieres escribírmelo, Endri, por favor?...» Y tengo que escribírselo a máquina, nada menos, para que pueda  observar mi técnica. Compró la máquina de escribir después de haber cobrado la indemnización por  el brazo, porque el doctor se lo recomendó como un buen ejercicio. Pero pronto se cansó de la máquina: era  una máquina inglesa."

Henry Miller’s Typewriter at the Henry Miller Library, Big Sur:

"A petición de Swift, había empezado a dejarme crecer la barba. Decía que la forma de mi cráneo requería una barba. Tenía que sentarme junto a la ventana con la Torre Eiffel detrás de mí, porque él quería que saliera también en el cuadro la Torre Eiffel. También quería que se viese la máquina de escribir. Kruger cogió también la costumbre de pasar a visitarnos por aquella época; sostenía que Swift no sabía nada de pintura. Le exasperaba ver cosas desproporcionadas. Creía en las leyes de la Naturaleza, implícitamente."

Máquina de escribir de Henry Miller, Big Sur, California

"Hasta que no me hube sentado y no hube contemplado despacio la habitación, no me di cuenta de que estaba otra vez en París. Era la habitación de Carl, no había duda. Como una jaula de ardilla y un cagadero a un tiempo. Apenas había espacio en la mesa para la máquina de escribir portátil que usaba. Siempre era igual, tanto si tenía una gachí como si no. Siempre un diccionario abierto sobre un volumen del Fausto de cantos dorados, siempre una petaca, una boina; una botella de vin rouge, cartas, manuscritos, periódicos viejos, acuarelas, una tetera, calcetines sucios, mondadientes, sales de Kruschen, condones, etc. En el bidet había cáscaras de naranja y los restos de un bocadillo de jamón." 


(A veces sueño que) soy henry Miller


viernes, 24 de diciembre de 2010

El transportista lector

Posteo al vuelo. Miro la librería, sentado en el taburete tras el mostrador y siento algo de pena, pero no sé el motivo de la misma. Estaré cansado. La culpa de todo la tiene el blues, que ha estado sonando casi todo el día, y de la gente que compra libros para regalar como quien compra una mascota de la que se cansará a la semana, y de que me pregunten qué libro está mejor, si el último de Mendoza o el Follett. Aprovecho que acabo de cerrar, saboreo este instante de tranquilidad en la Pecera para teclear sin pensar antes de marcharme a casa. Durante el resto del año los momentos de tranquilidad abundan en la Pecera, pero hoy es Nochebuena y nadie puede entrar en casa más tarde de las 8 sin algo bajo en brazo, da igual si es un libro o no. Yo iré con las manos vacías. Sorry. "Dame lo que sea para mi madre" me  ha dicho hoy un chaval de no más de 15 años. A veces me siento dolido, como si entraran en mi casa, mirasen mi biblioteca y cogiesen algún libro que yo revendo porque necesito dinero, y me duele que les dé igual lo que cojan. En el fondo es así, la Pecera es como mi casa, sobre todo viendo lo pequeña que es la tienda y, aunque ya no tan a menudo, porque duermo encima, en un estudio cartujo y lunático con la ventana rota y con manchas de humedad en las paredes, donde escribo todo eso que, salvo excepciones, no muestro aquí. Por eso me da pena que haya gente que se lleve libros sin importarles lo más mínimo; se podrían llevar 200 gramos de choped y daría igual, incluso sabes que se lo entregarán a sus madres, novias o padres como regalo con la misma cara de beatos canallas con la que se hacen los porros y miran en culo a las chicas de rimel lascivo y talle bajo. Yo nunca he regalado un libro que no hubiese leído antes, salvo, claro, cuando sabía que el susodicho o la susodicha quería un libro en concreto. Pero las cosas son así, tampoco sé por qué me quejo, la verdad. Mis contradicciones, supongo, que me pierden. Me sorprende la gratuidad con la que se viven y hacen ciertas cosas, nada más, tampoco me voy a poner ahora en plan santurrón cínico. Hace tiempo que convivo con los best seller y con la literatura sin maniqueísmos, no es eso de lo que estoy hablando (de vez en cuando viene bien variar la dieta, pero comer sano es importante. Un exceso de Dan Brown o de vacuidad vampírica adolescente puede provocar serios daños mentales. Como el cine palomitero, puede ser divertido de vez en cuando, pero de vez en cuando, y ya). hablo de currártelo. Que tu madre diga que le gusta en cine no significa que le lleves a ver cualquier bazofia para Navidad y encima esperes que te lo agradezca.

De todos modos, prefiero acordarme de los clientes que animan a seguir sintiéndome librero, esa media docena, o un poco más, de la que quizá no sepa los nombres de la mayoría pero que ennoblecen la Pecera. Hay uno en particular que hoy ha vuelto, un conductor de camiones que cada quince días viene a por una novela y que ha crecido como lector por sí solo, y yo lo he visto. Vino por primera vez hace casi tres años. Me confesó que no tenía hábito de lectura y quería que le recomendase algo. Se llevó "Los hechos de Rey Arturo" de Steinbeck. Hasta la semana pasada yo no sabía que era transportista. Me lo dijo mientras comentábamos algo sobre la extensión del último libro que se llevaba; "es que esta vez me toca un viaje largo", me dijo. Después de tanto tiempo ya tocaba estrechar lazos. Se ha aficionado a leer en sus trayectos y ahora no puede dejarlo. Él hace trayectos, no viajes, me puntualizó. Los viajes los hago por placer; cuando me toca llevar algo por trabajo, hago trayectos, me dijo también. No le aplaudí ni le abracé, pero tuve ganas. Tiene voz nasal y  ojeras de lumpen mal remunerado, aunque sonríe siempre que entra y más de una vez  me ha echado la bronca por dejarle llevarse algún truño que otro. Antes me pedía consejo; ahora le gusta mirar y elegir por sí mismo. A mi pesar, Italo Calvino no le gusta ("El barón rampante" lo cogió demasiado pronto, me temo) pero Sandor Marai le ha gustado bastante. Ya va teniendo sus preferencias y yo le dejo solo, él sabe que me gusta que venga a mirar tranquilamente y últimamente husmea como pez en el agua. Hay algo que sólo hago con él, cuando quiere probar alguna lectura nueva, le dejo que se lleve el libro y yo le digo que si lo empieza y no le gusta que me lo traiga y lo cambie. A nadie más se lo digo. Es duro dormir en un camión, aparcado en una vía de servicio y leer un libro que no te está gustando. Él lo empieza antes de irse y si no lo ve claro, vuelve al día siguiente y se lleva otro. A veces hablamos de trabajo, de mi trabajo, y me sonríe amable cuando sale el tema del traspaso. La última vez me dijo que estaba enfadado conmigo, porque ahora que se había aficionado a leer se iba a quedar sin su librería. Me gustó que me dijera que ésta era su librería. Hasta ese momento nadie me había dicho nada similar.

Hoy ha venido a llevarse "El cementerio de Praga" de Umberto Eco, se ha llevado el último ejemplar que me quedaba y que yo había escondido para mí porque Random lo ha distribuido fatal y a las librerías pequeñas como ésta no llegan porque han decidido distribuir la primera edición en grandes superficies (a mí  me han llegado 3 ejemplares por un favor personal de mi comercial). No he podido decirle que no lo tenía. Ha entrado, ha visto que había gente, ha vacilado un momento y ha venido directo a preguntarme si tenía el último libro de Umberto Eco. Recuerdo que e entusiasmo "El nombre de la Rosa". Ese día le di cuatro o cinco libros y estuvo un rato viendo a ver cuál se llevaba y se llevó el de Eco. le he preguntado y me ha dicho que hoy cenaba aquí con su familia pero que mañana se marchaba a uno de sus trayectos. No me ha dado tiempo preguntarle dónde iba, un chaval nos ha interrumpido para preguntame si tenía el libro de Pepe Reina, y cuando he querido darme cuenta, me deseaba feliz año antes de marcharse, mezclándose su peculiar voz con la de Bo Diddley, la campanilla de la puerta y los murmullos de los tres clientes que en ese momento había en la Pecera. Tendrá un trayecto largo si  no piensa volver hasta el año que viene. Espero que el libro de Eco le guste. Cuando vuelva prometo que le preguntaré su nombre, ya es hora de que lo sepa.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Time goes by


Alberto García Alix.  Autorretrato

"Me han puesto un insuficiente en matemáticas y de inmediato he decidido callármelo. La reunión de padres es dentro de quince días. Al menos hasta entonces mamá no se enterará. Ya me siento como un condenado a muerte al que sólo le quedan quince días. Por suerte, acabo de cumplir siete años y, a esa edad, quince días son como quince años. Ante mí se extiende el tiempo largo y lento; según vaya creciendo, pasará más deprisa, acelerará como un gran camión intercontinental e interestelar, y así seguirá hasta que empiece a transcurrir tan veloz que ya no lo atraparé y correrá muy lejos de mí y me parecerá que la mayor parte de mi vida transcurrió entonces, cuando tenía siete años, y que un cuarto de siglo más tarde seré, por mi experiencia, un niño de siete años que por error ha caído en la máquina de envejecimiento acelerado. Despúes de callarme el primer insuficiente, me callaré todos los demás hasta que me canse y crezca, hasta que termine el colegio y hasta que a mi madre le aburra dedicarse a mis insuficientes."
 Miljenko Jergovic. Mamá Leone.



martes, 14 de diciembre de 2010

Moby Dick, extractos, imágenes, recuerdos, sueños y el porqué la Pecera se llama como se llama

"Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondria me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano."


"¿Qué son los derechos humanos y las libertades del mundo sino peces sueltos? ¿Qué son las ideas y opiniones de los hombres sino peces sueltos? ¿Qué es el principio de la creencia religiosa sino un pez suelto? ¿Qué son los pensamientos de los pensadores para los literatos palabreros, contrabandistas y ostentosos? ¿Qué es el mismo gran globo sino un pez suelto? ¿Qué eres tú, lector, sino un pez suelto y también un pez sujeto?"


Imagen de diseño de producción para el proyecto del ruso director de Wanted de llevar la obra magna de Herman Melville, con estética de cómic y épica a lo Señor de los Anillos.


Orson Welles meets John Huston

 
“Hay ciertos raros momentos y ocasiones en los que este extraño y enrevesado asunto al que llamamos vida, en el que un hombre toma todo de este universo como una broma pesada, y aunque sólo llega a discernir su gracia vagamente, tiene más que sospechas de que la broma no es a expensas de nadie, sino de él mismo. De cualquier manera, nada descorazona y nada parece cuestionable. Él engulle todos los acontecimientos, todos los credos, todas las convicciones, todas las cosas duras, visibles e invisibles, sin importarle nunca lo nudosas que sean; como un avestruz de poderosa digestión que engulle las balas y pedernales.”

Mastodon, en un tema de mi disco preferido de éstos...

Las aguas que le rodeaban se iban hinchando en amplios círculos; luego se levantaron raudas, como si se deslizaran de una montaña de hielo sumergida que emergiera rápidamente a la superficie. Se intuía un rumor sordo, un zumbido subterráneo...Todos contuvieron el aliento al surgir oblicuamente de las aguas una mole enorme, que llevaba encima cabos enmarañados, arpones y lanzas. Se elevó un instante en la atmósfera irisada, como envuelta en una grasa de finísima textura, y volvió a sumergirse en el océano. Las aguas, lanzadas a treinta pies de altura, fulgieron como enjambres de surtidores, para caer luego en una vorágine que circuía el cuerpo marmóreo de la ballena.

Extracto de Moby Dick, una adaptación teatral de Alessandro Baricco, con Paolo Rossi, Stefano Benni y Clive Russell, preciosa

"Más vale dormir con un caníbal sobrio que con un cristiano borracho"


"En un instante, los grandes corazones condensan a veces la suma de los breves pesares dispersos en la vida entera de un hombre y los acumulan en un único, inmenso dolor. De ese modo, tales corazones, aunque sucintos en cada sufrimiento, amontonan en la existencia, cuando los dioses así lo disponen, todo un siglo de dolor en el cual se concentra la intensidad de muchos instantes aislados…"

viernes, 10 de diciembre de 2010

Zoo o cartas de no amor, de Viktor Shklovski


La brutal desidia de las mañanas perdidas, colocando libros que ni siquiera abriré, abriendo otros que miro y huelo como si esperase que por ósmosis se puedan instalar todas esas palabras en los pliegues de mi masa gris, provoca que a veces me sienta herido y a la vez hastiado de libros. Se me acumula el trabajo y hay días que me cabreo con los propios libros. Les hablo, les insulto, los desprecio, pero hay otros que me hacen no decir nada, y entonces, por un par de minutos me reconforta ser librero, lo cual no es algo muy común. Cuando viajo siempre intento estar en posesión de media hora para meterme en alguna librería, a sufrir por lo que La Pecera no puede ser y a trastornarme un poco más decidiendo si me llevo algo o si apunto a escondidas para no olvidar el título del libro que quiere que me lo lleve. Hay tantas novedades y rediciones que hago una criba de la criba, me sale el Pepito Grillo que exploto de auxiliar administrativo y que habitualmente está en huelga y pido lo justo (este para mí, estos dos para la Pecera... este para mí, estos dos para La Pecera), aunque reconozco que hay veces que se me va, Pepito Grillo sale a tomar café y hago un pedido de libros que necesito ver, tocar y leer, yo. Como soy un confiado y un arrogante, a veces me llega el pedido y los saco de la caja y los dejo en el mostrador, sabiendo que aunque entre alguien no les prestará atención mientras envuelvo el último de Follett o el de María Dueñas. Pero hoy me he pasado de listo. Me ha legado un pedido de "esos" y un cliente se ha fijado en uno de esos libros y se lo ha llevado. No le culpo, cualquier persona decente lo hubiera hecho. Zoo o cartas de no amor, de Viktor Shklosvki. La semana pasada vi la reseña y lo incluí en el pedido especial. Llegó esta mañana y lo abrí, lo ojeé, lo hojeé, leí algo, hice un poco la Bovary, en fin, el decálogo del lector aplicado al librero. Pero en estas que ha entrado alguien e imprudente de mi lo he dejado a la vista, la costumbre, pero no era de aquí, estaba de paso, y se ha fijado en el libro y se lo ha llevado en muy tunante; podía haber dicho que no, que estaba reservado, pero ha vuelto Pepito y me ha susurrado "lo pides otra vez con un pedido normal" y, claro, he dejado que se lo lleve. Al menos he tenido media hora de lectura tranquila.

La pregunta del libro es ¿cómo hablar de amor a una mujer que te prohíbe que le hables de amor? Durante su exilio forzoso en Berlín, entre 1920 y 1923, Víktor Shklovski se enamoró locamente de Elsa Triolet. El caprichoso personaje de Alia de Zoo o cartas de no amor está directamente inspirado en ella. En Berlín, Shklovski solía mandarle a Elsa varias cartas al día, una situación que ella sólo aceptó con una condición: le hizo prometer que no le escribiría cartas de amor. Shklovski exiliado, lejos de muchas cosas, lejos de su lengua materna. La mujer de la que se ha enamorado es también una exiliada. En la solapa he leído una frase que recuerdo y escribo antes de olvidarla, "su amor tiene algo parecido a mirar un álbum de fotos: reconocerse en lo propio que ya no está". Ella le pide que no la moleste con su cortejo, que le  escriba si quiere y que vaya a verla, pero que no le escriba cartas de amor... Antes de cometer el error de mostrar lo que leía y que me lo quitaran de las manos (recuerda lo que el gitano de Milos te dijo un día: "el librero es la única persona que no puede ocultar lo que lee") he leído alguna de esas misivas. La novela contiene numerosos retratos de la intelligentsia rusa en el exilio y de algunos amigos que se quedaron en Rusia: Pasternak, Chagall, Ehrenburg...

Zoo o cartas de no amor es una novela epistolar nacida de una prohibición. Las misivas del narrador son estampas literarias, notas a sí mismo exiliado de lo que necesita de ella, amor por lo que fue su patria, amor por el arte y amor por sentir amor, el zoo como metáfora de los dispares emigrantes (los rusos solían instalarse a vivir en el barrio del zoo de Berlín), perfiles fugaces de grandes escritores rusos, la teoría del arte y la literatura, observaciones sobre la vida de los exiliados, la cotidianeidad de la vida en Berlín, el progreso y la historia. Podría decir en plan abuelo cebolleta que es una novela propia de una vida donde se escribían cartas y ser falsamente mordaz apuntando que ya no se escriben cartas como antes, pero no, ahora se escribe más, el mail, las redes sociales y esto de los blogs es un lodo gardeliano, un cambalache sobresaturado de palabras, así que la novela de Viktor Shklovski es terriblemente cercana, salvo por un detalle. Él le escribe una carta a ella cada día. A veces va a su casa, se la entrega en mano y espera pacientemente en una silla a que ella termine de leerla. A veces la llama por teléfono. A pesar de ser un amor a distancia, realmente no lo es. Lo que sin duda sí es, es un amor no correspondido, aunque ni una vez se hable de amor. Zoo o cartas de no amor. Elsa Triolet. Tras la marcha de Elsa, en 1923 Viktor acepta la oportunidad de una amnistía que le permite regresar a Rusia.

Novena carta
Me has dado dos encargos:
1) No telefonearte. 2) No verte.
Así que ahora soy un hombre ocupado.
Hay un tercer encargo: No pensar en ti.
Pero ese no me lo has hecho.
A veces me preguntas si te quiero. Entonces sé que es la hora del pase de revista. Respondo con la diligencia de un soldado de la tropa de ingenieros, que no domina lo suficiente la ordenanza de la guarnición: 
—Puesto número tres (a saber si ese es el número).
Ubicación: cerca del teléfono, entre las calles de Gedächtniskirche y los puentes de Jorckstrasse.
Consignas: amar, no encontrarse, no escribir cartas. 


Carta primera:
"Si tuviese un segundo traje, nunca habría conocido el dolor.
Al llegar a casa, cambiarse de ropa, arreglarse, es suficiente para sentirse otro.
Las mujeres usan este método varias veces al día. Cualquier cosa que digáis a una mujer, intentad obtener una respuesta inmediata, si no tomará un baño caliente, se cambiará de ropa, y habrá que volver a empezar desde el principio.
Después de haberse cambiado de ropa olvidan hasta los gestos.
Os aconsejo, insistentemente que obtengáis de las mujeres una rápida respuesta. Si no, a menudo, os tocará permanecer desconcertados ante una nueva, inesperada, palabra.
En la vida de la mujer apenas hay sintaxis.
En cambio el hombre es transformado por su oficio.
El instrumento no sólo prolonga la mano del hombre, sino que hasta ese se prolonga en él.
Dicen que el ciego localiza el sentido del tacto en la extremidad de su bastón.
Yo no siento un particular afecto por mis zapatos, pero a pesar de ello son una prolongación mía, parte de mí.
El bastón cambiaba al escolar y le fue prohibido.
El mono en la rama es más sincero, pero la rama también influye en la psicología del mono.
La psicología de la vaca lechera, que camina sobre el hielo resbaladizo, se ha hecho proverbial.
Más que cualquier otra cosa al hombre lo cambia la máquina."

Prometo ser más cuidadoso la próxima vez, o pido dos ejemplares o lo escondo en la mochila en cuanto me llegue... Igual con una lectura al vuelo de medio libro esto es una exageración, pero algo me dice que no...

jueves, 9 de diciembre de 2010

Los derechos del lector y los delitos del librero


El escritor francés Daniel Pennac en su libro Como una novela (Ed. Anagrama, 2001), en el último capítulo establece los diez derechos imprescriptibles del lector. Ahora que comienza la "campaña" de navidad y a la Pecera entrará gente de todo tipo, desde adorables púberes buscando un libro bonito para sus progenitores (al final son los que más y con más interés miran por las estanterías, y yo tan contento), pasando por despistados que vienen por su libro del año (los que luego te dicen que los libros son caros) para su parienta ("el planeta ese o uno de esos de histórico o amor que vendas más") llegando hasta esa especie de humano orcolizado entrañable que entra balbuceando "amigo, invisible, libro, barato, pero que quede bien", no está de más poner aquí el decálogo de Pennac. "El hombre construye casas porque está vivo, pero escribe libros porque se sabe mortal. Habita en bandas porque es gregario, pero lee porque sabe que está solo. La lectura no toma el lugar de nadie más, pero ninguna otra compañía pudiese remplazarla" (p. 197).

1. Derecho a no leer. Sin este derecho la lectura sería una trampa perversa. La libertad de escribir no puede ir acompañada del deber de leer.

2. El derecho a saltarse las páginas. Por razones que sólo nos conciernen a nosotros y al libro que leemos.

3. El derecho a no terminar el libro. Hay 36.000 motivos para abandonar una lectura antes del final: la sensación de ya leída, una historia que no engancha, desaprobación de la tesis del autor... Inútil enumerar los 35.995 motivos restantes, donde bien podía estar un posible dolor de muelas.

4. El derecho a releer. Por el placer de la repetición, la alegría de los reencuentros, la comprobación de la intimidad.

5. El derecho a leer cualquier cosa. Buscamos escritores, buscamos escrituras; se acabaron los meros compañeros de juego, reclamamos camaradas del alma.

6. El derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual). La satisfacción exclusiva e inmediata de nuestras sensaciones: la imaginación brota, los nervios se agitan, el corazón se acelera, la adrenalina sube y el cerebro confunde, (momentáneamente) lo cotidiano con lo ficticio.

7. El derecho a leer en cualquier lugar. El viejo Clemenceau daba gracias a un estreñimiento crónico, sin el cual, afirmaba, jamás habría tenido la dicha de leer las Memorias de Saint-Simon.

8. El derecho a hojear. Autorización que nos concedemos para coger cualquier volumen de nuestra biblioteca, abrirlo por cualquier lugar y sumirnos en él un momento. Cuando no se dispone de tiempo ni de medios para ir a Venecia, ¿por qué negarse al derecho de pasar allí cinco minutos?

9. El derecho a leer en voz alta. Flaubert, que peleó contra la música intempestiva de las sílabas, sabía de la tiranía de las cadencias, que el sentido es algo que se pronuncia.

10. El derecho a callarnos. Nuestras razones para leer son tan extrañas como nuestras razones para vivir. Y nadie tiene poderes para pedirnos cuentas sobre esa intimidad.


Y de paso recordamos uno de los delitos del librero (son tantos)

jueves, 2 de diciembre de 2010

Moonwalkers. Lunáticos que aullan a Selene


Una pregunta estúpida. ¿A dónde puedes ir una vez que has estado en la Luna? De vuelta en tu casa, en tu cama, tumbado, piensas que has pisado la Luna, que hace semanas que volviste, entonces ¿adónde ir? Entre pedidos de navidad, facturas y libros pendientes, por fin le hinco el diente a dos libros que salieron el año pasado sobre la carrera espacial. "La conquista del espacio" de Matthew Brzeninski y "Lunáticos", de Andrew Smith; este último cuenta las peripacias del autor para preguntarles eso mismo a todos los astronautas todavía vivos que han pisado la Luna.¿A dónde puedes ir una vez que has estado en la Luna? Sólo doce personas lo han hecho, siempre y cuando nos creamos totalmente la versión oficial, pero como no estamos para teorías conspiratorias ni apuntes para una novela mediocremente delirante, nos fiaremos de la versión oficial. Doce. En diciembre de 1972 fue el último viaje tripulado a la Luna. No ha habido más. El 20 de julio de 1969 llegó el primer hombre, en 19 de diciembre de 1972 salió de allí el último. Doce hombres han pisadol a Luna (sin contar a Cyrano de Bergerac). Eugene Cernan fue el último, un americano de padre checos; desde entonces no ha ido ningún astronauta o cosmonauta más. El libro de Andrew Smith comienza con su encuentro con Charlie Duke, el décimo de esos doce hombres, y a partir de ahí no podrá dejar la historia para encontrar y entrevistar a los restantes moonwalkers, auténticos lunáticos. Uno pinta siempre el mismo cuadro, otro escribe canciones country sobre su alunizaje, varios se dieron al alcohol, algunos no quieren saber nada del mundo ni de la entrevista, otros sufren enfermedades psiquiátricas, se han apartado del mundo o militan en extrañas religiones... 

"Charlie Duke no fue el único para el que la vuelta a la Tierra fue dificil. Investigué sobre los demás y descubrí que habían reaccionado a aquella experiencia de formas totalmente distintas. El primer hombre ne pisar la Luna, Neil Armstrong, se hizo profesor y se retiró de la vida pública, "para volver a los fundamentos del planeta", mientras que su compañero Buzz Aldrin pasó enredado en el alcoholismo y la depresión, para después lanzarse a desarrollar estravagantes ideas espaciales. Alan Bean, el astronauta rebelde por naturaleza del Apollo 12, dejó el espacio para hacerse artista y pintar multitud de óleos que representan escenas de la misión lunar. Edgar Mitchell experimentó un "fogonazo de comprensión" en el que se conectó al universo, y detectó una inteligencia que pasó toda su vida intentando comprender, después de curó de un cancer mediante un curandero con telepatía y hoy es un acérrimo defensor y testigo de la vida extraterrestre. De manera aún más radical, Jim Erwin afirmó haber escuchado a Dios susurrándole a los pies de los majestuosos y dorados Montes Apeninos, por lo que dejó la NASA y se pasó a la religión a su vuelta. Mientras que, el temible Alan Shepard, el único que almitió haber llorado en la superficie, hizo algo que nadie hubiese imaginado que haría, o más bien, que podía hacer: se serenó..." Esta es parte del prólogo... (...) Un párrafo después... "Los nepalíes, por ejemplo, creen que sus muertos residen en la Luna. Cuando el veterano del Apollo 14, Stu Roosa, visitó Nepal, tuvo un ataque de ansiedad cuando alguien le preguntó: ¿Vio usted a mi abuela?" (...) James Irwin, del Apollo 15, creó una secta cristiana llamada "Alto Vuelo" y dedicó gran parte de sus fuerzas y recursos en montar expediciones a Turquía para encontrar el Arca de Noé"

Hemos crecido viendo películas espaciales, viendo a primates enormes como Chewaka lanzando gurutales gritos mientras millones de chavales soñábamos con tener una pizca de la canalla espacial de Han Solo, y resulta que los pocos hombres que han orbitado y salido de esta roca decadente y preciosa han acabado medio tarados, siendo casi unos inadaptados. Y si miramos a los cosmonautas soviéticos sale otro libro fascinante. El libro de Matthew Brzeninski, "La conquista del espacio" se centra más en los años anteriores al primer alunizaje... (Nota estúpida: Madrid, hace ocho o siete años, borrachera con mi prima, el bar San Román, yo le hablo de estas cosas, lo sé, es algo que siempre me ha llamado la atención, reimos, exaltamos la amistad, o más bien el parentesco, yo digo alunizaje de nuevo, ella me mira muy seria, como si algo en su cabeza se hubiese encendido y pregunta "y si vas a Júpiter, entonces qué es ¿ajupitaje? y de golpe cerveza saliendo por los orificios nasales y ala, fuera del bar...) Ambos libros se pueden leer como libros de ensayo histórico o, uno como novela de aventuras histórica (el de Brzezinski), y otro como el relato de una crónica en primera persona (el de Smith) para buscar una respuesta vital; a poco que alces la vista y mires a la luna mientras lees alguno de ellos, tú también te convertirás en un lunático.
¿Por qué todos los hombres que han sobrevivido a un alunizaje parecen auténticos alienígenas? Auténticos héroes de una época extraña, han sufrido el olvido, el descrédito e incluso la burla, viven en el letargo, la inadaptación.

No sé porqué recuerdo ahora a Rudoff Hess. En varios de sus delirios dijo que habían llegado a la Luna ellos primero, los nazis, y que habían construido una base lunar. Hess en Spandau... Mejor no pensarlo mucho. En enero de 1970, por ejemplo, le dejaron ver la televisión por primera vez en su vida. La primera imagen que apareció fue la de una chica anunciando un sostén. No hubo justicia poética y en la pantalla no apareció un judío en Auswitch, apareció una chica en sujetador. La sonrisa ladina de Hess, la mueca rota de un muñeco infame. El 13 de marzo de 1970, tras una salida de Spandau por causas médicas, Hess volvió a su prisión, a la cárcel más grande para una sola persona tras la salida de Speer. No volvió a su celda de siempre, sino a la capilla, más espaciosa, donde se le instaló una cama de hospital. Aquellos meses volvió a dar muestras de su obsesión con el viaje a la Luna, asunto sobre el que devoraba libros y artículos. ¿Porque el viejo Hess se obsesionaba con la luna en su celda de Spandau? Rudolf Hess, lugarteniente de Hitler hasta su misterioso vuelo a Escocia y posterior captura, tenía un gigantesco póster en su celda con los cráteres lunares. Obsesionado por la astrología hasta el final de sus días, su otra pasión se ha mantenido oculta muchos años: la Luna y sus consideraciones científicas, los entresijos técnicos de la aeronáutica y la carrera espacial. Tenía verdadera fijación personal sobre la Luna, y sus últimos días no hicieron más que acrecentar ese interés. Hay una fotografía donde se le ve señalando algo en la Luna. Su dedo apunta al Mar de la Tranquilidad, aquella zona lunar dónde aterrizó el Apolo XI...

"La conquista del Espacio" de Matthew Brzezinski está editado por Editorial El Ateneo y cuesta 19.50 €; "Lunáticos" de Andrew Smith, por la Editorial Berenice, y son 19.95 €.
¿Qué le dices a alguien que realmente ha cantado en la Luna? ¿Qué puedes pensar que pensaba?
Jack Schmitt y Gene Cernan cantado en la Luna. "I was strolling on the Moon one day, in the very merry month of May..December" Filmado en diciembre de 1972.

jueves, 25 de noviembre de 2010

La Pecera no está en el 84 de Charing Cross Road, lamentablemente

Gustavo se echa la siesta mientras Triki desayuna y piensa si le apetece menú infantil o no

LA PECERA & CO.
18, VIRGIN´S PEACE STREET
MANZANARES
LA MANCHA COUNTY
IsPain
Estimado cliente:

Nos alegramos mucho de que le haya llegado el pedido en condiciones hasta tan lejano destino, esperamos que los libros sean de su agrado. Agradecerle también la postal que nos ha enviado desde Constantinopla, nos parece preciosa, lástima que sean ciertos los rumores que hablan de que le cambián el nombre a tan increible ciudad pronto.  Sí, Estambúl no suena mal, pero Constantinopla queda más literario, dónde va a parar (Por eso Agatha Christie tituló su obra "Asesinato en el Orient Express", porque le jodió no poder titularla "Asesinato en Constantinopla", que era el que le gustaba y, entre ponerle "Asesinato en Estambúl" y "Poirot viaja aburrido en el Orient Express hasta que matan a alguien y entonces comienza la fiesta", prefirió mezclarlos). Ansiamos recibir noticias al respecto cuando a usted le parezca menester respondernos sobre tan sugerente tema.

Carmén Elías con un librero que lamentablemente no soy yo
El librero jefe de La Pecera se está releyendo "84, charing cross road", y le está gustando; lo ha empezado un momento antes de subirse para el servicio, no piense que exagero si le digo que cuando baje lo habrá acabado, es tan fino que a mi me da coseja cobrar por él cuando alguien lo compra. Yo vi la adaptación teatral de ese libro, no porque la dirigiera Isabel Coixet, que de cine sabrá mazo pero de teatro como que no tanto, sino porque trabajaba Carmen Elías, que es mi mito sexual hispánico de la niñez (ella, la morena  novia del capitán Furillo de Hill Street Blues y la desconocida protagonista de La lozana andaluza, casposa película del destape cuya escena del baño con jofaina se me grabó de por vida al verla reflejada desde la tele del salón en el espejo del pasillo escondido tras una puerta mientras mis padres se dormían en el sofá sin saber que su hijo estaba olvidándose para siempre de su barco pirata de los "cliks de famovil"; esas tres, por no hacer una lista ahora muy extensa, tienen la culpa de muchos de mis males) Retomando el hilo, le confieso que lamento que nuestra correspondencia no pueda ser por los cauces del ilustre (y reconfortante) servicio postal del estado apañó, pero desde La Pecera & Co. vemos con buenos ojos la fluidez y la rapidez que este método nos proporciona; al librero jefe le jode gastarse ahora más en timofónica que lo que antes se gastaba en sellos, pero al menos ya no pasan semanas entre carta y carta. Hablando de cartas, debería conocer a nuestro nuevo cartero, parece Yuri Zhivago, con ojitos de susto y bigote elegante; el jefe dice que cada vez que entra en la librería espera que se sacuda la nieve de los hombros, y a mi, cuando me entrega las cartas me entran ganas de consolarde de eso que sea que le ocurre y que le tiene tan triste. Por eso el jefe me renueva el contrato cada mes, dice que no puedo evitar ser literario; cuando le dije que el cartero me recordaba al doctor Zhivago se rió a gusto y luego me dijo que a él le recordaba a Maniñas de joven y, claro, no hay color.

A continuación, y sin más dilación, le paso a detallar las últimas novedades reseñables que hemos recibido, así como alguna reedición que creemos interesante.

En Anagrama ha salido la nueva de Paul Auster, "Sunset Park", pero eso seguro que ya lo sabe, también ha salido "Los Once" de Pierre Michon, lo que nos ha servido de excusa para reponer todo Michon (ays, "Vidas minúsculas"... no puedo evitar suspirar recordando su lectura) y de paso los hemos colocado a todos en un apartadito del escaparate. Ayer el jefe se subió al servicio una novela llamada "El hombre que plantaba árboles" de Jean Giono, una elección muy apropiada para hacer chistes y chascarrillos pero que es una novela juguete, tanto por la edición (pop-up) preciosa de la editorial Duomo como por lo que contiene; cuando el jefe sabe que estoy pensando que es un lector cagón (que no es lo mismo que un cagón lector) me lee la mente y me contesta que unicamente sigue los consejos de Henry Miller y que la mejor selección de una librería ha de estar apilada en el servicio y me vuelve a repetir que "El hombre que plantaba árboles" es su novela eco-naif favorita; supongo que con eso me está lanzando indirectas para que suba a limpiar y deje el baño como los chorros del loro (¿o eran de oro?), pero como se tira todo el día leyendo ahí lo veo dificil. También nuestro librero jefe está más que entusiasmado con un escritor (también de Anagrama, fíjate) llamado Robert Coover, más concretamente un libro llamado "El hurgón amarillo" novela de relatos absolutamente genial (asímismo le remito también el título "Zarzarrosa", del mismo autor, un librito fascinante en el que recrea el "mito" de la bella durmiente en clave cínica...).

Y para terminar con el apartado de novedades, le señalaremos someramente algunas más, aunque le invitamos a navegar por internet para ver sinopsis y críticas (qué bonito, esa es la diferencia entre la red y correos, por la primera se navega y la segunda va por avión o mecanismo terrestre enruedado). Nosotros, todo hay que decirlo, ya le hemos pasado un filtro (uno pequeño, como de cafetera vieja) a la seleccíón que, sin más demora, le detallo a continuación. "No voy salir de aquí", de Micah P. Hinson, de la editorial Alpha Decay. "Algo que brilla como el mar" de Hiromi Kawakami, de Acantilado, y dos cosas de la editorial Impedimenta (bonita como ella sola). "Los escritos irreverentes" de Mark Twain, que es un libro para hacer la lagartija panza arriba una tarde de primavera en el parque del Retiro, es decir todo gozo y solaz, y "En mitad de la noche un canto" de Jiri Kratochvil, que, antes de que me reproche que sólo lo pongo por ser checo, como Milos, como Bohumil, como Milan o como Vera Kresadlová, le diré que es un libro precioso: "Fui concebido bajo un firmamento iluminado por proyectiles y con la tos axfisiante de los lanzacohetes katiuska como ruido de fondo, y nací poco antes de la Navidad de aquel año que sería el último de la guerra y el primero de la paz"... ¿Le diría usted que no a un libro que empieza así?

Hay más novedades, demasiadas tal vez. Si me pregunta a mí, le diré que últimamente estoy enfrascado con la autobiografía de Slash; con un subtitulo como "Puede parecer excesivo... pero eso no significa que no sucediera" ya tienen ganado a este rockero de incognito que es uno. Y para compensar y no verme como un triste que en vez de librero tendría que haber sido rockstar (aunque habría muerto ahogado por el vómito de una groupie preciosa a los veintisiete y no estaría ahora escribiendo eso...) estoy leyendo un libro genial llamado "Cocina para impostores", posiblemente el libro al que más partido le he sacado en mucho tiempo (y ríase usted del "El hombre multiorgásmico"). Sumamente divertido a la par que útil, este libro es maravilloso, vamos, como un dildo rosa con pilas. Escrito por un tal Falsarius Chef es el jit del año en esta triste librería donde tan a menudo suenan lamentos y donde el suelo se llena regularmente de cuero cabelludo y pelos canosos por los tirones desesperados del jefe cuando comienzan a llegar facturas. Por ejemplo: receta para hacer Almeja marinera, y le cito textualmente copiando el libro, de verdad de la buena: Ingredientes: 1 lata de almejas al natural, 2 o 3 dientes de ajo, 1/2 cebolla, 1 guindilla pequeña, 1 vaso de vino blanco (opcional), aceite de oliva extra y sal. Preparación: picas la cebolla, troceas el ajo en láminas y lo pones al fuego con una guindilla pequeña (cayena, la venden en botes como los de las especias). Cuando lo veas doradito añades el vino blanco y cuando hierva un poco, le añades el caldo de la lata y algo de agua, si hace falta, para que se haga una cantidad de salsa razonable. Lo tapas y lo dejas un par de minutos, moviendo la sarten para que hile bien. Cuando la veas apetitosa, añades las almejas y con una cuchara les vas poniendo salsa por encima. El motivo de no removerlas es simplemente que se pueden romper y quedan un poco feas. Estarán enseguida. Y te darán ganas de sacarlas a la calle de paseo para enseñarlas: "las he hecho yo"..." Maravilloso, puritita literatura nocilla, avant grade o avant la lettre (nunca supe qué significa eso pero siempre quise decirlo...).

Hay más novedades, pero ya se las apaña usted; por nuestra parte le adjuntamos foto del nuevo menú y un retrato de la nueva afición del jefe, fotografiarse en los secamanos de los servicios mientras busca libros escondidos por los retretes; lo sé, pero créame, aunque no lo parezca, no es mal tipo.

Sin otro particular, y rogandole pronta respuesta se despide atentamente.
El staff de La pecera

lunes, 22 de noviembre de 2010

Miljenko Jergovic y el ingenuo librero letraherido

Yo a veces cuando nadie me ve..
Vuelvo a hablar de libros descatalogados. Lo sé, es como si un cocinero tuviera un blog en el que hablase de recetas con carne de diplodocus, de mamut o de cómo hacer jamoncitos de lince con suflé de criadillas de gamusino; pues eso, una putada sin sentido. Supongo que es una postura, no diré que moral, pero al menos una postura ante la idea de que se edita mucho, mal y pensando en "rankins" de ventas más que en el valor de lo que se edita; por otro lado sé que lo que acabo de decir es una chorrada supina, porque a veces pienso que tal sobreabundancia obliga al lector a ser selectivo, a informarse, a depurar su gusto, a buscar la aguja en el pajar mientras por la ropa interior se te cuelan los granos de un pajar que te irrita las partes íntimas, es decir, otra chorrada sobre una industria que está a punto de eclosionar, estando por ver si esa metamorfosis kafkiana es para mariposa o para babosa. Libros, libros, libros... Hay autores que dejan de ser editados sin que se sepa porqué, y de golpe, por el capricho de un editor, vuelven a estar disponibles, y eso es un sufrimiento en según qué casos y para según qué lectores. Uno se puede tirar años (y no exagero) buscando un libro determinado, por la web, por librerías de segunda mano, por bibliotecas, como un Indiana Jones gafapasta y triste. Son esos lectores que te preguntan alicaídos por un libro determinado, sabiendo que les vas a decir que no, pero que aún así, cuando te oyen decir que no, se entristecen aún más. Cuando el triste es el propio librero la cosa de complica, como el dealer yonki en busca del gran pico. Yo tardé cinco años en encontrar "Bodas en casa" de Bohumil Hrabal. Me faltó abrazar al librero que lo tenía y prometerle peregrinación anual con un ramo de flores. Y no hablo de coleccionismo, no es que busques una edición en particular, firmada y con unos sugerentes labios carmesí plantados en amoroso beso celuloso en la primera página, no, lo que quieres es ese libro, sea como sea, como si es en una amarillenta edición de bolsillo de Bruguera ilegible, tu lo compras, que es tu necesidad, y lo lees así te dejes los ojos en el  viaje y te cagues mil millones de veces en el traductor, el maquetador y en la madre del  farmaceútico al que le compras aspiniras cada tres por dos (seis). Yo tuve suerte con el libro de Hrabal, la edición además es bonita. "El poder y la furia" de Graham Greene también me costó lo suyo, pero no tuve tanta suerte con el libro en sí. "Etcétera" de Brodsky sigo sin encontarlo, lo tuve una vez en mis manos, pero no tenía ni un céntimo en el bolsillo, le dije al librero que me lo guardara, pero cuando volví al día siguiente el libro no aparecía por ningún lado. Menos mal que él se acordaba de que yo le había dicho que me lo apartase, por eso de no pensar que estaba loco, pero nada, lo perdí, y a veces pienso que fue él el que se lo quedó. ¿Que cómo lo sé? Porque yo también lo he hecho. Con "Mi suicidio" de Henri Roorda. Yo aún trabajaba en Madrid, alguien nos lo reservó, era tan finito que nunca lo había visto en las estanterías de Pasajes, el cliente vio mi cara cuando me lo dio pidiéndome que se lo guardase hasta la semana siguiente, mis ojos brillaron emocionados y rabiosos, él sonrió en señal de victoria, yo pensé "no cantes que has comprado la piel del oso aún que la escopeta la tengo yo". Cuando le vi entrar días después en la librería, me excusé y le dije que un compañero lo había vendido por equivocación unos días antes. Lo sé, soy un cabrón, pero ese libro necesitaba tenerlo, igual que él... Si lo cuento es porque ese libro se reeditó en 2003 y posiblemente ese hombre ya lo haya encontrado. También diré que no lo he vuelto a hacer. Me sentí tan mal que otra vez que me pasó algo similar no pude hacerlo; me culpé por no haber visto ese libro yo antes y dejé que se lo llevaran, como Bogart en Casablanca dejando que Lazslo se llevase a Elsa con él. También es cierto que esa vez el cliente era "clienta" y era preciosa, y a mí me miran según cómo y dejo que me roben hasta el corazón. Y no es exageración citar a Humphey, sé cómo Rick se sintió el resto de su vida, recordando todos los días a Elsa, unas veces lamentándose de su decisión, otras pensando que estará bien, aunque en este caso Elsa se fue sola, sin Lazslo y con el libro que yo quería bajo el brazo. El libro se llamaba "El jardinero de Sarajevo", de Miljenko Jergovic, de Ediciones Deria. Acabo de llamarles pidiéndoselo y me han vuelto a decir que está descatalogado. Es la tercera vez que les llamo. Una vez les pregunté inocente y me dijeron que no les quedaban ejemplares, otra vez les dije que llamaba de una librería y que era para un cliente especial, pero tampoco hubo suerte; hoy les he dicho que era para mí, que soy librero y que necesito leer ese libro, que mirasen a ver si tenían algún ejemplar por ahí, aunque fuese defectuoso, daba igual, pero nada. Una pena. Mi único consuelo, si es que se puede consolar un librero desesperado por tener un libro, es que he encontrado uno de los relatos que  forman "El jardinero de Sarajevo" por internet. Algo es algo. Miljenko Jergovic es uno de esos autores que no pasan por su mejor momento editorial en España; Siruela mantiene dos libros de él en stock, y los otros tres libros suyos que se editaron, "Los Karivan", "Mamá Leone" y "El jardinero de Sarajevo", están descatalogados; sí, tengo los otros dos, pero me falta el jardinero. 

Miljenko Jergovic pensando en los editores españoles
A veces, cuando hablo de esto con amigos, cuando comenzamos a decir esos libros que aún no hemos leído pero que nos morimos de ganas por leer sabiendo que solamente por un golpe de suerte podremos hacerlo, terminamos diciendo que deberíamos hacer una editorial nosotros mismos y editar esas cosas; en el fondo no es tan descabellado, entre unos y otros conocemos gente que podría traducirnos esos libros, conocemos impresores, maquetadores, diseñadores gráficos, distribuidores, fotógrafos... Nos comeríamos una mierda, pero tampoco nos arruinaríamos tanto y podríamos dormir más tranquilos, como si Golum dijese, a la mierda el anillo, tiro de agenda y me hago uno igual para mí. Mientras tanto, yo seguiré buscando, no me queda otra, sé que aún me queda el último recurso, y es que cuando vaya algún día a Croacia, me lo compre en croata, algo es algo, y no será la primera vez que lo haga.

Miljenko Jergovic a punto de tocarse algo para explicar lo que piensa de los editores españoles

Jergovic leyendo "mi" ejemplar de "El jardín de Sarajevo"
Ahora debería hablar de Jergovic, al menos para explicar tanto desvelo, pero no daría con el tono necesario; copiaré lo que viene en la Editorial Siruela (Miljenko Jergovic nació en Sarajevo en 1966 y desde 1993 reside en Zagreb (Croacia). Es periodista y escribe en las revistas y diarios más importantes de su país, así como en Allgemeine Zeitung, Die Zeit o La Repubblica. Sus obras le han hecho merecedor de varios premios, entre los internacionales el Erich-Maria-Remarque, el Grinzane Cavour por Mamá Leone y el Premio Napoli 2005 por su libro Hauzmajstor Sulc; en Croacia obtuvo el premio August Senoe 2002 por Buick Rivera así como el premio de la Asociación de Escritores de Bosnia y Hercegovina) y a decir que cuando uno coge un libro de un escritor que no conoce de nada y lee (cito de memoria, así que no será exacto): "Cuando nací, oí ladrar a un perro. El médico me soltó, salió al pasillo de la planta del hospital y gritó: Me cago en este país donde los niños nacen en perreras...", entonces uno no puede dejar de leer... Y si leéis el relato de más abajo, entenderéis mi necesidad...

http://en.wikipedia.org/wiki/Miljenko_Jergovi%C4%87


El hurto (relato). Extraido de "El jardinero de Sarajevo". Miljenko Jergovic. Ed Deria. Descatalogado.

En nuestro jardín crecía un manzano cuyos frutos se veían más hermosos desde las ventanas de mis vecinos. En vano, Rade y Jela traían a sus hijas fruta del mercado; ninguna manzana en el mundo era tan apetitosa como las nuestras vistas desde sus ventanas. Cuando sus padres se iban a trabajar, las niñas saltaban la valla y tomaban la fruta más madura. Yo las echaba, les arrojaba barro y piedras, defendía mi propiedad; aunque ni aquellas ni las manzanas me gustaban especialmente. Para vengarse, la hermana pequeña le dijo a mi madre que me habían puesto un uno en matemáticas. La jefa se fue corriendo al colegio y se convenció de la exactitud de sus palabras, y durante días me maltrató con ecuaciones de dos incógnitas. Tanta X y tanta Y me hicieron la vida imposible, por lo que decidí pagarles con la misma moneda empleando todos los medios a mi alcance. Busqué un buen escondite y durante todo el día esperé a las ladronzuelas. Naturalmente ellas aparecieron, yo salté desde un matorral, agarré a la más pequeña por el pelo y empecé a arrastrarla hacia nuestra casa con la intención de encerrarla en la despensa, esperar a que volviera mi madre del trabajo y decidiera qué hacer con ella. La niña se resistía aullando furiosamente, tanto que en la mano me quedó un mechón entero de pelo y un trocito de su cuero cabelludo. Me largué corriendo a casa, cerré con llave y al poco tiempo oí a Rade, bajo la ventana, vociferando que me iba a matar. Lo mismo le repitió a mi madre, que le respondió en idéntico tono. Estuvieron horas intercambiando insultos de una ventana a otra. Ella le gritaba que era un gángster de Kalinovik y él le contestaba que era una asquerosa y disoluta divorciada.
Durante los veinte años siguientes nos retiramos el saludo y las hermanas jamás volvieron al lugar del delito. Transcurrían agostos y septiembres y el manzano seguía dando los mismos hermosos frutos. Nosotros crecíamos sin intercambiar una sola mirada y nuestros padres envejecían sin olvidar las injurias. Las chicas se casaron y se fueron a vivir su vida, pero todo seguía igual.
Al empezar la guerra, la policía registró el piso de Rade y Jela y encontró dos rifles de caza y uno automático. La vecindad fue presa del pánico, sólo se hablaba de a quién y cómo quería y podía haber matado Rade. Él ya no salía de su casa. Probablemente, esperaba que por fin vinieran a prenderlo. Jela iba al mercado a buscar ayuda humanitaria y agua, hasta que un día una granada cayó a diez metros de ella y le arrancó el brazo. Sólo entonces, después de tanto tiempo, los vecinos volvieron a ver a Rade. Cien años más viejo de lo que era hacía apenas unos meses, salía de su casa con una cazuelita de sopa y tres limones ajados. Todos los días iba al hospital con la vista clavada en el asfalto, temiendo que su mirada se encontrara con la de otro.
Ese agosto, en plena guerra, las manzanas habían madurado y eran mejores y más hermosas que nunca. Una fruta así no se veía desde los tiempos del edén. Trepé a lo más alto del árbol, desde donde se divisaban con claridad las posiciones de los chetniks en el monte Trebevic. Inclinado sobre el abismo, las recogí con el entusiasmo del tío Gilito cuando se zambulle en el dinero de su caja fuerte. Cuando alcancé la que estaba tan sólo a medio metro de la ventana de Rade, lo vi al fondo de la habitación. Me quedé inmóvil colgando de la rama. Rade retrocedió unos milímetros. No se por qué, pero no quería que se fuera.
-¿Cómo está, tío Rade?
-Ten cuidado, hijo. Está alto y te puedes caer.
-¿Cómo está tía Jela?
-¡Ah! Se aferra a ese poco de vida con el único brazo. Dicen que pronto saldrá del hospital.
Hablamos así durante dos largos minutos. Con una mano me agarraba a la rama y con la otra sujetaba la bolsa de las manzanas. Me invadió un cierto pesar, mayor que todas esas granadas, que todos los rifles, encontrados y no encontrados. Arriba, en la copa del árbol, bajo su ventana, todo lo que sabía de mí mismo y de los demás, de alguna manera, perdía su significado.
-Sabes, hijo, cuando pierdes un brazo, durante mucho tiempo te parece que lo sigues teniendo. Es algo psicológico. Le llevo lo poco que guiso, pero no hay vida en esos alimentos. Observo esas judías, ese aguachirle que quiere ser una sopa, luego la miro y le digo: Jela; y ella nada, pero entonces dice: Rade, y yo nada. Nosotros, hijo, estamos vivos para mirarnos el uno al otro y concluir que no estamos vivos. Y se acabó. Ya ves, contemplo esas manzanas, ¡hay tanta vida en ellas! Esto no les afecta, no saben. Ni siquiera puedo mencionarlas...
Me estiré hacia la ventana y le tendí la bolsa. Me miró sorprendido y empezó a decir que no con la cabeza. Yo sentí un nudo en la garganta y sólo podía mover los labios. Permanecí allí, colgado, medio minuto; si los chetniks me estaban viendo debían de estar bastante confusos. Rade temblaba como un hombre del que realmente no ha quedado nada. Sólo ese temblor de animalito desvalido. Finalmente, tendió la mano y de nuevo no pudo pronunciar una palabra.
Al día siguiente, Rade vino a nuestra puerta y, con mil excusas porque no quería molestarnos, nos dio algo envuelto en papel de periódico. Se fue corriendo, así que no me dio tiempo de preguntarle nada. En el paquete había un tarrito de confitura de manzana.
Jela salió pronto del hospital. Continuaron viviendo encerrados tras su ventana y Rade no salía más que para recoger ayuda humanitaria. Una vez, mientras aguardaba en la cola detrás de mi madre, le susurró al oído: gracias. Ella se volvió y él repitió que en las manzanas había vida.
En los meses siguentes, personas uniformadas vinieron dos veces a buscarlo, se lo llevaron y lo trajeron de vuelta. Los vecinos espiaban por el ojo de la cerradura y, luego, tal vez para acallar su conciencia, recordaban aquellos rifles. Algunos repetían que, a pesar de todo, Rade había querido matar a alguien, y otros guardaban silencio. La sola idea de ese hombre causaba dolor. Lo más sencillo hubiera sido odiarles, pero de alguna manera, resultaba imposible.
No se sabe quién asesinó a Rade y Jela. Se fueron calladamente, convertidos en miedo. Quizá soy un idiota por decir esto, pero recordaré siempre a ese hombre por aquella confitura y porque nunca, ni siquiera por la noche, estiró el brazo para coger una manzana.

jueves, 11 de noviembre de 2010

"El pentateuco de Issac", fragmento musicado por John Zorn

 John Zorn's Bar Kokhba troops performing Khebar
Song available on album Circle Maker.

Marc Ribot - guitar
Cyro Baptista - percussion
Mark Feldman - violin
Erik Friedlander - cello
Greg Cohen - bass
Joey Baron - drums

Angel Wagenstein. "El pentateuco de Isaac". Ed. Libros del Asteroide. Págs: 61-62
"Un día estábamos sentados en círculo unos diez chicos judíos de nuestra compañía y en el centro, con la Torá en la mano, se encontraba nuestro rabí Samuel Bendavid. Nos reuníamos en un rincón alejado, detrás de la cocina, junto a la misma cerca, donde quedaban dos palmos de césped que nadie pisaba. Al rabino se le veía un poco raro en su uniforme militar. Se diferenciaba de nosotros por la falta de charrateras. En el pecho llevaba la estrella de David, con la que se designaba a los rabinos militares y ésta se consideraba un gran privilegio en el ejército. Todavía no sabíamos que un día el mismo privilegio lo tendríamos casi todos los judíos de Europa, pero esto vendría más tarde, en el luminoso porvenir, como suelen llamarlo los escritores.
Estábamos sentados en el césped, algunos soldados se lavaban en la fuente, resonaban las cacerolas para la sopa.

-¡Todo es una tontería inmensa! -dijo el rabí Samuel- ¡Tontería de las tonterías! ¡Una soberana tontería! ¿Para qué estoy aquí? os pregunto. Para ser vuestro guía espiritual, para que podáis, al morir en combate, presentaros sin problemas ante nuestro Dios Jehová, santificado sea su nombre. Lo mismo tienen que hacer mis colegas -católicos, adventistas, protestantes, los del Séptimo Día, ortodoxos y musulmanes- por el honor del emperador y la gloria de su respectivo Dios. Pero decidme qué sentido tiene, cuando yo sé que al otro lado de la trinchera hay un colega mío, un rabino, que se empeña en guiar espiritualmente a nuestros muchachos -pero ¿quién es capaz de aclararme si son nuestros o no lo son?- para que luchen contra vosotros, para que os maten en nombre de su emperador y de Jehová, santificado sea su nombre. Y cuando termine la guerra y los labriegos vuelvan a arrastrar sus arados, en el campo relucirán los huesos, los nuestros revueltos con los "no nuestros", y nadie sabrá en nombre de qué emperador ni de qué Dios habréis perecido. Dicen que a estas alturas nuestra querida patria austrohúngara ha dado más de un millón y medio de víctimas. Son un millón y medio de muchachos que no regresarán a sus casas; un millón y medio de madres que no volverán a ver entrar a sus hijos por la puerta; un millón y medio de novias que jamás se acostarán al lado de ellos para concebir y dar a luz en paz y bienestar. Os pregunto: ¿acaso Jehová no ve nada de eso? ¿O se pasa el tiempo dormitanto y hurgándose las narices? ¿Es entonces Jehová -santificado sea su nombre por los siglos de los siglos, amén- un viejo chocho al que le complace que la gente muera en su nombre? No sé, hermanos, no sé daros la respuesta. En todo caso, creo que si Dios tuviera ventanas, hace tiempo que le habrían roto los cristales.
El rabí cerró con saña el devocionario y añadió:
-Con esto termina la lectura del Jumash, y cerramos el Pentateuco. Sabbat shalom a todos. Amén
Me pareció, palabra, que los ojos se le llenaron de lágrimas. Nunca antes en nuestra sinagoga de Kolodezt le había oído pronunciar un sermón con tanta emoción."



Coda a colación del video: Nunca estaré lo suficientemente agradecido a Gaël y Cristina por su hospitalidad parisina en aquel lejano 2006, cuando estuve una semana pateándome la capital gala haciendo idém de una esponjosa avidez soñando con todo lo que se puede soñar persiguiendo la sombra de Boris Vian. Entre otras cosas (cuyos post aventureros a modo de diarios improvisados andaban por otro blog que tuve y que tal vez no estaría mal recuperar) me traje carcasa nueva, recuerdos compartidos y unos cd's y un dvd de John Zorn (y otras cosillas). La noche de enero en la que desgustamos una cena magnífica y me quedé con la boca abierta viendo el video de esa actuación íntegra cuyo fragmento encabeza este post, está a buen recaudo y estos días acompaña la lectura del libro de Wagenstain de manera obsesiva. The circle maker es un disco doble en el que John Zorn mezcla música judía, latina, jazz experimental... El primer disco, Issachar, está interpretado por el Masada String Trio, un conjunto de violín, violonchelo y contrabajo. El segundo, Zevulun (el título de ambos discos corresponde a los hijos de Jacob), añade al trío anterior un guitarra (Marc Ribot, ahí es ná), un batería (Joey Baron, agárrate) y un percusionista, formando el Bar Kokhba Sextet. Si eres curioso, mira los comentarios...

miércoles, 10 de noviembre de 2010

"El pentateuco de Isaac", de Angel Wagenstein

A veces pienso que debería releer, coger alguno de esos libros que pienso que me marcaron y enfrentarme a ellos de nuevo, pero siempre me da miedo y al final cojo algún libro de la librería, al cual aún no le haya incado el diente y me pongo a ello, salvo con Bulgakov o Hrabal, con esos dos autores nunca tengo miedo, es más, sé que sólo cuando los releo estoy yo y el disfrute de leer por leer, bordeando el regodeo enfermizo de saborear frases y frases y recordar cosas que había olvidado de ellos. Luego están los que releo pero "a trozos", los libros que saco de la estantería y leo un par de páginas al azar, o busco frases subrayadas; ahí están Miller, Fresán, Kis, Jergovic, Michon, etc... La semana pasada cogí "Los detectives salvajes" con la férrea intención de releerlo, y ahí está, en la mochila, de acá para allá, comenzado como si fuera la primera vez (es lo que tienen las grandes novelas de Bolaño pasado un tiempo prudencial, que siempre son igual de nuevas, de terribles, de verdaderas). Ante la parálisis que me causó enfrentarme a la generación Granta y la desidia de la Nocilla, no se me ocurrió nada mejor; sin embargo, un par de conversaciones este fin de semana han hecho que vuelva a releer otro libro, éste leído hace relativamente poco, pero del cual nunca hablé en este blog. "El pentateuco de Isaac", Ed. libros del Asteroide. Desde este blog ya he expresado mi amor hacia la labor de esta editorial, su catálogo hace feliz a cualquier bibliófilo que se precie, cuidada encuadernación, diseño, traducciones, tipo de letra, tacto (tanto de las hojas como de las portadas, las cuales, tras unos inicios dubitativos (papeles de gramaje justo pero que se manchaban con mirarlos) pronto dieron con la fórmula). Que una editorial en menos de cinco años de vida se haga con la etiqueta de "editorial fiable a ojos cerrados", no es moco de pavo.

Cuando leí "El pentateuco de Isaac" la primera vez me agarré a él como un equilibrista fallido que en plena actuación se sujeta al alambre que le rasga los dedos. Me salvó, y eso fue suficiente para mí. Yo no soy crítico literario, ni lo pretendo, tengo mi filias y mis fobias pero no sé teoría literaria como para juzgar de  esa manera un libro; a esto hay que sumarle que tiendo a personalizar las lecturas, sé cuándo un libro está bien o mal, pero si yo estoy pasando por un mal momento, mi lectura se ve influida; no siempre me pasa, pero muchas veces sí. Esto nos llevaría al eterno dilema de si hay libros que hay que leer en determinada época de tu vida, o si hay libros con los cuales hay que enfrentarse cuando uno ha madurado como lector, pero no me quiero meter en un jardín cuyo jardinero hace años que nadie sabe de él y parece una selva. Digamos que un libro es algo vivo que cuando se cruza en la vida de uno, si es el momento, será el amor de tu vida o tu mejor amigo, y si no es así, pues será un buen amigo, un conocido, un familiar simpático, un sermoneador, o simplemente alguien que te cae gordo y no quieres volver a saber de él (añadid cada uno vuestra división, se acepta libro como bombero, puta de lujo, animal de compañía o chinche). Cuando me crucé con "El pentateuco de Isaac" lo leí a gusto, pero mi vida estaba tan dada la vuelta que se me metía por todos lados y poco daba de sí. El libro acababa de salir y  los libros eran lo único fiable que tenía en mi vida en esos momentos. Me gustó (cómo no, por babor), lo recomendé en la tienda y alguna de las personas que se lo llevaron volvieron a decirme que les había encantado (eso sólo me ha pasado con dos o tres libros en toda la historia de la Pecera) y siempre tengo uno en stock. Este fin de semana una amiga me contaba cómo escuchaba reír a su padre leyendo este libro mientras ella intentaba escribir su tesis (ánimo, campeona) y que estaba deseando que lo acabase para cogerlo ella, y otra amiga a la que insté a su lectura (de esos encuentros preciosos que uno tiene de vez en cuando) me escribió para agradecerme la recomendación. ¿Resultado? Ayer lo cogí y lo comencé a leer de nuevo. 

Se me ocurren montones de adjetivos, pero solamente diré que es un libro maravilloso. Lo reconozco, me ha dado rabia pensar que la primera vez lo leí un poco "por obligación" aunque me gustase, pero a la vez me siento redimido al haberlo cogido otra vez. Cosas que pasan. Tampoco hay que darle más vueltas. En su momento recuerdo leer blogs que decían que era una novela modesta que se limitaba a recoger chistes  protagonizados por judíos mientras se iba desgranando la historia de Europa a lo largo del siglo XX, pero es evidente que el objetivo de este libro no es únicamente el humor, y no lo digo sólo porque es inevitable que el libro pase por el Genocidio o las purgas soviéticas. Europa, siglo XX, la cloaca de la Humanidad. Tengo querencia hacia la literatura centroeuropea, no es la primera vez que escribo esta frase aquí, sé que hay gente que cuando viene a la Pecera es oír "Judíos y Europa" y salen corriendo, incluso oyendo "Europa, primera mitad del siglo XX", pero para mí es casi fundamental. La historia es "la de siempre": Un personaje modesto, Isaac Jacob Blumenfeld, nos llevará de la mano por gran parte del siglo XX a través de una vida cargada de anécdotas y de humor judío. La amargura siempre subyace bajo un humor brutalmente candoroso, sencillo, lleno de matices y totalmente descarnado. El chaplinesco espíritu de supervivencia lo inunda todo, y escribo esta frase por decir algo que defina de un golpe, por eso nos hace tanta gracia escuchar de su propia voz todo tipo de chistes y chascarrillos sobre lo avaro, lo respetuoso con la ley de Dios o la enorme habilidad para el comercio de los judíos. Nos reímos y decimos, sí, es verdad, estos judíos…pero en el fondo estás pensado, todos somos así...

Mientras avanzas por la historia de este polaco, austriaco, alemán o ruso (depende del momento de la historia en la que se encuentre) te preguntas cómo lo hará para ponerte de nuevo una sonrisa en la cara con el siguiente chiste, cómo hará para encajar un golpe más. No es un libro de historia ligero (novela histórica), en el que se presentan una serie de hechos históricos de manera novelada de esos que te enganchan pese a conocer de sobra el destino, y tampoco es un libro de humor, pero a la vez es las dos cosas. Yo estoy disfrutando como si lo leyera por primera vez, y me gusta fijarme en detalles que dejé pasar, esta bien que un "librero" se reconcilie con la literatura, sobre todo cuando hace que te rías como hace siglos que no te reías. Es más, ¿un libro puede matar? Sí, sin duda. Yo casi muero hoy. Mientras nadaba me he acordado de uno de los chistes de Isaac. Mejor no os cuento, pero sí, casi me ahogo, y hoy no estaba la socorrista guapa, estaba el pasota, que ni se ha movido de la silla a pesar del chou que he montado. Aún me sabe la garganta a cloro. A quién se le ocurre recordar la historia de dos judíos de dos pueblos cercanos que se ponen a discutir sobre cuál de sus rabinos respectivos tiene relaciones más estrechas con Dios y, por lo tanto, es más capaz de hacer milagros. “Por supuesto que es el nuestro”, dice el primero, “El pasado sabbat nuestro rabí se encaminó a la sinagoga, pero de repente empezó a llover a cántaros. No es nuestro rabí no tuviera paraguas, pero ya que el sábado no se debe hacer nada: ¿cómo lo iba a abrir? Miró al cielo, Jehová lo entendió enseguida y se hizo el milagro: por un lado, lluvia, por el otro, lluvia, y en el medio, ¡un pasillo seco hasta el propio templo! A ver, ¿qué me dices sobre esto?”. “Pues escucha lo que voy a contar: el sabbat pasado nuestro rabí regresaba a casa después de rezar. En el camino se encontró un billete de cien dólares. ¿Cómo recogerlo, si es un pecado tocar dinero? Mira al cielo, Jehová se dio cuenta y se hizo el milagro: por un lado, sabbat, por otro lado, sabbat, y en el medio, no me lo vas a creer, ¡era jueves!”. En el largo número 13 he tenido que parar un rato, menos mal que estaba en la parte que ya hacía pié...

Así es Isaac Blumenfeld, el cual dirige una carta a su cuñado, el rabino Samuel Bendavid, en la que le comenta el cumplimiento de sus cinco sueños, al modo del Pentateuco bíblico. Bendavid es el leit motiv de toda la obra, su alter ego con el que se desahoga y con el que sueña en las largas soledades de sus múltiples reclusiones.  A partir de ahí nos narra su vida, dirigiéndose al lector como si hablase con su cuñado o con un amigo cualquiera en una de las  tertulias de su sastrería. Una sastrería cuya especialidad, la de darle la vuelta a los abrigos para poder seguir utilizándolos unos cuantos años más como nuevos, refleja cómo los habitantes del pequeño pueblecito de Kolodetz  (Galitzia) han ido pasando, sin moverse de sitio, del Imperio Austrohúngaro a Polonia, de Polonia a la URSS, de la URSS al Tercer Reich y finalmente a Austria, como si le dieran vueltas y más vueltas a sus chaquetas. 

Un libro que mira hacia el mundo que le rodea con inocencia, aunque no evita lanzar miles de preguntas, preguntas que no tienen respuesta, o cuya respuesta mejor es ignorarla.


Título original: Петокнижие Исааково

Autor: Angel Wagenstein
Traducción: Liliana Tabákova
Editorial: Libros del Asteroide
Fecha edición: 2008
ISBN: 978-84-935914-6-5
Páginas: 316
18.95 €

Angel Wagenstein, (Plovdiv, Bulgaria, 1922), nacido en una familia sefardí búlgara, pasó su infancia exiliado en París. Regresó a su país siendo un adolescente, Durante la segunda guerra mundial, fue internado en un campo de trabajo, del que se evadió para integrarse en las filas de los partisanos. Arrestado y condenado a muerte en 1944, logró salvarse al entrar el Ejército Rojo en Bulgaria. Finalizada la guerra, cursó estudios cinematográficos en Moscú y empezó una larga y reconocida carrera como guionista y realizador. Su carrera literaria comenzó tardíamente con la publicación de la novela El Pentateuco de Isaac (1998), que fue el inicio de una ambiciosa trilogía dedicada al destino de los judíos en la Europa del siglo XX que completaría más tarde con Lejos de Toledo (2002) y Adiós, Shangai (2004), ambas editadas también por Libros del Asteroide. Actualmente vive en Sofia.